miércoles, 30 de marzo de 2011

LA REVOLUCIÓN Y LA LÓGICA DE LO ILÓGICO

Por Javier de Miguel
Si en algo ha cosechado pleno éxito la revolución, ha sido en la inmensa ignorancia sustancial sobre el hombre que ha sembrado y sigue sembrando con total impunidad. Aspectos tan ilógicos como hacer ver al hombre que su libertad es infinita, que todo se acaba cuando dejamos de respirar, que el hombre vive en el mundo por puro azar, o que la única esperanza consiste en los bienes terrenos, forman parte de ese conglomerado que ellos denominan “hombre nuevo”. Todo ese razonamiento, pese a partir de terribles falacias, tiene una lógica tan aplastante como realista y aterradora, para entender la cual no hay más remedio que aguantar la respiración y asumir, por unos momentos, toda esa sarta de premisas falsas.

La asignatura estrella de las ideologías revolucionarias es la libertad. La libertad que propugnan se basa en la ausencia de cualquier limitación de índole técnica, física o moral para la actuación del ser humano. Es más, establecen que la felicidad humana se gradúa en función de su capacidad de librarse de esas barreras. El planteamiento de la libertad así definida no puede ser más absurdo: sin embargo, es precisamente el resultado de asumir esta ilógica lo que nos permite explicar la lógica de los comportamientos humanos así entendidos.

La primera y principal consecuencia es la despersonalización, que afecta a muchos ámbitos: el actuar humano se convierte en mera pulsión animal, ignorante del otro, utilitarista y egoísta. Ello se traduce en una decreciente capacidad de compromiso con el otro, que se refleja, entre otros, en la creciente ratio de fracasos matrimoniales, y también en una mayor inestabilidad y superficialidad de las relaciones humanas en general: crece el invidualismo, y por tanto, el aislamiento, y la dificultad para darse al otro. El grado de conflictividad social se dispara, y con él los esfuerzos que debe hacer la justicia para mantener el orden. Es, por tanto, el “querer por querer” lo que vacía profundamente al hombre, al negar su naturaleza social, y ser un deseo permanentemente insatisfecho por las limitaciones que hemos comentado. Por tanto, si la libertad así entendida es una utopía, también lo es la felicidad que han pretendido graduar en base a esa libertad.

Otra de las protagonistas (por su ausencia) de la ilógica revolucionaria es la muerte. Se sabe que nos llegará a todos, pero se ha convertido en uno de los temas más obscenos que uno puede sacar a colación en una conversación, resultando ofensiva su sola mención, y repugnantemente indiferente tratar de introducir cualquier cosa que pueda referirse a un “después” de la muerte. La ilógica general asume que todo termina con la muerte, sin ni tan siquiera contemplar la posibilidad de que no sea así. Algo muy parecido ocurre con Dios, donde además se da una insólita asimetría de pensamiento: a quienes pretendemos demostrar la existencia de Dios mediante la razón, se nos exige aportar pruebas empíricas, cuya ausencia significa la refutación fulminante de nuestra tesis; sin embargo, quienes defienden la no-existencia de Dios, lo imponen como dogma, sin que les sea exigido aportar ninguna prueba, ya sea científica, ni mucho menos por la vía de la razón. Así, la gran falacia revolucionaria en este aspecto consiste en que son aquellos que no tienen nada que decir ni demostrar los que ponen las reglas del juego del debate acerca de Dios. De esa manera, los conceptos de Dios y la muerte quedan revestidos de tal misterio que acaban por ser omitidos, y asumida la tesis de que toda la existencia mundana es fruto del azar (recordemos: para la revolución, la clave no está en demostrar las cosas, sino en hacerlas asumir). Tan aberrante ilógica, tiene, como todo, sus consecuencias lógicas: la primera y principal es el materialismo. Puesto que asumimos la tesis (indemostrada y absurda, pero la asumimos) de que la existencia terrena es principio y fin del hombre (“venimos de la Tierra y vamos a la Tierra”, propugna el movimiento “New Age, cuyo dios es la propia Tierra -gea-), entonces la existencia se convierte en una carrera contrarreloj para conseguir todos aquellos bienes que consideramos que más nos van a satisfacer: dinero, poder, placer, búsqueda de nuevas experiencias.

Son, sin duda, instrumentos para disfrazar el enorme pesimismo inconsciente que entraña el creerse pura materia que será bio-degradada en unos años, que además no se sabe cuántos serán. Desde esta perspectiva, el hedonismo se convierte en el referente moral de las personas: cualquier cosa que implique molestia, ya sea física o psicológica, debe ser eliminado, incluso a costa del otro (porque, recordemos, el hedonismo va de la mano de la libertad desbocada que hemos expuesto en el párrafo anterior).

El problema es que, como lo material es insatisfactorio en esencia, la frustración se convierte en un sentimiento permanente de quien fija su esperanza en las cosas terrenas. En este sentido, el materialismo actúa como una droga: proporciona una felicidad efímera seguida de sentimientos de culpa y depresión, pero al mismo tiempo necesita cada vez dosis mayores. Al conjunto de todos estos pensamientos y maneras de actuar se le denomina genéricamente (pero definiendo a la vez un concepto muy claro) inmanentismo: éste es el leit motiv de la revolución: el pensamiento único acerca de lo terreno, la omisión de lo ultra-mundano y, en definitiva, la vida encerrada en una cáscara donde se corre una carrera contrarreloj por alcanzar metas utópicas que, además, degradan al hombre y lo rebajan a su categoría más primaria.

Si recapitulamos, nos daremos cuenta de que el panorama que plantea esta lógica-ilógica es desolador: una libertad infinita que nunca puede ser alcanzada, una ambición de bienes terrenos que nunca acaba por satisfacer plenamente, una búsqueda del placer permanente que tampoco puede jamás realizarse, etc. Dicho de otra manera, los ideales inmanentistas son todos ellos irrealizables. En este sentido, existió, en mi opinión, uno de los mejores lógicos de la ilógica (la alabanza es irónica, por supuesto), que fue Arthur Schopenhauer, el cual postulaba que, ante la ausencia de finalidad alguna en el Universo, y el carácter despiadado de la realidad, la muerte era la única liberación: el suicidio como huída. Y desde luego, tiene toda la lógica del mundo, si asumimos las tesis anteriores, por eso me parece un perfecto lógico de la ilógica. Y por supuesto, cualquier persona que parta de estos principios y conserve alguna neurona libre de la radiactividad revolucionaria, llegará a esta misma conclusión (cada vez más gente lo está haciendo, ¿por qué se habla tanto de la mortalidad de los jóvenes en la carretera y tan poco su tasa de suicidios, que ya ha superado a la primera?).

Cuán diferente es, sin embargo, la lógica cristiana: el hombre viene de Dios y su vocación es volver a Dios, para lo cual debe transcurrir su vida terrena en el horizonte de la imitación de Cristo y la vida de santidad, utilizando el precioso don de la libertad orientado al bien, con la esperanza puesta en que las dificultades de la vida terrena son sólo parte del viaje cuyo destino es compartir la Gloria eterna de Dios, que ya se nos anticipa en vida a través de la Gracia Santificante.

Como siempre, sólo la verdad y nada más que la verdad es lo que realiza plenamente al hombre: porque la verdad, a diferencia de la mentira revolucionaria, existe y es alcanzable, y en ella se materializan las aspiraciones más profundas de la naturaleza humana.

miércoles, 26 de enero de 2011

REVOLUCIÓN, ÉTICA CÍVICA Y PERSONALISMO

Por Javier de Miguel

Lo que viene a continuación es consecuencia directa del principio etsi Deus non daretur que analizamos con anterioridad. Asimismo tiene que ver con la fundamentación de la moral en la vida pública, y se refiere a la manera revolucionaria de organizar una sociedad “civilizada” una vez se ha apartado la trascendencia de las conciencias de los individuos. El objetivo primordial, a esta altura, es configurar un orden moral que pueda ser aceptado a nivel social por el conjunto de la ciudadanía, para lo cual la herramienta básica sería el consenso, por forzado que éste sea. Y si no es aceptado, al menos, ha de ser asumido y cumplido.

Vaya por delante que esta aspiración de diseño de una moral pública parte de dos premisas: la primera, que niega que la moral privada tenga una proyección viable en la vida pública, pues asume que pueden existir tantas morales como personas, y por tanto, de salida, niega la existencia de una moral objetiva, trasladando el debate al establecimiento de una moral ya no objetiva, sino que simplemente funcione en el ámbito práctico; la segunda, que hace suyo el principio rousseauniano del contrato social, y por tanto, de la perspectiva jurídica, y no natural, de la sociedad civil: es por eso que es necesaria una moral civil, una moral de consenso, que todos asuman sin excepción, incluso aunque para ello deban abandonar forzosamente sus convicciones privadas.

En toda esta concepción mecanicista de la sociedad, es el Estado-leviatán hobbesiano quien se encarga de custodiar el cumplimiento de esa ética cívica, educando a los ciudadanos en los valores (ya no virtudes) que se desea fomentar, y en los anti-valores (ya no vicios o males) que se quiere evitar. Huelga decir que este Estado-policía depende de los votos de sus súbditos para subsistir, y por tanto, tiene dos alternativas para controlar el cumplimiento de estas “normas”; o bien los impone con la mayor suavidad posible y con palabras lo más genéricas y suaves al oído que sea posible, o bien articula un entramado de manipulación de la opinión pública llamado “corrección política”, que alinea el pensamiento de las masas con los postulados de sus gobernantes, evitando así fricciones que puedan desgastar el poder de éstos últimos. En la práctica, el sistema suele ser mixto: el primero se emplea mientras se pretende redirigir la opinión pública, y una vez conseguido, se implanta espontáneamente una especie de “control social” que refuerza sus postulados. Es este control social el encargado de marginar bautizando con los calificativos más peregrinos a quienes no comulgan con los dogmas de esta ética social.

Esta visión de la ética tiene implicaciones que pretenden justificarse bajo el paraguas de las sociedades llamadas post-industriales, que se caracterizan por la pluralidad o la globalización, lo cual, y siempre según ellos, supone que la ética debe amoldarse a estas nuevas realidades, pero no de una manera absoluta, sino a través de la denominada ética de mínimos. Se trata de una ética que no busca la virtud, sino que entiende la socialización como un mal necesario, y solamente aspira a la convivencia no-violenta entre los individuos, y defiende postulados tan cochambrosos como el de “mi libertad acaba donde empieza la tuya”, que parte de la base de que la libertad consiste en la posibilidad de hacer todo lo que a uno le place, con la única limitación de “la libertad del otro” (lo cual convierte al otro en un estorbo para el ejercicio de mi libertad, con la consecuente tendencia al individualismo). Es, por otro lado, una ética que proyecta una visión del hombre extraordinariamente mediocre y pesimista, pues asume que la convivencia pacífica consiste únicamente en un pacto de no-agresión entre los miembros de la sociedad, fundado en unos principios tan vaporosos que convierten la vida de la humanidad en un equilibrio fragilísimo, en una especie de guerra fría de todos contra todos, una torre de naipes al borde de un precipicio.

Por supuesto, esta ética de mínimos excluye de la vida pública el fenómeno religioso, pues, ¿cómo iba a ser posible conciliar tan amplia variedad de creencias, pseudo-creencias y no-creencias sin caer en la discriminación hacia algún o algunos grupos sociales? Por eso la solución que se propone es vaciar al hombre de su dimensión trascendente, “discriminando” así al 100% de la humanidad, que es el porcentaje de quienes tienen inscrita en su corazón dicha dimensión, e instaurando así un sistema de ateísmo práctico que nadie demanda y que en nada responde a la naturaleza humana. Se va fraguando así el concepto de ciudadano, artificio administrativo como tantos otros, y que consiste en insuflar en una supuesta tabla rasa una serie de principios, rasos también, que deriven en una homogeneidad, porque recordemos que, para la revolución, la clave de la convivencia no es la diversidad que tanto idolatran, sino precisamente lo contrario: la homogeneización, la uniformidad y la no-diferenciación, sobre todo en la medida que ellas permiten orientar a la sociedad hacia sus fines.

Esta influencia revolucionaria de la moral ha inundado de tal manera el mundo intelectual, que incluso desde ámbitos culturalmente cristianos ha sido vista con buenos ojos, incluso fomentada, en una versión más ligera en su carga ideológica, pero igualmente errónea por cuanto confunde la naturaleza del hombre y la idiosincrasia de la sociedad natural. Esta corriente, sintetizada a menudo bajo el denominador de personalismo, fue defendida a mediados del siglo XX por algunos filósofos de formación cristiana como Emanuel Mounier o Jacques Maritain, coincidiendo precisamente con el debate que se abrió tras la Segunda Guerra Mundial sobre la necesidad de fijar criterios morales válidos y respetados universalmente. El personalismo es menos desechable que el liberalismo o el socialismo, en tanto que reconoce una dignidad propia de la persona en tanto que ser que trasciende lo material, y por tanto aspira a enfocar toda la vida social y política entorno a la persona entendida como ser a la vez material y espiritual. Pero el personalismo yerra básicamente al pensar que la antropología cristiana y liberal pueden convivir armónicamente, para lo cual sería necesaria una ética heredada de la cultura judeocristiana, pero privada de fundamento último. Es, pues, una doctrina condenable, no tanto por su mala fe, como por su antropología desviada.

Estamos, pues, ante un pacto tácito que se ha hecho desde los sectores más conservadores de la sociedad con determinados aspectos de las ideologías revolucionarias, pero es un pacto asimétrico: la revolución no ha dado un solo paso atrás en sus aspiraciones, mientras que quienes han dimitido de sus convicciones son muchos de aquellos quienes deberían, por autoridad moral, combatirles y contra-argumentar sus aberraciones.

En definitiva, la ética agnóstica o atea propia de las ideologías revolucionarias, lejos de buscar el bien del individuo y de la sociedad, se conforma con tejer un entramado de prejuicios y falacias de suma fragilidad intelectual, y es sobre éstas bases que la sociedad civil se asienta. Porque sólo con bases caducas e inestables se puede poner en práctica la ingeniería social revolucionaria en una especie de mecánica ensayo-error en la construcción de ese hombre nuevo, feliz en apariencia, habitante de un paraíso terrenal, abstraído en su propia contemplación, dejado a sus apetencias sensoriales y totalmente reducido a su más primaria animalidad, que sólo el Estado y sus imposiciones puede atenuar para salvaguardar un mínimo orden. Es, sin duda, un panorama dantesco que no puede acabar bien.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

PINCELADAS REVOLUCIONARIAS EN LA RED

Apreciados lectores,
La siguiente noticia puede ser un paradigma de la desvergüenza con que los poderes públicos se jactan de su ideología revolucionaria en el campo de la educación: la desvergüenza de quien se sabe con la sartén por el mango, de quien tiene el partido ganado por goleada antes de comenzar, precisamente por haber comprado al árbitro, a la Federación y hasta a los recogepelotas, sin que nadie tenga voz (ni voto) suficiente para cambiar las reglas del juego.
-------------------------------------------------------------------------------------------------
La Abogacía del Estado reconoce que Educación para la Ciudadanía impone una moral estatal

Fuente:http://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=8106

Leonor Tamayo ha declarado sobre las alegaciones del Abogado del Estado que “nos sorprende que equipare Educación para la Ciudadanía a disciplinas académicas que transmiten conocimientos; Educación para la Ciudadanía enseña a los alumnos, desde los 10 a los 17 años, que no hay bien ni mal, que todo es relativo en el terreno ético y que cada uno tiene su propia moral. Otras asignaturas muestran conocimientos de manera objetiva pero no pretenden que los menores cambien sus valores o se adhieran existencialmente a ellos”.
Entre los argumentos esgrimidos por el Abogado del Estado en sus alegaciones ante el Tribunal, se encuentran los siguientes:
 “La concepción filosófica que presupone la democracia es el relativismo”.
 “Hoy la objeción recae sobre Educación para la Ciudadanía. Mañana podría objetarse la asignatura Ciencias de la Naturaleza, porque se explica en ella la teoría de la evolución, incompatible con la letra del relato bíblico de la Creación”.
 “El principio pluralista de un Estado democrático exige ciudadanos capaces de juicios morales autónomos”.
 De la Constitución no se desprende que “la educación o las virtudes cívicas deba considerarse monopolio de los padres”.
Tamayo ha anunciado que Profesionales por la Ética va a traducir las alegaciones del Abogado del Estado al francés y al inglés para exponerlos en foros internacionales como ejemplo del carácter adoctrinador de Educación para la Ciudadanía. “Las afirmaciones del Abogado del Estado” asegura, “respaldan, por ejemplo, la demanda de 321 españoles a los que estamos asesorando en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo”.
Tanto la Declaración Universal de Derechos Humanos como el Tratado de Lisboa y la propia Constitución Española confirman que los poderes públicos garantizarán que los padres puedan educar a sus hijos según sus convicciones morales y religiosas”. Con base en esos derechos reconocidos por la Constitución y los Convenios internacionales ratificados por España, Profesionales por la Ética ha promovido la demanda de 321 objetores a Educación para la Ciudadanía ante el Tribunal de Estrasburgo y ha denunciado el carácter adoctrinador de estas asignaturas en diversas reuniones de la Organización para la Cooperación y la Seguridad en Europa y en el Parlamento Europeo.

lunes, 27 de diciembre de 2010

ETSI DEUS NON DARETUR: REVOLUCIÓN Y AUTORIDAD POLÍTICA

Por Javier de Miguel

El lento pero dramático tránsito hacia las doctrinas revolucionarias del liberalismo ha tenido diversas fases, que han ido mutando la teoría acerca del origen de las leyes y de la autoridad política.

La palabra autoridad (del latín auctoritas), proviene a su vez del vocablo auctor (autor), lo cual aclara mucho el concepto que representa. Indica que hay una relación directa entre la autoridad que se ostenta sobre algo y la autoría de ese algo: la legitimidad sobre las cosas se adquiere, por tanto, en base a su autoría.

Este concepto tiene una fuerte implicación a la hora de desarrollar el concepto de autoridad política. Desde una perspectiva confesional, puesto que Dios es todopoderoso y autor de todas las cosas, la autoridad última sobre las mismas recae sobre Él a través de Su Ley, y los gobernantes son únicamente delegados divinos que poseen la obligación moral de dirigir las naciones conforme a la ley de Dios. Este era el fundamento de la autoridad en las monarquías pre-revolucionarias que, a pesar de sus flaquezas en otros ámbitos, entendían a la perfección el papel del hombre subordinado a Dios.

Las consecuencias de esta concepción política son múltiples: puesto que la Ley de Dios era la suprema autoridad a la que las leyes humanas debían someterse, el conocimiento de Dios, la teología, se convertía en ciencia soporte de todas las demás ciencias, incluida la ciencia política. Y es por ello que, como bien expresaba Donoso Cortés en su obra “Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo”, la teología, por lo mismo que es ciencia de Dios, es el océano que abarca y contiene todas las ciencias, así como Dios es el océano que abarca y contiene todas las cosas. Y como la Iglesia es la autorizada por Dios para difundir e interpretar Su Ley, entonces la Iglesia se convierte en un órgano consultivo, que no ejecutivo, imprescindible y, lo que es más importante, vinculante. No ostenta poder, solamente autoridad, una autoridad que a su vez no le viene de sí misma, sino de Dios.

La historia nos enseña dos de los muchos bellos ejemplos de armonía entre teología y política: el primero es la reflexión sobre la existencia de obligación moral de evangelizar a los indígenas. Los Reyes Católicos recurrieron a un comité de teólogos para dirimir de qué modo debía llevarse a cabo dicha evangelización, y se preocuparon de estar al corriente de dicho proceso, y de censurar los posibles abusos que se pudieran cometer, pues una de las conclusiones del comité teológico era que no se podía forzar a los indígenas a abrazar la fe, sino que ésta debía ser propuesta y acogida libremente. Todo un paradigma de verdadera modernidad en pleno siglo XVI.

Casi al mismo tiempo, Santo Tomás Moro imparte, en su propia carne, un testimonio magistral sobre los límites de la política positiva, a partir del momento en que de las cortes de Enrique VIII comienza a emanar un hedor de liberalismo embrionario, que se manifestó al legislar favorablemente a su divorcio de Catalina de Aragón, contradiciendo así la ley sagrada. El santo refleja el perfecto equilibrio entre sumisión al poder temporal y referencia a la autoridad última, declarando su lealtad a las cortes siempre y cuando éstas no contradigan a su autoridad última. Santo Tomás Moro no fue, pues, un revolucionario, sino que revolucionaria fue la monarquía del sifilítico rey inglés, al querer convertir en religión su particular visión sobre la moral matrimonial, y obligar a sus súbditos a adherirse a ella.

Hasta el siglo XVIII pocos discutían el origen de la autoridad política y sus repercusiones en el gobierno. Pero fue éste precisamente uno de los aspectos sobre los que más munición descargó la Ilustración: estableció el dogma de la soberanía popular y, sirviéndose de los postulados del racionalismo, determinó que poco o nada se podía saber acerca de Dios (ni tan siquiera su sola existencia), y mucho menos bajo qué principios quería que se gobernasen las naciones. Esta postura, más que el ateísmo puro y duro, fue la que alcanzó una mayor consistencia, debido en parte a la influencia sincretista masónica de la época, que no negaba la existencia de Dios, pero sí su carácter personal y su influjo sobre el mundo, propinando así un certero golpe a la tradición de la teología política.

Esta ideología fue el germen del anticlericalismo de los siglos XIX y primera mitad del XX: la marginación de Dios y la Iglesia, negándoles cualquier autoridad moral sobre el gobierno de la res publica. Hoy, esta misma ideología se ha desarrollado en una forma ligeramente distinta, aunque con resultados similares. El agnosticismo teórico ha dejado lugar al práctico, y ya no cabe preguntarse si Dios existe, porque el propio debate sobre Dios está fuera de la sociedad. Sólo se admite, por evidencia, que existen gentes creyentes y gentes no creyentes, y que, dentro de las primeras, existen creyentes en multitud de religiones, pseudo-religiones, sectas o grupos de espiritualidad al estilo New Age. Las constituciones revolucionarias igualan todas las opciones religiosas, reconocen su pluralidad, y su pertenencia a la legalidad siempre y cuando no atenten contra sus principios, lo cual supone exactamente lo contrario que establece la teología política, es decir, el poder trascendente está supeditado al poder temporal, en vez de la inversa. No obstante, desequilibran la balanza a favor del agnosticismo cuando deciden que se debe legislar etsi Deus non daretur (como si Dios no existiese). Y aquí es donde yace la gran falacia: la neutralidad entre religión y no-religión, y entre las diversas religiones, no es decantarse por el ateísmo práctico, pues eso es tomar partido por una de las opciones. Y eso ocurre porque dicha neutralidad es un eufemismo para esconder la anti-religiosidad de las ideologías revolucionarias, entre otras cosas porque la neutralidad en esta materia es imposible. La cuestión religiosa no se puede obviar, porque hasta quien manifiesta el ateísmo más acérrimo, está debatiendo acerca de la cuestión religiosa y tomando partido en ella.

Muchas mentes privilegiadas de la primera mitad del siglo XX se desvelaron en dar una salida a-religiosa a la barbarie que había supuesto uno de los regímenes más anti-religiosos de la historia de la humanidad, al tiempo que otra barbarie institucionalizada que no le iba a la zaga se convertía en la segunda potencia mundial. Aparece la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ejemplo magistral de liberalismo político, y vano intento de obligar etsi Deus non daretur a las naciones del mundo a cumplir con una serie de principios sobre los cuales, precisamente por prescindir de su origen divino, no tenía ninguna autoridad. Sus nefastos resultados son por todos conocidos.

De esta obsesión por construir la moral por parte de la autoridad política nacen, al menos, dos consecuencias desastrosas: la primera, la difuminación de la autoridad, que se convierte simplemente en poder, y no actúa por si misma, sino en la medida en que coacciona; y la segunda, que existe la elevada posibilidad de que se legisle de forma contraria a la moral, y se fuerce a cumplir estas leyes en base al poder coactivo del Estado. De esa manera, mientras que se ofrece al pueblo una teórica libertad desligando la autoridad de la moral, y ofreciéndole la supuesta posibilidad de gobernarse a si mismo, lo que se está haciendo es fortalecer la impunidad del Estado para gobernar de manera arbitraria.

O se acepta la autoridad divina, o se tendrá que aceptar la autoridad del Estado-leviatán. Y es absurdo decir que existe esa tercera vía llamada soberanía popular: la democracia liberal es un fracaso y una mentira porque la soberanía popular no existe ni puede existir, ya que el pueblo no tiene los mecanismos últimos de poder, ni capacidad para controlarlos, sino que siempre está subordinado en la escala jerárquica. La soberanía popular únicamente es una maniobra liberal para adular a las masas dándoles lo que no pueden tener, para así comprar sus voluntades y sus silencios. Es el Estado con sus mecanismos autoritarios quien sí tiene realmente la soberanía, pues ostenta potestad sobre los súbditos, aunque sean éstos quienes les hayan elegido.

El gobierno de una nación es, per se, absoluto, lo queramos ver o no. Y, por el propio bien del pueblo, vale más que nos pongamos en manos de una autoridad trascendente, última, supra-terrenal, que en manos de las ideologías revolucionarias. Es decir, mucho mejor que actuemos bien quod Deus esse: ya que Dios existe. Y suerte que existe.

sábado, 18 de diciembre de 2010

LA PERVERSIÓN DEL LENGUAJE

Por Javier de Miguel

Una de las características de las ideologías revolucionarias, que las hace especialmente subrepticias y peligrosas, es la sutileza con la que se actúa en el inconsciente individual y social a través del uso del lenguaje.

En este sentido, se pueden distinguir perversiones en dos sentidos: el morfológico y el semántico. Por un lado, la perversión morfológica pretende transmitir un mismo concepto empleando palabras distintas, bien para desprestigiar, o bien para ensalzar el concepto cuya morfología lingüística se desea modificar. En otras palabras, dar al vicio apariencia de virtud, o a la virtud apariencia de vicio, en base a ciertos condicionamientos subconscientes que los mass media revolucionarios se han encargado de crear.

Por otro lado, la perversión semántica, mucho más subliminal y dificultosa en su diagnóstico, consiste en otorgar a una misma palabra otro significado diferente del que tradicionalmente ostentaba. Esta técnica es un mecanismo de ataque y defensa al mismo tiempo, pues hace especialmente compleja la contra-argumentación, de suerte que dos personas pueden estar empleando una misma palabra, queriendo decir aparentemente lo mismo, incluso creyendo que están de acuerdo, mientras que sus mentes están asociando a ese término ideas distintas, y en muchos casos opuestas entre sí.

Así, la diferencia entre la perversión morfológica y la semántica es que, en el caso de la primera, la palabra que representa el concepto que se quiere destruir o marginar, se margina también del vocabulario cotidiano, mientras que en la segunda, la palabra permanece en el vocabulario, solo que con un significado totalmente distinto. No obstante, en el fondo, la perversión semántica conlleva per se una sub-perversión morfológica, ya que, si atenemos al significado tradicional de las palabras, un vocablo que exprese un concepto diferente al que venía expresando tradicionalmente, debería modificar su morfología. Pero esto se da solamente en la teoría, porque en la praxis, el interés de esta perversión subsiste precisamente en no alterar el lenguaje, solamente alterar su significado: crear una torre de babel a la inversa, donde la apariencia sea precisamente el entendimiento.

Estas dos técnicas de manipulación se llevan a cabo en un doble sentido: por un lado, pretenden devaluar o aparcar del lenguaje conceptos que, tradicionalmente, se consideraba que portaban un cierto “prestigio moral”, bien igualándolos con otros de inferior categoría, o bien asociándolos con alguna idea despectiva; y por otro, ensalzar conceptos que tiempo atrás hubieran despertado escándalo, asociándolos con ideas que, no es que sean buenas, sino que aparentan serlo, y que esconden, en algunos casos, una elevada dosis de ambigüedad, y en otros, directamente un ataque directo contra ciertos conceptos e instituciones. Es lo que coloquialmente se denomina buenismo: un cúmulo conscientemente estructurado de prejuicios y asociaciones abstractos, insostenible desde la lógica más elemental, pero lo suficientemente espeso y confuso para obnubilar los intelectos y difuminar el sentido común.

A continuación presentamos una escueta lista de las perversiones lingüísticas más habituales que se han puesto en circulación en las sociedades modernas, que incluyen distorsiones de los dos tipos expuestos, pero en el caso de las semánticas, y a modo de clarificación, se ha hecho el ejercicio de reflejar el aspecto morfológico que cada perversión conlleva:


Uno de los términos que mejor puede ejemplificar de la perversión semántica es la palabra libertad: de este vocablo, lo único que casi todo el mundo tiene en común en que es la libertad es “buena”. Pero, lógicamente, el adjetivo determina al sustantivo al que acompaña, y por tanto, la veracidad de dicho adjetivo depende del significado del sustantivo que le precede. Por tanto, si por libertad entiendo la capacidad para hacer el bien, entonces el adjetivo “bueno” tiene justificación. Si por el contrario, por libertad entendemos el egoísmo, la ilimitación en la acción individual, o la lucha por suprimir los condicionamientos biológicos o psicológicos del hombre, entonces este mismo adjetivo no hace justicia a su sustantivo.

Es por esto que merece sumamente la pena pararse a analizar con mucho rigor, en los discursos emitidos en el ámbito político y cultural, la divergencia existente entre el conjunto de palabras que se emiten, y el mensaje que se desea transmitir, es decir, debemos desligar morfología de semántica, como primer paso para detectar las falacias lingüísticas que con demasiada frecuencia llevan a validar socialmente aberraciones conceptuales que solamente por su buena apariencia, y no por su contenido, son aceptadas y glorificadas socialmente. De ahí que podamos afirmar también que la revolución es a la vez macro-revolución y micro-revolución, pues su estrategia bien podría equipararse a la máxima empresarial think global, act local. Los objetivos, globales, las actuaciones, al máximo detalle que se puedan imaginar: en cada colegio, en cada casa, en cada televisión. Cualquier alerta nunca será demasiado exagerada.



viernes, 10 de diciembre de 2010

PINCELADAS REVOLUCIONARIAS EN LA RED

Apreciados lectores:

Existen gentes ingenuas a las que les parece que todo este asunto de la manipulación de masas es poco menos que una película de ciencia-ficción, que la sociedad evoluciona espontáneamente, y que no existen movimientos organizados dedicados exclusivamente a la creación de un nuevo orden social y un pensamiento único. Y mucho menos que estos agentes se dediquen a cosas tan aparentemente superfluas como cambiar los cuentos que se leen a los niños.

En el anterior artículo publicado, titulado "El orden natural: una concepción revolucionaria", hacíamos mención precisamente a la creación del "tercer sexo" como culmen de la revolución de género, con claras analogías con la mecánica marxista.

Pues la noticia que viene a continuación (fuente: http://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=7968) es un claro ejemplo de por dónde se están moviendo estas ideologías en España. Ya me dirán que pintan los sindicatos en todo esto, pues ¿acaso no cobran por defender los derechos de los trabajadores? pues resulta que en plena crisis, no sólo trabajan para eso, sino que parecen tener especial interés en colaborar con las ideologías revolucionarias de género.

Saludos cordiales.
-----------------------------------------------------

Los sindicalistas y el lobby gay quieren revolucionar la educación sexual en España

Eliminar los uniformes en los colegios, implantar vestuarios mixtos, no enseñar los catálogos de juguetes a los niños o reinventar los cuentos tradicionales fueron algunas de las propuestas de «intervención educativa» aprobadas en las jornadas universitarias «Educar en la diversidad afectivo-sexual», organizadas por CC.OO., la FELGTB y la Universidad Complutense de Madrid.

(La Gaceta/InfoCatólica) Bajo el título Cómo educar en la diversidad afectivo-sexual en los centros educativos, 40 profesores de toda España escucharon las propuestas de intervención educativa de Comisiones Obreras (CC.OO.) que pretenden “acabar con la discriminación del colectivo homosexual, transexual y bisexual en las aulas”.

Junto con el sindicato CC.OO intervino en la organización la Federación Estatal de Gays, Lesbianas, Transexuales y Bisexuales (FELGT), y las jornadas tuvieron lugar en la Universidad Complutense. Gracias al patrocinio del Ministerio de Sanidad, los profesores acudieron con los gastos pagados, transporte, alojamiento y dietas incluidas, durante los dos días.

Uno de los profesores que asistió ha explicado a La Gaceta algunas de las recomendaciones presentadas para “prevenir los conflictos derivados de situaciones de discriminación y exclusión social en los colegios por razón de orientación sexual y/o identidad de género”.

Ignorar a los objetores de EpC

La primera ponencia fue impartida por José Ignacio Pichardo Galán, doctor en Antropología Social por la Universidad Autónoma de Madrid. Galán explicaba que “no se debe presuponer la heterosexualidad de los alumnos, ni siquiera preguntar a una embarazada si va a ser niño o niña”.
Continuaba su ponencia el antropólogo aclarando que “a los objetores a Educación para la Ciudadanía no hay que hacerles caso, apenas son 3.000”. Para Galán, es imprescindible “cambiar los referentes para no discriminar a las minorías LGTB. Los referentes no pueden ser sólo masculinos y femeninos”. Pichardo llamó a “no olvidar las cifras de suicidio de adolescentes LGTB”.
A continuación tuvo lugar la “mesa trans”, impartida por docentes transexuales y coordinada por Luis Puche Cabezas (Universidad Autónoma de Madrid). En ella se insistió en que los profesores “deben ser referente para los alumnos, visibilizando su propia orientación sexual”. Apostaron también por eliminar el lenguaje sexista y por dar libertad a los niños a la hora de jugar, pero matizando que los niños debían jugar también con muñecas.

Lenguaje, juguetes, uniformes y vestuarios

Luis Puche aclaró que “la sexualidad no pertenece al ámbito de la familia, sino a la escuela y a la sociedad” y que había que actuar para evitar la discriminación. Otra de las propuestas de “intervención educativa”: “Los vestuarios deben ser mixtos para que los homosexuales no se vean obligados a elegir”.
“Deben eliminarse los uniformes para no discriminar a los alumnos LGTB; los roles sociales hombre y mujer son malísimos. Las políticas de igualdad no incluyen a los LGBT”, exponía Pablo Vargas, otro de los ponentes de la mesa. A continuación, Eva Robledo García, maestra de infancia, explicaba que “es el cuerpo el que debe aprender, no el intelecto”. También habló del carácter sexista de “los catálogos de juguetes” y propuso “un aula sin programación”. “Hay que dejar libertad”, añadió.
Ekio Macías, jefe de estudios del Instituto Juan de la Cierva, miembro de Cogam y de CC OO, explicó a los profesores que “las leyes españolas afirman que debe hablarse de sexualidad en las clases”. “Por eso debe hacerse en todas las clases y en las tutorías”, dijo.

Diversidad de familias, variedad de identidades afectivo-sexuales. Cambiar los cuentos

En el segundo día de las jornadas se expusieron propuestas más concretas de actuación. Comenzó la mañana con la intervención de Mercedes Sánchez, profesora de la Facultad de Ciencias de la Educación de la UCM: “Hay que hablar de educación afectivo-sexual desde infantil”, aseguró Sánchez, porque “el 16% de las personas tiene problemas de identidad sexual. Hay que hablar de diversidad de familias”.
La profesora propuso también reescribir los cuentos porque son “sexistas”: “La bruja siempre es mujer y el papel de la mujer es ser elegida”. Pero, sin duda, lo más importante residía en “trabajar para que en los proyectos de centro educativo se especifique “trabajar la diversidad afectivo-sexual”. “Esta afirmación es la clave para permitir hablar de diversidad afectivo-sexual en todas las asignaturas”, concluían.

Indignación y preocupación de Madrid Educa en Libertad y Profesionales por la Ética

La agrupación de padres madrileños de la plataforma Madrid Educa en Libertad ha expresado su indignación ante estas propuestas a través de su portavoz, María Menéndez, quien ha señalado que “este curso ha tenido un único objetivo, que es el de enseñar a introducir –a profesores actuales y futuros– la ideología de género en las escuelas”.

Por su parte, Jaime Urcelay, de Profesionales por la Ética, ha mostrado su preocupación al afirmar que “la llamada perspectiva de género es una verdadera ideología con pretensiones totalitarias que se está imponiendo a golpe de subvenciones públicas y apoyos desde el poder político y sus correas de transmisión”.

domingo, 5 de diciembre de 2010

EL ORDEN NATURAL: UNA CONCEPCIÓN REVOLUCIONARIA

Por Javier de Miguel.

Para abordar este tema con la suficiente eficacia, creo interesante hacer una somera introducción acerca de lo que entendemos por orden natural, para después poder entrar en materia sobre cómo la revolución trata ese orden y en qué lo pretende convertir.

Podríamos definir el orden natural como la manera en que están configuradas, o pre-determinadas, las condiciones de las personas y del entorno que las rodea. Por tanto, el primer distingo es entre orden natural individual y orden natural global. El motivo de esta separación es el carácter genuinamente original de la persona dentro de todo el orden creado, y sus singulares rasgos, que vienen dados por tratarse del único ser que goza de dos realidades: la material, compartida con el resto de seres, y la inmaterial o espiritual, relacionada con el alma, cuya existencia es exclusiva del ser humano. Precisamente por esta doble realidad humana, cabrían otras dos clases dentro del orden natural individual, muy directamente relacionadas entre sí: el orden natural biológico y el orden natural moral.

El orden natural biológico hace referencia a las estructuras corpóreas del ser humano, sus biorritmos, su configuración neurológica, endocrina, etc. En esta línea biológica, la diferenciación más sustancial existente, y que más polémicas genera, es la sexual. Fuertes condicionantes no sólo biológicos, sino también psicológicos y más sutiles, que la propia ciencia está descubriendo recientemente, nos recuerdan la profunda diferencia natural entre ambos sexos. Por tanto, la sexualidad humana deviene un componente profundo en su orden biológico, que determina y condiciona al margen de los posibles contextos culturales en que se desarrolla.

Por su parte el orden natural moral abarca la dimensión espiritual humana, y tiene que ver con la existencia de normas morales objetivas inscritas en el hombre, y que pueden positivamente ser descubiertas a la luz de la razón. He aquí el nexo existente entre las dimensiones corporal e inmaterial de la persona: la razón. La razón integra lo corporal en lo espiritual, y evita el dualismo entre cuerpo y alma, defendido en algunos períodos de la historia de la filosofía. De hecho, la propia razón tiene manifestaciones físicas (ciertas partes del cerebro que se activan o desactivan en función de la actividad intelectiva que realizamos, etc), pero que tienen su origen, como ya adelantaba Santo Tomás de Aquino, en el alma, es decir, en la realidad inmaterial.

Para la revolución, sin embargo, el enfoque es radicalmente diferente: en cuanto al orden natural biológico, lo considera mero azar, y en cuanto al orden natural moral, sencillamente lo niega, y aunque admite la existencia del intelecto, le otorga un carácter puramente material. Entiende la razón humana desde una perspectiva únicamente empírica, biológica, positivista, en lo que es una herencia recibida del racionalismo. Por tanto, desecha conscientemente la parte fundamental del análisis, pues solamente profundiza en sus manifestaciones físicas, y no en sus mociones fundamentales. Este reduccionismo pretende explicar la dimensión humana en su vertiente científica, desproveyéndola de una explicación trascendente, y atribuyendo su enorme complejidad a un inverosímil proyecto evolutivo azaroso.

A mayor abundamiento, y al considerar los condicionamientos biológicos mero azar, y los condicionamientos morales sencillamente una entelequia, la revolución se cree en posición de alterarlos arbitrariamente, sin importar los medios empleados para ello, construyendo así la identidad biológica a lo largo de la vida. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, sería un lema muy descriptivo de este tipo de ideologías, bautizadas por los estudiosos como bioideologías, y cuya característica principal es la negación de los condicionantes biológicos, y la defensa de una perspectiva constructivista de la realidad humana, así como, y esto es muy importante, la construcción de ideologías en base a las diferencias biológicas (que, por cierto, tiene su origen en el nacionalsocialismo alemán). Por ejemplo, este sería el leit motiv del feminismo radical, es decir, la aplicación de la mecánica marxista a la diferencia entre sexos, denunciando una supuesta posición inferior de la mujer (la antigua clase proletaria) debido a su condicionante biológico, que es su propia femineidad, para, a través de la lucha de sexos (antes lucha de clases), canalizada por la denominada “discriminación positiva” hacia la mujer (antaño dictadura del proletariado), consolidar a hombres y mujeres en un ideal “tercer sexo” (el antiguo ideal de comunismo).

Por lo que respecta al orden natural moral, como ya hemos adelantado, las ideologías revolucionarias consideran que la moralidad es una construcción humana fruto de siglos de oscurantismo y prejuicios, pura superstición, y desde luego, totalmente irracional. De hecho, negando la naturaleza humana, es normal que estas ideologías consideren el orden moral como un artificio, pues todo para ellas es un artificio, y cualquier construcción que se haga sobre ellas es modificable.

La gran damnificada de todo este supuesto montaje llamado “moral”, es la libertad. Como no se cree en el libre albedrío, en la libertad moral, la única libertad que se admite es la libertad de actuación, es decir, la ausencia de coacción para llevar a cabo lo que se considere oportuno. Esta libertad traspasa incluso los límites de lo moral para insertarse en lo biológico: las barreras corpóreas no deseadas deben ser, a la larga, y con ayuda de la ciencia y la técnica, eliminadas, de manera que la historia humana se convierte así en la historia de su propia autodeterminación biológica y moral.

Una vez vistos los fundamentos del orden natural individual, cabe desplazarnos a la dimensión social, donde también existe un orden natural, que comienza por definir el propio carácter social del ser humano. Las personas podríamos reproducirnos por generación espontánea, pero sin embargo nacemos (normalmente) en el seno de una familia, y para nuestra concepción ha sido necesaria la intervención de dos personas biológicamente “determinadas”. Es el primer núcleo social del hombre. Pero hay mucho más: el desarrollo del ser humano en sus diferentes etapas posteriores al nacimiento conllevan siempre un factor social imprescindible en tanto que cohabitantes del mundo. Aparecen las relaciones jerárquicas en la escuela, el trabajo, las amistades, los sindicatos y partidos políticos, las asociaciones, etc. Estos entes son los que se denominan organismos intermedios, muchos de los cuales surgen de manera espontánea, y vertebran la transición entre el individuo y su entorno más global, y lo integran y defienden, en tanto que le representan ante la instancia terrena superior, en este caso, la autoridad social. Es la forma en que el orden natural social vertebra las relaciones entre aquellos que son individualmente más numerosos (las bases) y los que lo son menos (la autoridad social). Esta organización social, que surge espontáneamente como resultado de la naturaleza social del hombre, ha sido definida por la Doctrina Social de la Iglesia como concepción orgánica de la vida social.

La actuación de las ideologías revolucionarias consiste en destruir toda esta estructura orgánica, para dejar al individuo inerme ante la autoridad social. Esta situación envilece al individuo, pues le priva de una característica propia de su naturaleza, y enaltece nefastamente a la autoridad, que ya no lo es por convicción de sus ciudadanos, sino a través de la coacción, convirtiendo así la relación individuo-Estado en una relación de vasallaje. De esta manera, por muy democráticos que presuman de ser los sistemas políticos, la legitimidad de los gobernantes no existe, o es muy dudosa, en tanto que no gozan de apoyo social, sino del apoyo de miles o millones de individuos que votan a título individual. De esa manera, se la revolución pretende sustituir el concepto “sociedad” por el concepto “suma de individuos”, que carece de estructura y, por supuesto, de capacidad de control de quienes ejercen el poder.

El primer organismo intermedio, el más cercano a la persona, y uno de los que más influye en ella, es la familia. En la familia se gesta la personalidad, el carácter y la formación de las personas, por eso es sumamente interesante para la revolución debilitar la familia, bien mediante su directa destrucción (fomento del aborto, el divorcio), bien mediante la devaluación de su significado y su equiparación moral con otras formas de convivencia.

Y el plan de desestructuración, que tiene varias fases, comienza desde mucho antes de que las familias se conviertan en tales. De entrada, se trabaja por consolidar, en base a esa supuesta libertad sin compromisos, mentalidades egoístas y hedonistas que incapacitan para llevar a término relaciones de pareja duraderas y sólidas. Posteriormente, y una vez constituida la pareja, y si es que dura, se fomenta una mentalidad anti-natalista, un ritmo de vida agobiante, y una pugna entre los cónyuges por la cuestión económica, de suerte que la convivencia de pareja se reduce casi a un mero pacto de no-agresión. Una vez llegan los hijos, y éstos crecen, se les educa contra sus propios progenitores, se les inculca una promiscuidad precoz para que rompan sus lazos afectivos con la familia lo antes posible, y a poder ser de forma conflictiva, para que busquen sus referencias educativas fuera de casa, en un entorno cada vez más estatalizado e impregnado de filosofías edulcoradas que embauquen a esos espíritus facilones que ellos mismo se han encargado de cultivar.

A nivel extra-familiar, se cultiva el resentimiento generalizado hacia la jerarquía, ya sea en la escuela o en el trabajo, que redunda en enfrentamientos internos dentro de las organizaciones de las que se forma parte. El egoísmo e individualismo en que han sido educado esos hijos, ahora adultos, les hace incapaces para consolidar relaciones sociales fiables, desconfían del compromiso y buscan solamente la propia satisfacción personal. De esa manera, se les ha conseguido aislar socialmente, y la convivencia se reduce, como ya adelantara un revolucionario de primer orden, Jean Jacques Rousseau, a un contrato social sin ningún rastro de estructura orgánica. La sociedad se deshilacha, pierde cohesión, se atomiza, y el poder puede actuar coactivamente sin ningún tipo de cortapisa. Es más, el individuo acaba creyendo que esta falsa libertad le ha engrandecido, que se ha liberado, que se ha progresado, de manera que aún agradece y aplaude los “servicios” prestados, realimentado este círculo vicioso.

Puede parecer ciencia-ficción, pero cuanto más pensemos así, menos sensible tendremos el olfato para detectar este sistema de manipulación social, que está funcionando a escala mundial. Bajo esa apariencia aséptica y buenista, se esconde un intento indisimulado de subvertir todo aquello que en la naturaleza humana resulta molesto para el ejercicio del poder absoluto y la manipulación global, que es el fin a que se destinan estas ideologías. De ahí al importancia de educar a las generaciones venideras en la verdad sobre el hombre y el mundo, verdad que sólo puede impartirse en su integridad desde una perspectiva confesional, que es la que culmina la razón de ser última del hombre, pues difícilmente se puede defender la idea de un orden natural creado sin la existencia de un creador, y por ello le mantiene en su realidad de criatura y no de creador, de servidor y no de dueño, en definitiva, la que puede orientar al hombre y a la sociedad hacia el bien, que sí es el fin último del hombre.