domingo, 5 de septiembre de 2010

TRAS EL RASTRO DE LA REVOLUCIÓN

Por Javier de Miguel

Ante el abrumador florecimiento, especialmente acontecido durante los últimos dos siglos, de ideologías de índole revolucionaria, y su profunda asimilación por parte de las sociedades occidentales modernas, adquiere gran importancia educar al intelecto para detectarlas y desenmascararlas, para lo cual parece oportuno fijar una serie de parámetros básicos.

Hemos dicho en multitud de ocasiones que, a pesar de lo variopinto de las ideologías que pueden denominarse revolucionarias, hay una serie de factores ceteris paribus, y que son, estableciendo el símil biológico, el núcleo del genoma revolucionario. Al igual que un hombre puede ser alto, bajo, rubio o moreno, por encima de todo es hombre porque así lo determina su ADN. Lo mismo ocurre pues con las ideologías revolucionarias, y nuestro objetivo será exponer brevemente qué elementos componen ese núcleo básico.

La verdad es que, en muchas ocasiones, dicho núcleo ve retratado más o menos fácilmente en la práctica, pero más de forma intuitiva que analítica, de manara que resulta interesante saber en base a qué argumentos de índole más teórica o filosófica podemos llegar a dichas conclusiones. En definitiva, se trata de ordenar la mente para trazar los rasgos básicos del esqueleto de dichas ideologías.

La definición que analizaremos, lo suficientemente breve para no desorientar, pero lo suficientemente extensa como para condensar todo lo que de esencial tienen estas ideologías. Así, podríamos identificar una ideología revolucionaria como:

Ideología subversiva con motivaciones materialistas, desplegada de manera subliminal y no-violenta, básicamente a través de los resortes culturales y de opinión, especialmente centrada en la confusión creada por una perversión del lenguaje.

De esta definición, se pueden desprender cuatro grandes rasgos, que a su vez se pueden desdoblar en dos categorías: dos primarios, de carácter más teórico, y otros dos secundarios, que tienden a definir el modus operandi de esos dos principios teóricos.

En primer lugar cabe decir que, mientras que todas las ideologías revolucionarias son subversivas, no quiere decir que todas las ideas subversivas sean revolucionarias, al menos al modo en que aquí tratamos el término “revolución”. El diccionario de la Real Academia de la Lengua define “subvertir” como "trastornar, revolver, destruir, especialmente en lo moral". Por tanto, por subversión podemos entender la modificación, por lo general, brusca, (en los fines, que no siempre en los modos), del orden moral establecido.

No obstante, si el orden moral establecido es objetivamente injusto, entonces una subversión puede estar legitimada, siempre y cuando se empleen para ello los medios más proporcionados posibles. Pero, en cualquier caso, insisto, una situación límite de degeneración social y corrupción moral puede legítimamente ser abortada por medios que, literalmente, se consideran subversivos, pero que no son revolucionarios.

Así pues, ¿qué es lo que de subversivo tiene la revolución que la hace ilegítima? Evidentemente, su trasfondo. Y con ello llegamos a definir el segundo rasgo de las ideologías revolucionarias: una motivación filosófica de carácter materialista.

En filosofía, una doctrina se define como materialista cuando reduce su ámbito de acción a lo meramente material, negando la metafísica, y con ella, toda una serie de conceptos como la moral objetiva, la ley natural, y sobre todo niega el origen inmaterial de aspectos tan poco “materiales” como la libertad o los sentimientos, atribuyéndolos a secuencias definibles en términos materiales. Por descontado, niega el carácter inmaterial del alma, y por más descontado todavía, toda referencia a la trascendencia.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos aporta un matiz nuevo a esta definición:

“el materialismo práctico, que limita sus necesidades y sus ambiciones al espacio y al tiempo”.

Por tanto, una filosofía de índole materialista se identifica y adquiere su sentido en la gestión de las cosas en clave exclusivamente terrena, especialmente cuando éstas tienen que ver con los recursos materiales, como el dinero, el poder o la libertad en sentido material, de la que aquí hemos hablado en artículos precedentes.

El marxismo, padre de las ideologías revolucionarias de hoy, atacaba una estructura social que consideraba, siempre en términos materiales, de opresión- sumisión, en sus orígenes una opresión de cariz económico, pero que con el tiempo se ha ido extrapolando a otras relaciones sociales que paralelamente se consideraban de opresión-sumisión, como es el caso de la lucha de sexos y la lucha de generaciones, de suerte que el destino humano estaba en manos de la conciencia de los oprimidos para liberarse de los opresores.

Pero resulta extremadamente curioso que el marxismo y neo-marxismo proponen como solución, no una organización que, al menos desde su punto de vista, pudiese ser considerada más equilibrada, sino otra relación de dominación, pero a la inversa, de manera que el dominado se convierta en el dominador. Lo encontramos en el concepto marxista de “dictadura del proletariado”, y en las doctrinas neo-marxistas, en las ideologías “misándricas” que postula la lucha de sexos, y en las posturas antifamiliares, por lo que a la lucha de generaciones se refiere.

Todas estas luchas se plantean en clave de libertad, pero de una libertad material, entendida como la ausencia de condicionantes materiales, a saber, dinero, dependencia sentimental o económica, etc, que sería el objetivo último del ser humano, y que justificaría así la destrucción de dichas relaciones consideradas como opresivas para una de las dos partes, llámense matrimonio, familia o jerarquía. El hombre así solamente se realizaría a sí mismo rompiendo sus lazos y vínculos en la medida en que no le permiten ser “libre”, lo que se entiende como ejecutar a toda costa sus proyectos personales, por descabellados que éstos sean. Obviamente, este dislate niega rotundamente una verdad antropológica también rotunda, que es el carácter social de la naturaleza humana. O si no la niega, al menos considera que la felicidad se encuentra en superar esa naturaleza y construir su historia sobre una tabla rasa moldeada al gusto.

Estas serían las características que podríamos llamar primarias, en tanto que responden a la motivación teórica de las ideologías revolucionarias. Sin embargo, hay algunas otras características, más de orden práctico, pero que pueden servir para desenmascararlas en la medida en que suponen herramientas de detección

La primera de ellas, adquirida más recientemente, sería su carácter subliminal. Las revoluciones violentas han muerto, para dar paso a otras de carácter subrepticio, de infiltración en la cultura, como sus propios autores la definieron después de la Segunda Guerra Mundial. La subversión a través de las armas ha dado paso a la subversión a través de la educación, cultura, la propaganda y los resortes del propio poder. En definitiva, es un terrorismo de guante blanco que actúa paciente pero constantemente para invertir las escalas de valores, para dar, bajo un engañoso aspecto de neutralidad, la carta de ciudadanía a valores y situaciones anormales y reprobables desde el punto de vista moral (como el divorcio, el aborto, la homosexualidad, el adulterio, el concubinato o, más ampliamente, el agnosticismo o el ateísmo práctico).

La perversión del lenguaje a través de su ambigüedad sería la cuarta característica, y la segunda de las secundarias. No sólo se modifica la grafía de las palabras, sino su significado, al introducir sesgos ambiguos y relativizando los conceptos, que son circunscritos al ámbito de lo subjetivo, lo cultural y lo contingente, y que por tanto, pueden ser interpretados de manera diferente según las circunstancias. Así, palabras de textura suave como “libertad”, “legalidad”, “autonomía”, “solidaridad”, “bienestar”, “valores”, “derechos humanos” o “ética cívica” esconden malévolamente estructuras subversivas de cambio cultural, pues bajo una falsa neutralidad introducen fuertes dosis de relativismo y pensamiento superficial, cosas ambas que no son precisamente neutrales.

En definitiva, es absolutamente fundamental asimilar estas variables para poder llegar a un diagnóstico correcto de lo que es una ideología revolucionaria. Lo cual no se puede negar que requiere alguna dosis de pensamiento reflexivo y de perspectiva mental, que es una de las primeras cosas que la revolución se encarga de eliminar, aboliendo el sentido común y el pensamiento crítico. Por eso mismo, porque es el propio síntoma el que camufla la enfermedad, es necesario vacunarse de ella frecuentemente a base de lectura, estudio detenido y gimnasia filosófica. Desempolvar a Platón y Aristóteles nos enseñará, entre otras cosas, que la democracia también tiene inconvenientes, y muchos; rescatar a Santo Tomás de Aquino, o la misma lectura del libro del Génesis nos dará una lección magistral de antropología, ayudándonos a entender qué es el hombre. Todo ello nos permitirá tener claro que hay una relación exponencialmente inversa entre lo que sabemos y lo que creemos que sabemos. Y les puedo asegurar que es como pasar de la noche al día.

lunes, 9 de agosto de 2010

REVOLUCIÓN, NACIONALISMO Y PATRIOTISMO

Por Javier de Miguel

¿Qué tiene de bueno o malo la unidad de España? ¿Para qué sirve la patria? ¿no es acaso un convencionalismo que puede alterarse al antojo de las circunstancias históricas? ¿no es acaso un valor amoral? ¿el fruto de un pacto? ¿por qué el empeño de algunos en mantener a España unida? ¿por qué el de otros en separarla? ¿acaso no es indistinto para la nación adoptar una forma política u otra?.

Estas preguntas asaltan con frecuencia a muchas personas, que piensan que es suficiente con que en un país haya justicia social, paz y prosperidad, y que por tanto, la organización del Estado es indiferente a todo ello, pues no expresa nada ni contribuye en nada a la consecución de esos loables objetivos, pero que ignoran los mismos sólo se llevan a buen término bajo el paraguas de unos valores y tradiciones comunes.

España está acostumbrada históricamente a convivir unida: unida no sólo conservó su soberanía, sino que construyó el imperio más extenso de la Tierra durante varios siglos, se mantuvo fiel a su herencia cristiana pese a la tiranía islámica, fue pionera de la cultura europea en el medioevo, y en definitiva cimentó su sociedad en los valores inspirados por el Evangelio desde que se abrazara oficialmente el cristianismo allá por el año 589 (Concilio de Toledo). Estos y otros similares, son motivos más que suficientes para poder decir alto y claro que España existe como unidad, y que esa unidad debe ser respetada y apreciada, y que merece una defensa feroz e incondicional frente a los cada vez más abundantes ataques externos que sufre.

Por este motivo, podemos entender el interés de las fuerzas revolucionarias, en su afán por dinamitar toda tradición y continuidad histórica, sobre todo por lo que a tradición moral y religiosa se refiere, en debilitar el concepto de patria y ridiculizar su significado, menospreciar el papel del Ejército, ningunear a la bandera y escatimar el uso de la palabra España, sutilmente sustituida por expresiones como “este país”, “el país”, etc. Así, bajo un falaz internacionalismo de raíz marxista, y amparada en el pretexto de la globalización, lo que la revolución pretende es diluir el concepto de nación y diluir así la personalidad y tradición propias de las mismas, para dejar impunes sus procesos de ingeniería social totalitaria.

Uno de los ataques más frecuentes padecidos contra la patria y el sentimiento patriótico en España consiste en identificar calculadamente estos sentimientos de pertenencia con un nacionalismo en sentido paranoico y despectivo. Y creo que, respecto al concepto de nacionalismo, conviene hacer un distingo. Cabe separar aquel nacionalismo que defiende sana y justamente la unidad e identidad de una nación determinada, en base a unos fundamentos históricos, pero que, manteniendo sus ideales y principios, no renuncia a levantar la cabeza, mirar hacia fuera, relacionarse con el mundo de igual a igual, y aprender de otros aquello que más conviene para el desarrollo y el bien común de su sociedad, y que podríamos distinguir con la denominación, por otro lado no nueva, de “patriotismo”; y por otro lado, existe aquel nacionalismo diseñado políticamente para alimentar el revuelo de las masas, el odio hacia lo foráneo, que solamente se mira el ombligo, que prefiere “sus cosas”, aunque sean negativas, sólo porque son suyas, y que se comporta tiránicamente con aquellos que no comulgan con su retahíla de absurdas y artificiales imposiciones. Es aquel nacionalismo que, de la noche a la mañana, propugna que hay que odiar al vecino porque es diferente a mí. Huelga decir que este segundo nacionalismo, a diferencia del primero, no sólo no tiene sentido, sino que es un caldo de cultivo de derrumbamiento social y de fracaso colectivo. Y hay que aclarar que la distinción entre ambos no depende de que uno sea más “moderado” o “radical”, sino que uno, el primero, parte de una realidad histórica constatable, mientras que el segundo es un movimiento populista y anárquico, y tiene como bandera la agitación social y la instrumentalización política. Por tanto, insisto, a patriotismo y nacionalismo no les distingue su intensidad, sino su objetivo y legitimidad. Por supuesto, las ideologías revolucionarias sólo tienen inquina al patriotismo, que es que le resulta peligroso, ya que el segundo tipo de nacionalismo no le resulta amenazante, puesto que es suicida por definición, resultanso incluso un buen aliado circunstancial.

El concepto de nación también sufre ataques a nivel supranacional: el concepto “Europa” representa una de las armas más poderosas de que la revolución dispone para lograr sus objetivos. Vaya por delante que no debemos engañarnos: Europa podrá llegar a ser, en mayor o menor medida, una unidad económica, pero jamás será una unidad política, porque comprende un conglomerado tan sumamente heterogéneo de tradiciones, historias e idiosincrasias, que repele al intelecto su consideración como un todo. Y para más escándalo, no sólo se incide en lo que nos diferencia, sino que se omite aquello que Europa sí tiene en común, como es la religión cristiana (el interés por integrar a Turquía, así como la ausencia de mención alguna a la tradición cristiana de Europa, son las muestras más significativas sobre el papel). Por tanto, se pretende construir Europa creando una unidad artificial, una tabla rasa donde los ingenieros sociales de la revolución puedan sentirse a sus anchas diseñando nuevos “valores” como el laicismo o la benevolencia y el buenismo hacia el avance de la cultura islámica en el continente. Todos ellos, anti-valores destructivos para el bien común, y adalides de la revolución a nivel continental. Insisto, la perversidad de todo este movimiento es que, haciendo ver que unen, desunen, y haciendo ver que fortalecen, debilitan. Por eso llegan a pasar desapercibidos, e incluso reciben el aplauso de muchos.

Volviendo al caso de España, es innegable, y los hechos lo demuestran, que se ha claudicado miserablemente desde hace ya décadas frente a los dos enemigos de la patria: por un lado, los independentismos, encarnados en el nacionalismo del segundo tipo antes mencionado, y amparados en una supuesta pluralidad que se centra en lo local y olvida intencionadamente el acervo común que esa pluralidad tiene; y por otro lado, el socialismo y su calculada flojera patriótica, ansioso por dinamitar todo aquello que representa un freno a sus ambiciones totalitarias. Ambos no sólo obtuvieron carta de ciudadanía gracias a la Transición, sino que incluso han llegado a alcanzar un estatus de superioridad moral respecto a las fuerzas políticas que han defendido rectamente la continuidad en la unidad política, social y cultural de España.

Una sociedad sin patria, sin historia, sin pasado, es una sociedad desorientada, manipulable, cerril y anquilosada. Por eso, si en artículos precedentes hablamos de alianza diabólica entre liberalismo y socialismo, de la misma manera podemos afirmar sin miedo a errar que, dentro del lupanar ideológico que representa la revolución, el nacionalismo destructivo es, y en especial en el caso de España, otro gran aliado del neo-socialismo para acabar con aquellos valores y principios que han inspirado a España en su quehacer político y social, a lo largo de siglos, con el único fin de instaurar su régimen nihilista y alienante, del cual el socialismo es nudo propietario, y el nacionalismo perverso, usufructuario. Una inversión hasta ahora rentable para ambos, y contra la que sólo se puede empezar a luchar desde la re-inculturación y el ahondamiento en aquello que se quiere destruir: el valor moral de la patria.

viernes, 18 de junio de 2010

LA DIABÓLICA ALIANZA

Por Javier de Miguel

Al hablar de “revolución”, en muchas ocasiones podemos caer en la tentación de hablar demasiado en abstracto, y dejar de señalar con el dedo a las ideologías que están detrás de ella.

Lo sorprendente de la revolución es que, pese a no introducir, en su compendio ideológico, ninguna novedad respecto de ideologías nacidas siglos atrás, es en sí una novedad, precisamente por lo ambiguo de su calificación ideológica. Y es que, de hecho, pienso que no se puede identificar a la revolución con una ideología única, sino más bien como el resultado de una serie de pactos entre ideologías, muchas veces contradictorias entre sí, que han aceptado claudicar en ciertos aspectos programáticos en beneficio del fin a conseguir.

Un ejemplo claro de las políticas revolucionarias que se están desarrollando en Occidente lo podríamos denominar liberal-socialismo, o social-liberalismo. A cualquiera que esté mínimamente iniciado en filosofía política, esta combinación le parecerá aberrante, pues nada hay más anti-liberal que el socialismo, y nada más anti-socialista que el liberalismo. Mientras el liberalismo afirma la individualidad absoluta del hombre, fundada en su libertad como fin, y sólo acepta la organización social como un pacto tan inevitable como artificial, el socialismo se ubica en las antípodas del liberalismo, reconociendo tan sólo la individualidad del hombre en tanto que parte del engranaje social, del cual el Estado es férreo controlador. En otras palabras, también podemos decir que el liberalismo ensalza la libertad, aunque sea, en muchos casos una libertad mal definida, mientras que al socialismo le repugna cualquier tipo de libertad.

A partir de la segunda guerra mundial, el socialismo en Europa Occidental comenzó a tomar un cariz crecientemente liberal, acrecentado a partir de la década de los sesenta. A partir de entonces, la revolución ya no sería ni la revolución liberal hija de la Ilustración, ni la revolución bolchevique alineada con los dictados de Moscú. Las políticas implementadas, sin ir más lejos en España, diagnostican claramente la simbiosis que se ha creado entra ambas ideologías.

Vamos con algunos ejemplos: la aceptación social y legal de la homosexualidad y de los matrimonios entre homosexuales, del amor libre, del aborto, etc, frutos todos ellos del Estado-pilato liberal, y muchos de ellos perseguidos en los regímenes totalitarios socialistas, han sido ampliamente apoyados e instaurados por partidos de cartel socialista (que después los partidos liberales de derechas han mantenido, como no podía ser de otra forma).

Por otro lado, parece razonable pensar que ha sido el socialismo el que ha bebido en las fuentes del liberalismo, más que a la inversa, pero lo cierto es que, camuflado en el socialismo por lo que a los partidos “de izquierda” se refiere, y en su más pura esencia en los partidos “de derechas”, el liberalismo está mucho más presente y goza de más amplio respaldo en la opinión pública que el socialismo puro, al que, pese a ser más reciente como ideología, se le considera anacrónico, en tanto que representa un modelo de organización destinado al fracaso. El socialismo, así, ha decidido jugar al juego parlamentario, pero por supuesto con las reglas del juego liberales. Porque el vencedor histórico-ideológico del siglo XX ha sido el liberalismo, y por tanto, es el socialismo el que tiene que mover ficha hacia él, y no al revés.

Una vez explicado muy someramente lo que separa a liberales y socialistas, vayamos a lo más importante que nos ocupa ahora, que es lo que tienen en común, lo que les une y les hace caminar juntos. Tanto unos como otros presentan como principio irrenunciable la soberanía de la política sobre la moral, una moral que para ambos es definida no en sí misma, sino precisamente en función del juego político, de manera que la moral no es más que una rama que crece del tronco del juego parlamentario, y no al revés. El socialismo lo ha hecho evolucionando desde la figura del Estado autoritario hacia la del Estado liberal, pero la esencia de ambos en este aspecto es la misma.

Una consecuencia secundaria, pero no por ello menos importante de esto es la animadversión que ambos comparten hacia la presencia de inspiración religiosa en la vida pública, e incluso en la privada. En este sentido, también el socialismo ha tenido que aprender del liberalismo. La violencia explícita ya no está de moda: no es democrática. Por eso las ideologías filo-socialistas ya no andan quemando iglesias ni asesinando religiosos, lo cual no quiere decir que hayan claudicado en su objetivo de erradicar cualquier atisbo de religiosidad en la sociedad. Más bien se han adoctrinado en los métodos liberales para ir apartando a la religión de la vida pública. A través del mal denominado Estado de Derecho, se sirven de la ley, supuestamente inspirada en la soberanía popular, otro principio de suyo liberal, para promulgar leyes que reemplazan a la razón natural por la razón subjetiva, que es otro principio liberal. La ley deja así de estar inspirada en la moral para estarlo en la coacción. La frontera del totalitarismo ya ha sido atravesada, y lo ha sido precisamente siguiendo el ideario liberal. Porque no tenemos que olvidar que antes del Archipíelago Gulag y de las purgas estalinistas, productos socialistas, ya habían existido los jacobinos, sus guillotinas, los saqueos a Iglesias, etc, todos ellos hijos de la “libertad” del liberalismo.

No lo olvidemos, en la historia, el telón de la violencia no lo levanta el socialismo, sino el liberalismo. Después, a partir de principios del S.XIX el liberalismo pasa a ponerse el cartel de civilizado, y es el socialismo el que entonces pasa a ser semilla de violencia. Cada uno tuvo su siglo, y parece que de momento el siglo XXI se lo están repartiendo ambos como buenos hermanos.

Por tanto, el socialismo contemporáneo, sin haber renunciado del todo a sus pretensiones totalitarias, ha heredado del liberalismo métodos más sibilinos para alcanzar dichas aspiraciones, que por otro lado no son muy distintas a las del liberalismo. Son dos ideologías cuyos destinos nunca pensaron sus fundadores que acabarían encontrándose. Son dos ideologías aparentemente opuestas, que han cruzado sus caminos en una época de declive de la filosofía política, donde lo que prima es la utilidad electoral de un sistema-banquete diseñado por liberales, pero cuyos comensales no tienen por qué rezar el credo liberal crudo, solamente basta que alcen las copas y brinden al grito de: “Seremos como dioses”.

viernes, 7 de mayo de 2010

LO QUE HARÍA LA REVOLUCIÓN CON LA IGLESIA

Por Javier de Miguel

Apreciados lectores,

A finales del año pasado, colgué este artículo de Elisa Serna en Público, explícitamente sintético del odio visceral de las ideologías revolucionarias hacia la religión, especialmente la católica, y donde se recogen insultos de toda índole, diría, incluso, denunciables.

A continuación presento un breve comentario a los párrafos más indigantes de dicho artículo (sin un sólo insulto, y basándome exclusivamente en el literal del texto).



La última monarquía absolutista de Europa, la iglesia católica, apostólica y romana, ICAR, acaba el año conculcando derechos humanos adquiridos por los españoles, en actos multitudinarios.

Uno de esos derechos es precisamente el de expresión y censura al sistema. Y éste es el derecho que se pretende conculcar, y son ustedes quienes lo quieren conculcar, en vista de lo que dicen y escriben.

El arzobispo de Madrid, José María Rouco Varela desde Madrid y Josep Ratzinguer, Papa de los católicos, desde Roma, unieron sus voces contra la Reforma de la Ley del Aborto y la Ley de integración de las bodas de gays y lesbianas, en el nombre de un Dios, que probablemente no existe.

Se aprecia una notable contundencia en la afirmación. ¿Probablemente? Estamos ante la proclamación de la nueva religión oficial del Estado a-teocéntrico: el nacional-ateísmo, o el nacional-agnosticismo, por cierto, de obligado cumplimiento.

“El Ur-Fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo”

Me remito a una frase de Felipe González: “hay una nueva forma de fascismo que es calificar de fascista a todos los que no piensan como uno”. Ni pintado….

El particular desarrollo de la Transición en España, nos obliga a convivir en régimen de estupro con la extrema-derecha española. La misa pública de ayer domingo, fue una muestra de la “impunitis” que padece la jerarquía católica en la inacabada democracia española.

¿Y que sugiere que habría que hacer para eliminar esa “impunitis”? ¿Volver a las checas? ¿a Paracuellos? ¿a la quema de Iglesias y asesinato de religiosos?

Allí acudieron […] obispos y sacerdotes de seglar responsables del secuestro de más de 30.000 niñas y niños en post-guerra, fascistas sin esvásticas, responsables del Holocausto republicano, cirujanos de obstetricia con el juramento hipocrático roto respecto a las abortistas, fanáticos nacional-católicos, mujeres sin conciencia feminista


Analicemos insulto por insulto…

- Ignoraba que los sacerdotes y obispos se hubiesen dedicado a secuestrar a nadie durante la post-guerra ni se hubiesen dedicado a realizar Holocaustos. Más bien, pensaba que quienes quemaban iglesias tan sólo un mes después de (ilegítimamente) proclamada la II República, que quienes amenazaban de muerte a sus adversarios políticos, que quienes mataron a Calvo Sotelo eran otros: y que los responsables de ello por no haber movido un dedo al respecto fueron los sucesivos gobiernos de la izquierda republicana. Pero se ve que en historia de España no estoy muy puesto. Uno no se acuesta sin saber una cosa más.

- Juramento hipocrático roto por negarse a practicar abortos
¿Quieren saber lo que dice, entre otras cosas, el juramento hipocrático original? Fíjense, se lo transcribo sin tocar ni una coma…

Llevaré adelante ese régimen, el cual de acuerdo con mi poder y discernimiento será en beneficio de los enfermos y les apartará del perjuicio y el terror. A nadie daré una droga mortal aun cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer pesarios abortivos. Pasaré mi vida y ejerceré mi arte en la inocencia y en la pureza.

La Conferencia de Ginebra lo actualizó, añadiendo al efecto como deber moral del galeno:

VELAR con el máximo respeto por la vida humana

Por otro lado, el Código de ética y deontología médica español de 1990 dice en su articulo 25 que "no es deontológico admitir la existencia de un periodo en que la vida humana carece de valor. En consecuencia, el médico está obligado a respetarla desde su comienzo". Y en su articulo 27 dice que "es conforme a la deontología que el médico, por razón de sus convicciones éticas o científicas, se abstenga de intervenir en la práctica del aborto o en cuestiones de reproducción humana o de trasplante de órganos”.

El mismo código, en la versión de 1999, añade: Artículo 26
1. El médico tiene el derecho a negarse por razones de conciencia a aconsejar alguno de los métodos de regulación y de asistencia a la reproducción, a practicar la esterilización o a interrumpir un embarazo
Supongo que huelga el comentario.

- “Fanáticos nacional-católicos”: Y hablando de fanáticos, ¿cómo se les ocurre que deberíamos calificar a quien conscientemente miente y deforma la historia para manipular a la opinión pública y hacer que ésta cuadre con su ideología, y utiliza la calumnia para descalificar a quienes no comparten sus pensamientos, redondeándolo con insultos sistemáticos?

- "Mujeres sin conciencia feminista": es decir, mujeres sin conciencia de que su cuerpo es un juguete para uso y disfrute de loS hombres (enfatizo el plural); sin conciencia de que el matrimonio y la maternidad son una carga insufrible; sin conciencia de que la madre debe decidir si su hijo debe o no vivir. Quizá sea un antiguo, pero créanme, me gustan las mujeres “sin conciencia feminista”.


No es nada bueno para la salud de la Democracia, que la Delegación del Gobierno siga permitiendo la manifestación pública de personas, obispos y grupos que conculcan por sistema derechos adquiridos, que sostienen Teorías de la Opresión, como el fascismo.

Lo que no es nada bueno para la dictadura revolucionaria, como para toda dictadura, es que haya voces críticas. Por favor, dígame que derechos humanos se han conculcado en esa manifestación. ¿Se ha conculcado el derecho a la vida? Yo diría que se ha defendido. ¿Se ha conculcado el derecho a la libre expresión? Yo diría que únicamente se ha ejercido. Otros son los que pretenden conculcarlo.



En definitiva, este artículo vuelve a reflejar lo de siempre: en nombre de la democracia, al paredón. Será que se acuerdan tanto de “oscuros tiempos pasados” porque los ven reflejados en ellos cada vez que se miran al espejo. Maneras no les faltan para ello…

sábado, 24 de abril de 2010

DERECHO A LA VERDAD

Por Javier de Miguel

Vivimos en medio de una sociedad que ensalza cuasi-enfermizamente los derechos del individuo. O mejor dicho: lo que social y políticamente se consideran derechos. El derecho individual está sumido en un endiosamiento anonadante. Sin embargo, si atendemos con un poco más de precisión a este hecho, nos damos cuenta de que esta exaltación neo-romántica de los derechos es total y absolutamente selectiva. En otras palabras, se ensalzan ciertos derechos, que social y culturalmente se consideran “de primera línea”, y que generalmente coinciden con derechos que, o bien son de segunda línea desde el punto de vista de la ley natural, o bien simplemente no son derechos, sino meras desfiguraciones de la autonomía humana, que vienen a convertir a la sola razón en suma legisladora del bien y del mal. O peor aún, se circunscribe la aplicación de los derechos a la aritmética parlamentaria o a la voluntad pactista de las fuerzas políticas, lo que viene a significar básicamente lo mismo. Por contra, otros derechos, incluso algunos tan básicos y sagrados como el derecho a la vida, se supeditan al ejercicio de otros, menos importantes, e incluso perjudiciales en la escala moral, y por tanto, falsos.

Para contrastar esta tan extendida y aplicada tesis, veremos que la unívoca doctrina social de la Iglesia, entiende por bien común la colaboración en el establecimiento de una serie de condiciones que permitan a la persona desarrollarse en toda su perfección. Así, León XIII, en su encíclica Immortale Dei (1885), para mí uno de los mejores compendios que se han escrito sobre doctrina política a la luz de la fe y la ley natural, nos enseña, literalmente, lo siguiente:

En lo civil y político, las leyes se enderezan al bien común, y se dictan, no por la pasión o el criterio falaz de las muchedumbres, sino por la verdad y la justicia.

Para que reparemos en la suma importancia de esta afirmación, y en las consecuencias que de ella se derivan: las leyes, que son las que regulan la vida en sociedad, los derechos y deberes de las personas, deben estar inspiradas en la verdad.

Es curioso que la legislación y jurisprudencia van reconociendo algunos derechos que tienen que ver con el conocimiento de ciertas parcelas de verdad sobre la vida de las personas: por ejemplo, recientemente se ha reconocido en un tribunal alemán el derecho de los niños nacidos fruto de la inseminación artificial anónima, a conocer a su padre biológico. Asimismo, y aunque desconozco si ya se ha sentado jurisprudencia al respecto, se habla muy positivamente del derecho de los niños adoptados desde recién nacidos, a conocer a sus padres biológicos. También a los familiares de un desaparecido o asesinado, se les reconoce siempre el derecho a conocer la verdad del caso.

Toda esta serie de iniciativas, muy plausibles por un lado, vienen por otro a demostrar la incoherencia de las estructuras legislativas predominantes en Occidente, ya que al alimón que se reconoce el derecho de las personas a conocer su pasado, su origen biológico, etc, se niega su derecho al acceso a una verdad muy superior, y común a todas ellas: su origen, la naturaleza con que han sido creados, y el camino que han de seguir para alcanzar la felicidad.

“Cada uno es feliz a su manera”, se acostumbra a decir. Pero según de qué tipo de felicidad estemos hablando, podemos llegar a caer en un grave error. La felicidad entendida como el legítimo gozo de lo temporal, se puede plasmar en cosas concretas, que cada persona elige conforme a su idiosincrasia, cultura, educación, etc. Pero la felicidad en abstracto, es decir, la felicidad en cuanto que finalidad de la persona, es común a todos nosotros, y puede resumirse, tal y como ya enseñó magistralmente Aristóteles, en “comportarnos conforme a nuestra naturaleza”.

Por tanto, en cuanto que es la verdad la que nos guía para ejercer los verdaderos derechos y obligaciones que nos identifican como personas, uno de los primeros derechos individuales tendría que ser el derecho a poder ejercer esos derechos, es decir, el derecho a la verdad. ¿Qué entendemos por derecho a la verdad? Sin duda, no nos referimos aquí a la verdad empírica, científica, la derivada de las ciencias exactas. Nos estamos refiriendo a la verdad acerca del hombre y del mundo, partiendo de la base de que el mundo y la realidad son uno, y por tanto, la verdad también es una, porque de existir varias verdades, éstas estarían indefectiblemente referidas a tantos mundos y realidades como verdades enunciáramos.

Por consiguiente, si tal como León XIII enseña, las leyes deben estar orientadas al bien común, que es la perfectibilidad máxima de la persona, y sabiendo que ésta se consigue ajustando nuestro actuar a nuestra naturaleza, es decir, a nuestra verdad, llegamos a la conclusión de que los Estados tienen la obligación de mostrar a las personas la verdad sobre ellas mismas, como punto de partida para alcanzar el bien común a que están destinadas. Así, lo que para el Estado se convierte en una obligación, para nosotros se convierte en un derecho.

Desgraciadamente, como consecuencia de los estragos del liberalismo, nuestras sociedades occidentales han devenido en sociedades Poncio-pilatistas, en primer lugar, porque niegan la mera posibilidad del acceso racional a una moral objetiva y común a todos los seres humanos (Quid est veritas?) , y en segundo, y como consecuencia de lo primero, se lavan las manos respecto de su obligación de orientar a la sociedad al bien común, que, como ya hemos dicho, no es más que una obligación de justicia para con los gobernados.

Así, la circunscripción de la vida social al marco de la verdad tiene consecuencias que escandalizan al mundo liberal. Una de ellas es la cuestión de la libertad de expresión. En las sociedades liberales, como la libertad está por encima de la verdad, bajo la justificación de la libertad de expresión se acepta la expresión pública de graves calumnias y faltas a las verdades más esenciales.

Una prueba es la progresiva y generalizada tendencia a la despenalización del perjurio (partiendo de la base de que, para ello, primeramente se han abolido los juramentos, por ejemplo, de cargos públicos), y otros delitos denominados “contra la honra”. Por ejemplo, la ley española establece que las opiniones y valoraciones no están sujetas al límite de la veracidad y tampoco son susceptibles de una comprobación objetiva. Lo cual equivale terriblemente a decir, por un lado, que puesto que no existe verdad objetiva, sino que todo es opinable y valorable, tampoco existe la mentira y el error, de manera que ambas coexisten en igualdad de condiciones. Y en segundo lugar, nuevamente demuestra que la libertad, en este caso la libertad de información, está por encima del honor a la verdad.

León XIII vuelve a hacer hincapié en el grave error que subyace en esta doctrina, cuando afirma que

La libertad de pensamiento y de expresión, carente de todo límite, no es por sí misma un bien del que justamente pueda felicitarse la sociedad humana; es, por el contrario, fuente y origen de muchos males. La libertad, como facultad que perfecciona al hombre, debe aplicarse exclusivamente a la verdad y al bien. Ahora bien: la esencia de la verdad y del bien no puede cambiar a capricho del hombre, sino que es siempre la misma y no es menos inmutable que la misma naturaleza de las cosas. Si la inteligencia se adhiere a opiniones falsas, si la voluntad elige el mal y se abraza a él, ni la inteligencia ni la voluntad alcanzan su perfección; por el contrario, abdican de su dignidad natural y quedan corrompidas. Por consiguiente, no es lícito publicar y exponer a la vista de los hombres lo que es contrario a la virtud y a la verdad, y es mucho menos lícito favorecer y amparar esas publicaciones y exposiciones con la tutela de las leyes.

En definitiva, el gran error de los liberales radica en pensar que la libertad descontrolada, incluso cuando pasa por encima del cadáver de la verdad, acrecienta nuestra libertad, cuando ocurre justamente lo contrario, lo que hace es coartarla, ya que la verdadera libertad comienza conociendo lo que somos, y estando protegidos contra el primer grado de mentira, que es la mentira sobre el hombre. Porque, de la misma manera que, en un juicio, el juez necesita conocer la verdad del caso para poder hacer justicia, también para que una sociedad crezca sana y justa es necesario conocer las verdades que la conforman, a ella y a sus componentes. De lo contrario, se pueden fácilmente cometer las mismas injusticias que cometería un juez al dictar sentencia partiendo conscientemente de pruebas parciales, altamente dudosas o totalmente falsas. Y, a la inversa, la promoción de la verdadera libertad humana consiste en publicitar y ofrecer como verdad aquello que es verdad, la única verdad antropológica que corresponde a la real dignidad de la persona como alfa y omega, es decir, como origen y destino en Dios. Entonces estamos hablando verdaderamente de un derecho de primera línea, del derecho a la verdad como camino para la constitución de sociedades justas y democracias sanas.

lunes, 1 de marzo de 2010

SOBRE LA LIBERTAD Y LA CONSTITUCIÓN POLÍTICA DE LOS ESTADOS

Por Javier de Miguel

Santo Tomás de Aquino definió la libertad como la capacidad del hombre para hacer el bien, una definición que desde luego resulta chocante en los tiempos en que vivimos, donde reinan las falsas concepciones de libertad, todas ellas de origen revolucionario, que bien se podrían resumir en cuatro líneas maestras:

1. Libertad es “poder elegir”, es decir, es tener variedad de posibilidades, y en consecuencia, cuanto más amplia sea dicha variedad, más libres somos. Definición que se refuta fácilmente incluso desde la ciencia, pues psicológicamente se ha demostrado que un exceso de variedad de elecciones desborda nuestra mente, nos hace incapaces de tomar decisiones, y a nuestra voluntad, más voluble.
A ello habría que añadir una limitación física: no es posible elegir todo lo que se quiere elegir, bien porque no se dispone de ello, o bien porque los recursos (tiempo, dinero), son escasos, o incluso sencillamente porque ese algo que me gustaría elegir no existe. Con ello, cualquier restricción a esta variedad que nunca llega a ser total es una coacción a la libertad, y por tanto, genera frustración en quien busca la libertad en ello.

2. Libertad es “espontaneidad”: sería por tanto, decir siempre todo lo que pienso, tal y como lo pienso, hacer todo lo que me place en cada momento, sin limitación ni cortapisa alguna. De lo cual se siguen dos consecuencias: la primera, que cualquier norma, sea penal, de urbanidad o civismo, conllevaría una coacción de la libertad. Y como, de facto, estas normas existen y son necesarias, el hombre no podría alcanzar la libertad. Y la segunda, todavía más impactante: los animales no racionales serían más libres que las personas, pues pueden hacer sus necesidades en cada momento y lugar, y no se plantean si deben o no deben hacer alguna cosa: simplemente la hacen, y si modifican su conducta es únicamente por otro impulso: el miedo al castigo o por la espera de una recompensa.

3. Libertad es hacer lo que deseo, aunque física o psicológicamente no pueda: es el concepto de “discriminación positiva” que se aplica a menudo en ciertos campos, como en el de la educación, también llamada teoría de la tabla rasa, y que básicamente se alimenta de la idea de que cualquier persona posee una serie de derechos que trascienden su naturaleza humana y sus limitaciones: es la teoría por la cual se debe rebajar el nivel de exigencia en el sistema educativo para que “todos quepan” en él. Es, por tanto, una lucha constante contra la propia naturaleza humana, que será, siempre, una batalla perdida, y por tanto, un nuevo muro infranqueable en la búsqueda de esa supuesta libertad.

4. Libertad es “hacer todo lo que se puede (técnicamente) hacer”: es un planteamiento mucho más reciente, pues se ha desarrollado a la par que la revolución tecnológica, y que en el fondo entraña la idea de que la libertad humana es un hito que se alcanza progresivamente en función de los avances científicos, y que por tanto, nunca alcanzará su plenitud, pues el progreso en el conocimiento científico es sine fine.

Todas estas definiciones revolucionarias de libertad comportan una consecuencia terrible y desesperante: El hombre no es capaz de ser totalmente libre. La libertad es una utopía, un muro con el que el hombre acaba siempre chocando, algo que depende de factores materiales externos, y sobre el que no tendríamos ninguna influencia, si no es sometiéndonos a dichos condicionantes externos y yendo siempre a remolque de ellos. Este sinsentido conduce indefectiblemente a la frustración y a la rebeldía del hombre contra su propia naturaleza, y por tanto, al deseo de endiosarse para superar esas teóricas barreras, y por tanto, despierta la tendencia a asimilar más fácilmente el lema por excelencia de la revolución: “Seréis como dioses”.

No obstante, el panorama cambia sustancialmente si nos centramos en la auténtica idea de libertad. En base a la definición de Santo Tomás, el Bien nos hace libres porque nos permite superar la esclavitud de las apetencias cortoplacistas. Y éstas son esclavitudes, porque al basar las decisiones en la apetencia momentánea, nos impiden ver más allá y tomar decisiones que son buenas a largo plazo, aunque a corto plazo puedan suponer un sacrificio o una penalidad, que la libertad hará asumibles si y solo si somos capaces de dirigir nuestra voluntad hacia el verdadero bien. Todo sin perjuicio de que el mal elegido reiteradamente, limita la capacidad de elegir otra cosa que no sea el mal, conllevando esto la pérdida de la auténtica libertad. En definitiva, el bien corrige nuestra miopía y nos permite ver en auténtica perspectiva cual es la verdadera libertad

Y una vez expuesto todo esto, la pregunta es ¿Qué espacio ocupa Dios en la búsqueda de la libertad? La respuesta es contundente: Dios, con su Gracia, al ayudarnos a superar el pecado, nos libera de las apetencias y de los impulsos sensitivos momentáneos, y por tanto, nos desempaña los cristales para ver en relieve el verdadero Bien y dirigirnos sin vacilar hacia él, siendo así plenamente libres. In veritate libertas: tanto la verdad como la libertad existen, son alcanzables, y están relacionadas, de manera que en la Verdad, que es el Bien, nos hacemos genuinamente libres.

Cuando, en 1885, el Papa León XIII escribe la carta encíclica Immortale Dei, sobre la constitución cristiana del Estado, exhorta a los poderes públicos a que permitan y favorezcan que la esencia del cristianismo inspire la sociedad civil, como única manera para que ésta se realice plenamente conforme a la dignidad humana. Y no puede ser más cierto. La historia nos demuestra que la impronta del cristianismo en Occidente ha sido la antesala de la concepción actual de la dignidad de la persona, que si en los últimos dos siglos se ha venido desvirtuando, ha sido precisamente en la medida en que nos hemos ido desvinculando de estas mismas raíces cristianas.

Los fundamentos de una sociedad justa deben estar inspirados en la concepción cristiana del hombre y del mundo, aunque sólo sea por la excelencia de las virtudes que propugna: caridad y respeto hacia el prójimo, sentido del sacrificio, honestidad, auténtico respeto a la mujer, respeto a la vida desde su inicio, recta concepción del bien y del mal, humildad, austeridad basada en el desprendimiento de las cosas terrenas, serenidad ante la dificultad, respeto a la autoridad, honor a la verdad, respeto por la familia y la infancia, etc. Y ejemplos sobran en la historia de lo que ha ocurrido cuando estos principios se han despreciado o arrinconado.

El primer problema es que el concepto de virtud, originario no del cristianismo, aunque completado por éste, y mucho menos de las sociedades liberales, sino de la filosofía griega clásica, ha caído en un profundo ostracismo a base de desdibujarse su identidad como resultado del subjetivismo impuesto por las ideologías revolucionarias. Este subjetivismo llega incluso a negar el derecho de individuos y asociaciones a defender públicamente lo que ellos consideran como verdad, por el mero hecho que se plantee como tal. No es tanto un ataque a “una verdad”, sino a “la verdad”. Por el contrario, la revolución sustituye el término “virtud” por el término “valor”, lo que, para lo que nos ocupa ahora, no significa absolutamente nada, pues el diccionario nos enseña que un “valor” es simplemente un adjetivo, una cualidad de las cosas, pero no encierra en él ninguna noción de bien o mal, pues en sí mismo posee polaridad, es decir, puede ser positivo o negativo. Mientras que la virtud tiene que ver con la verdad, el valor reduce la verdad a la cualidad subjetiva de las cosas, en lugar de a su calificación moral.

Por tanto, los valores son conceptos moralmente abstractos que en esencia no encierran ni virtud ni vicio, sino simplemente convenciones sociales y culturales modificables a golpe de real decreto. Cuando se nos habla, por ejemplo, de “el valor de la solidaridad” lo que de verdad se nos está diciendo es: “El valor de la solidaridad, tal y como lo entendemos hoy, aquí y ahora, y que es tan válido como lo que mañana, allá o después se entienda por solidaridad”.

En definitiva, si lo que el poder político busca es el verdadero bien, está claro lo que tiene que hacer. Por el contrario, si lo que se busca son lacayos, voluntades compradas y esclavos, sociedades débiles y engañadas, libertades que son sólo señuelos, palos y zanahorias, entonces se entiende perfectamente cómo están organizadas las sociedades revolucionarias.

viernes, 1 de enero de 2010

PINCELADAS REVOLUCIONARIAS EN LA RED

Apreciados lectores,

Ésta es la tercera y última entrega de lo que será materia prima para un posterior artículo sobre algunos de los más difundidos tópicos de las ideas revolucionarias, en este caso extraídos de la boca de sus propios profetas.



La amenaza de la familia cristiana



Ramón Cotarelo, catedrático de Ciencias Políticas

Público

El acto del domingo en Madrid en defensa de la familia cristiana, preparado y escenificado por la Conferencia Episcopal Española y la organización ultra Camino Neocatecumenal, fue un peligroso alarde de intolerancia. Su discurso en defensa de una institución a la que nadie amenaza niega de plano la realidad contemporánea de unas sociedades abiertas y plurales.
Su reducción de la familia a la cristiana, y esta a la versión restringida que propugna el integrismo católico vaticano actual no es compartida ni por la inmensa mayoría de los mismos cristianos al lado de la cual los miles de manifestantes del domingo no son prácticamente nada.
Sostener que el aborto y el divorcio constituyen un peligro para la familia cristiana tradicional da la espalda al hecho de que en las sociedades en que se admiten las dos prácticas, casi todas ellas de mayoría cristiana, la familia clásica no ha perdido terreno social en sentido estadístico alguno. Al decir que sólo es cristiana y familia la unión de un hombre y una mujer, el obispado español y sus amigos neocatecumenales se arrogan el derecho a negar aquel carácter a las uniones entre personas del mismo sexo, incluidas las que forman muchas parejas homosexuales que, pese a todo, se consideran cristianas y, por lo tanto, lo son, como bastantes curas anglicanos o como los obispos episcopalianos de New Hampshire, Gene Robinson, y de Los Ángeles, Mary D. Glasspool, gay él y lesbiana ella.
Decir que únicamente gracias a la familia cristiana así concebida siguen naciendo niños en Europa raya en el delirio por cuanto implica que los hijos de familias heterosexuales europeas no cristianas no son niños o no son europeos. Y, además, desconoce la realidad de las familias monoparentales con hijos, incluidas las mujeres solas madres por
diversos métodos, entre ellos el de la inseminación artificial como era el caso de la secretaria general del PP antes de contraer matrimonio.
Es obvio que sólo desde el fanatismo y la intolerancia más cerril puede predicarse en plaza pública tal cantidad de dislates y atentados contra los derechos de terceras personas. Porque este es el punto crucial de la cuestión: que así como las otras formas de familia no niegan el derecho de los católicos a formar las suyas según establezcan sus doctrinas y experiencias, la jerarquía española por medio del Vaticano sí niega a aquellas su derecho a la existencia.
Por fortuna, en la mayoría de las sociedades europeas rige el principio de separación entre la Iglesia y el Estado. De no ser así ya estaríamos de vuelta a épocas de siniestras persecuciones. Y, por fortuna, también en España rige el principio de no confesionalidad del Estado que, reconoce y ampara a todas las religiones, no sólo a la católica; y el Estado es de Derecho, lo que quiere decir que también reconoce y protege todos los que la ley reconoce, por ejemplo el de los/las homosexuales a contraer matrimonio entre sí, a fundar familias y a tener hijos ya que estos no pueden ser monopolio de la forma de familia que se antoje al Vaticano, a monseñor Rouco y a los neocatecúmenos.