miércoles, 28 de junio de 2017

NEOLIBERALISMO Y SOCIALISMO, CARTERA Y BRAGUETA CON UNA MISMA FINALIDAD: LA DEMOLICIÓN DEL ORDEN SOCIAL

Javier de Miguel

Con frecuencia se habla, de que los sistemas económicos, especialmente los de la Europa continental, son capitalistas en la producción, y socialistas en la distribución. Esta afirmación, que encierra una paradoja aparente, por otro lado, muy estética, insinúa una realidad escandalosa: el socialismo necesita del capitalismo para vivir. Es decir, ya no es sólo que el socialismo sea reacción, justa en sus motivos, pero errada en su construcción teorética y tanto o más en su aplicación práctica, al materialismo ateo liberal, tal como repitió en numerosas ocasiones la Doctrina Social de la Iglesia, en especial Pío XI, que contempló el derrumbe de la estructura liberal clásica al tiempo que la maduración del socialismo real. A mayor abundamiento, los hechos nos muestran que el modelo de “Estado social” o “Estado del Bienestar”, de raíz socialdemócrata derivada de un iusnaturalismo racionalista hipertrofiado, que se encuentra en continuo avance hacia la satisfacción, no ya de los derechos considerados por el liberal clásico como “fundamentales” (básicamente la vida y la propiedad), sino de derechos considerados de “n” generación (he perdido la cuenta de las generaciones de “derechos” que van apareciendo), que no son más que burdas complacencias de la concupiscencia desbordada por el abandono de la moralidad pública y privada, necesita como cómplice las políticas neoliberales.

Ésta, que parece enrevesada, es la tesis. La motivación de la misma, sin embargo, es bastante más sencilla. La proliferación de falsos derechos que se cargan a lomos del llamado “Estado asistencial” (la diversidad sexual, el aborto, la eutanasia, o el derecho a ser padres, entre otras muchas aberraciones), tienen lógicamente un coste, que debe ser financiado, y lo será fundamentalmente mediante la política fiscal, primera y principal fuente de ingresos del Estado. La cuestión es: el ritmo de crecimiento insaciable de nuevos y absurdos “derechos”, y la presunción de que debe ser el Estado quien los tutele, ha dejado de ser proporcional al ritmo de creación de riqueza (el intento de reducir esta desproporción en las últimas décadas ha tenido como resultado el endeudamiento masivo y el cuasi-colapso del propio sistema prestacional del Estado, y ha sido una causa no desdeñable del crash que durante más de una década seguimos sufriendo), y por tanto, para evitar revueltas sociales de índole incalculable como resultado del reconocimiento de dicha incapacidad pública para satisfacer las pretensiones, muchas de ellas concupiscentes e inmorales, de la sociedad, es necesario asegurar al máximo una tendencia positiva en la recaudación fiscal.

¿Y cómo se hace esto? (o cómo se ha estado haciendo hasta ahora): sencillamente aplicando medida económicas de corte neoliberal, especialmente aquellas que obscenamente se denominan por los liberales “ de flexibilización del mercado laboral”, teoría que curiosamente tiende a traducirse en una precarización sistemática de las condiciones laborales de los trabajadores. De esa manera, se incrementan los beneficios de las grandes corporaciones (que son las que más cantidad de puestos de trabajo atesoran), y se puede seguir sosteniendo con sus impuestos esa orgía de pretensiones vomitivas. Al tiempo, el incremento de los beneficios empresariales permite suavizar su marco fiscal, atrayendo así inversión exterior, y realimentando la recaudación.

Esto por un lado. Por otro, la estrategia consiste en tensionar, al límite pero progresivamente, es decir, sin que se note mucho, las prestaciones clásicas del Estado social (básicamente, sanidad, educación y pensiones), con la maquiavélica idea de que el ciudadano valorará más las nuevas “prestaciones” por el mero hecho de ser nuevas y de generar placeres más deleznables. Hablando en plata: que para que usted, trabajador de a pie, pueda hacer  de su bragueta el uso que le plazca, a expensas del Estado, debe pagar el precio de trabajar más por menos, y que se le pueda despedir más barato, renunciar a una parte de su jubilación pública, o hacer más colas en su centro de salud público. En definitiva, hipotecar su salud y su futuro material y moral, por la complacencia de los “servicios” gestionados por un Estado que se ha convertido en un negocio de proxenetismo social de ingentes dimensiones. En definitiva: un Estado de billetera en la derecha y bragueta que la propia billetera ha colocado en la izquierda.

jueves, 27 de abril de 2017

JULIANO  EL APÓSTATA, O EL N.O.M DEL SIGLO IV

Javier de Miguel

En el año 361 sube al trono del Imperio Romano, el emperador Juliano, llamado el apóstata, sincretista de apariencia cristiana, tristemente conocido por ser el innovador de los métodos de persecución contra los cristianos. Así, San Gregorio Nacianceno designa su breve campaña persecutoria como la más cruel de las persecuciones. Sin embargo, los martirios no fueron tan frecuentes como en otras persecuciones. ¿Qué fue, pues, lo que diferenció los métodos del Apóstata de otras campañas persecutorias?.
Tal como explica García Villoslada en su Historia de la Iglesia, su afán por restablecer el paganismo en el Imperio se canalizó a través de medidas mayoritariamente legislativas, que tenían por objeto matar el alma de los cristianos, en lugar de matar su cuerpo. Cierto es que todo martirio corporal va precedido de un ofrecimiento de apostasía, y por tanto, siempre lleva implícita la posibilidad de matar el alma. Pero el bajo número de los denominados lapsi (cristianos que apostatan para salvar su vida o sus posesiones), y la extensión milagrosa del cristianismo por el Imperio pese a la crueldad de las persecuciones previas, ponían de manifiesto la ineficacia y el carácter contraproducente del martirio corporal. Juliano tenía claro que debía ahogar moral y culturalmente el cristianismo si pretendía su destrucción. Criterio que, como iremos viendo, bien astutamente comparte con el mundialismo anticristiano germinado tras la Revolución Francesa.
Su primera medida fue, explica Villoslada, “conceder amplia libertad a las sectas cristianas”, bajo el pretexto de una “tolerancia universal e igualdad absoluta para todas las religiones, sin preferencia ninguna”, incluso favoreciendo notoriamente a arrianos y judíos. Encontramos aquí un primer paralelismo con las políticas actuales de indiferencia religiosa, denominada por Gregorio XVI “la mayor y más mortífera peste para la sociedad”. Queda de manifiesto la falacia de quienes pretenden convencer al mundo, católicos conservadores incluidos, de que equiparar las falsas religiones a la verdadera Religión, no es más que un acto de concesión benevolente hacia estas últimas, y que en nada afecta esto al status quo de la Religión Católica. Villoslada habla precisamente de la gran confusión doctrinal que generó esta medida, por cuanto amalgamó la verdad con el error, confundiendo seguramente a miles de almas cristianas y provocando a buen seguro, una apostasía silenciosa, muy similar a la que podemos contemplar hoy en muchas parroquias y sedes episcopales.
La segunda medida, vinculada a la anterior, y de nuevo bajo el falso pretexto de la uniformidad religiosa, fue privar de todos los privilegios legales a los cristianos, especialmente al clero y a los obispos. En un Imperio ya mayoritariamente cristiano, se pretendió, tal como se pretende, y lamentablemente se está consiguiendo hoy, desoír la fe mayoritaria de la sociedad romana, para introducir con calzador el paganismo so pretexto de constituir la esencia histórica del Imperio, es decir, como signo de autenticidad. Argumento tan falaz como el de quien dijera que volver a las idolatrías ibéricas o celtas fuese señal de hispanismo.
La tercera medida, más cruel si cabe, fue aislar a la escuela cristiana, privándola del uso de los clásicos paganos, a fin, cuenta Villoslada, “de que quedaran los cristianos sin instrucción, o se vieran obligados a acudir a los maestros gentiles”. Nada que envidiar a las políticas actuales de retirada de fondos públicos a la escuela religiosa y a la asignatura de religión en la escuela pública, a fin de que el cristiano quede inerme ante las perversas ideologías inoculadas en la denominada escuela pública y laica, que no es más que la representación hodierna de los maestros gentiles del siglo XXI.
Tras esto, no podemos obviar preguntarnos quiénes son los Julianos del siglo XXI: ¿son los gobernantes inspirados y sostenidos por las ideologías mundialistas masónicas y anticristianas? Desde luego. ¿Lo son quienes emplean los medios educativos para corromper la infancia y la juventud? Sin duda. ¿Lo son los miembros del Cuerpo Místico de Cristo que traicionan su Fe introduciendo la herejía en las almas de su grey? También. Por último, ¿lo son aquellos católicos, desde el más humilde fiel, hasta muchos portadores del capelo cardenalicio, llamados vulgarmente conservadores, liberales de menor grado, que, contagiados por el espíritu del mundo, y deseando “abrir las ventanas” al mismo, han creído irreflexiva e irresponsablemente, que la nueva primavera de la Iglesia pasaba por adoptar los mismos principios y lenguaje que sus propios enemigos, desautorizando la Doctrina clásica sobre la unidad y libertad religiosas? Juzgue cada cual.
No fue sino la Providencia quien libró pronto a los cristianos del yugo de Juliano. Hoy sólo la Providencia puede librarnos del nuevo yugo mundialista que azota a los cristianos. La diferencia es que hoy, ese azote se produce bajo la sumisión de gran parte de la Iglesia, que, contagiada de un atípico Síndrome de Estocolmo, dice amén a todo lo que provenga del mundialismo con la falsa creencia de que de esa manera será aceptada, o cuando menos, se la dejará más libre. No es sino una manera vil de rehuir el martirio. Gran parte de la Iglesia de hoy no es sino un lapsi  de dimensiones universales, que necesitará de una fuerte penitencia y purificación. Purificación que comienza en la primera sociedad humana, la familia, y que pasa por hacer frente, educando en la doctrina tradicional de la Iglesia, a las nuevas generaciones. Sólo el testimonio auténticamente cristiano, ayudado de la Providencia, puede girar las tornas. Mientras tanto, cada asentimiento, directo o indirecto a las doctrinas anticristianas, será un nuevo coladero para los Julianos de hoy día.

jueves, 6 de abril de 2017

EL OPTIMISMO COMO CRISTIANISMO MUNDANIZADO

 Javier de Miguel

A menudo se habla de que el cristiano debe caracterizarse por su optimismo. Se justifica esta postura camuflando este concepto dentro de las tradicionales virtudes teologales, fundamentalmente la Fe y la Esperanza. Pero no se parece en nada ni a la una ni a la otra: la Fe es la adhesión a una Verdad revelada, mientras que la Esperanza es la confianza, infundida por Dios, por la que confiamos con plena certeza alcanzar la Vida Eterna y los medios necesarios para ella. Sin embargo, el optimismo se caracteriza por una mera disposición de espíritu que aguarda lo mejor y lo más positivo de todo. Es decir, una actitud relacionada con el estado de ánimo, y no con la vida interior. La Fe y la Esperanza son puntales de la vida cristiana auténtica. Por el contrario, en ningún texto de espiritualidad clásica cristiana se habla del optimismo como tal.

De entrada, valga decir que el optimismo no es ningún don de Dios. El optimismo es una construcción del lenguaje moderno que pretende diseñar un salvavidas en el océano de la nada en que se encuentra la sociedad moderna, y que, en todo caso, y como ha ocurrido con otros conceptos, ha sido asumido por la pastoral moderna. A menudo se encuentra también en filosofías llamadas de coaching y autoayuda, todas ellas de dudosa credibilidad, y que ponen el acento en las sensaciones, los estados de ánimo, y no en el estado del alma.

Lo que el hombre necesita para salvarse son las virtudes humanas y sobrenaturales, y el auxilio de la Gracia. Y esto no incluye la supuesta virtud del “optimismo”. Pero, con todo, puede preguntarse algún católico aggiornado:  ¿qué tendría de malo un “sano optimismo”, que deje salvas las virtudes teologales y la ortodoxia y ortopraxis de los fieles cristianos?

Pues bien: la asunción del modus vivendi “optimista", presenta abundantes riesgos: el primero y más pernicioso, que se difumine la barrera del discernimiento entre el bien y del mal. Pues un optimismo encendido nos puede llevar a  adquirir el vicio de buscar lo bueno donde no lo hay, es decir, en los actos intrínsecamente malos. Por ejemplo, hace poco escuché a un sacerdote que podemos considerar “no-modernista”, decir, ante la frustración de una madre porque su hija vivía en concubinato (no empleó este término, por supuesto), que había que mirar el lado positivo, porque esta situación podía “abrir la puerta” o ser “una preparación” para el matrimonio. Premisa que, aparte de ser refutada en la mayor parte de casos por la realidad, contiene un grave error: aunque ese concubinato acabe en matrimonio, ¿de qué sirve esto, si no existe arrepentimiento de la situación anterior, sino para encadenar sacrilegios, y empeorar la situación de estas personas de cara a su juicio particular?

Otro riesgo del empleo indiscriminado del término “optimismo”, como fundamento de la vida cristiana, es la superstición y el olvido de la necesidad de la Gracia: las cosas se resolverán por si solas, porque sí, porque hay que ser optimistas, y siempre encontraremos el lado positivo por algún lado. Una extraña mezcla con altas dosis de pelagianismo. Señores, lo que hay que buscar, mediante la oración y los Sacramentos,  es comprender y cumplir la voluntad de Dios, y la imitación de Jesucristo, que no fue “optimista” respecto de su Pasión, sino que simplemente la aceptó como voluntad del Padre.  Dios no es optimista ni pesimista, quiere nuestra salvación, y nos la concederá como don inmenso suyo si nosotros queremos, con la ayuda de su Gracia.

El tercer riesgo es que perdamos de vista en qué consiste ese “esperar lo mejor y lo más positivo de todo”, que está inserto en la definición de optimismo que hemos dado al principio. Es decir, tendemos fácilmente a reducir ese “positivismo” a los bienes terrenos, pues no a otra cosa invita esta definición de optimismo. Lo cual redunda en la huida del sufrimiento y la cruz, cosa anticristiana por excelencia.

El optimismo tampoco es el contrapeso a la pesimista antropología protestante, sino que puede llegar a ser su otro extremo: el buenismo. No somos mejores guardianes de la ortodoxia por ser optimistas. Pero sí lo somos en tanto en cuanto somos conscientes de la concupiscencia derivada del pecado original, así como de la redención de Cristo, pensada y querida por Dios para todos, pero rechazada por muchos.

Por último, el propio término “optimista”, como todo “-ismo”, suena a deformidad o huida de la realidad. La realidad, es objetiva, independientemente del juicio que de ella haga cada persona. Por eso, parecería más conveniente emplear el término “realismo”, o mejor, realidad, como actitud para afrontar nuestra vida terrena.

Por último, se puede objetar lo siguiente: ¿no ayuda, el emplear el término “optimismo”, a hacer apostolado, pues los incrédulos apenas entenderán lo que significa la esperanza?.
Craso error. En primer lugar, por la salud del alma de quien así obra creyendo hacer apostolado. La historia reciente de la Iglesia, con sus abusos de los términos “libertad religiosa”, “ecumenismo”, “derechos humanos”, etc, nos demuestra a las claras que se comienza por introducir las palabras para acabar asumiendo los conceptos. Y en segundo lugar, por la salud del alma de la persona catequizada. Para hacer apostolado, no hay que tratar de “bautizar” lo puramente mundano, sino enseñar, de forma asequible pero completa, el misterio de Cristo y su redención, los cuales son ininteligibles sin las virtudes teologales, entre las cuales está la Esperanza, y no el optimismo. 

No hay que decir al incrédulo: “soy cristiano y por eso lo veo todo de color rosa”. A quien realmente busque la verdad, esta aseveración le repugnará. Al incrédulo hay que decirle algo similar a: “yo siempre estoy sereno porque confío en Dios Padre, que siempre quiere lo mejor para mi y mi auténtica felicidad”. Y si esas palabras se traducen en hechos, entonces el apostolado está hecho, y bien hecho, sin subterfugios, sin trucos de magia. Real y realista.


Conclusión: dicho lo anterior, es obvio que la fe cristiana no exige al fiel ser “optimista”, es más, ni siquiera es una actitud recomendable, por no ser en absoluto conciliable con la visión cristiana de la vida terrena.

viernes, 18 de noviembre de 2016

LOS PARIAS DIGITALES

Javier de Miguel

Steve Jobs, Bill Gates, los Reyes de España, el ex - futbolista Raúl González, así como numerosos altos directivos de multinacionales tecnológicas. Cada vez son más las informaciones que nos llegan sobre celebridades que han tomado conciencia de los peligros de exponer a sus hijos demasiado tiempo a las pantallas, bien sea de móviles, tabletas, ordenadores e incluso la propia televisión. Muchos de ellos incluso matriculan a sus hijos en elitistas escuelas que hacen gala de utilizar como método educativo el papel, el bolígrafo y la tiza de toda la vida, y donde no reciben clases de informática hasta la adolescencia.

Sin duda, la ciencia avala estas actitudes, pues son numerosísimos los estudios que alertan sobre los graves peligros que sobre el aprendizaje, el desarrollo cerebral, la personalidad del niño, e incluso su propia integridad física y moral, tiene la exposición significativa a dispositivos electrónicos.

Todo ello ocurre mientras en el mundo paralelo de los mortales, se intensifica la avalancha de la llamada “era digital”, donde los niños adquieren (mejor dicho, sus padres les adquieren) dispositivos electrónicos a edades cada vez más tempranas, y las escuelas normalitas de las ciudades cantan a los cuatro vientos las bondades del aprendizaje electrónico.

Valga lo anterior para introducir la idea de que cada vez es más evidente que las modas no lo son tanto. O, al menos, no lo son para todos. El establishment chic no quiere para sus adorados retoños el pienso compuesto que proporcionan a la chusma las nuevas tecnologías, y prefieren la delicatessen de lo tradicional, el contacto con la naturaleza, la antigua usanza. Muchos de los miembros de ese establishment, al tiempo, se lucran con el comercio masivo de ese rancho, bien sea de los dispositivos, o de su contenido.

Esta situación recuerda claramente a otras ya vividas en el pasado y en el presente: mientras personajes como Fidel Castro han proclamado las bondades del comunismo, ha amasado durante ese tiempo una fortuna superior a la de la Reina de Inglaterra, y al pueblo sólo le ha socializado la miseria. Mientras los teóricos liberales defendían ante las masas de obreros esclavizados por el manchesterismo las maravillas del capitalismo liberal, solamente ellos gozaban de un estatus de vida que permitiese ser mínimamente libre. Mientras se nos vende continuamente que el ciudadano es soberano porque vota de vez en cuando (aunque sea mucho), sólo las oligarquías plutocráticas son realmente soberanas, pues ellas tienen el poder de quitar y poner gobiernos aquí y allá. Mientras las masas aborregadas votan a quienes dicen que han venido para borrar la corrupción, éstos se reparten lo que queda del pastel en corruptelas nepotistas si cabe más obscenas que las de sus predecesores.


Todas las situaciones anteriores tienen un denominador común: el uso de las ideologías como instrumento de dominación social. Y el caso de la era digital no es una excepción: mediante el abuso de dispositivos electrónicos se atonta al personal, y si al hecho de su abuso unimos la concentración de basura que puebla sus contenidos, el atontamiento y adoctrinamiento son dobles. Que un niño de diez años tenga el último modelo de Ipad y se pase horas en las redes sociales es lo más glamouroso, lo más chic, lo más guay. Pero lo visto es que es lo más glamouroso del barrio, lo más chic de la alcantarilla, lo más guay de entre la chusma mundial. Lo glamouroso, lo chic, lo guay de verdad es pertenecer a ese estatus de quienes miran desde la atalaya del desprecio y la indiferencia a esas masas a quienes se pretende adocenar en su propio beneficio. Y los que pertenecen a ese estatus comparten carcajadas mientras disfrutan y recaudan los efectos de socializar la moda digital, que no hacen sino perpetuar su estatus en lo que se ha convertido una auténtica sociedad de castas del siglo XXI. Para los demás, nuestro sino es ser parias digitales, regodearnos  en nuestra propia desgracia, que siendo esclavos nos creamos libres, o en el peor de los casos, seamos felices como esclavos, cumpliéndose así la profecía de Aldous Huxley.

LOS PARIAS DIGITALES

Javier de Miguel

Steve Jobs, Bill Gates, los Reyes de España, el ex - futbolista Raúl González, así como numerosos altos directivos de multinacionales tecnológicas. Cada vez son más las informaciones que nos llegan sobre celebridades que han tomado conciencia de los peligros de exponer a sus hijos demasiado tiempo a las pantallas, bien sea de móviles, tabletas, ordenadores e incluso la propia televisión. Muchos de ellos incluso matriculan a sus hijos en elitistas escuelas que hacen gala de utilizar como método educativo el papel, el bolígrafo y la tiza de toda la vida, y donde no reciben clases de informática hasta la adolescencia.

Sin duda, la ciencia avala estas actitudes, pues son numerosísimos los estudios que alertan sobre los graves peligros que sobre el aprendizaje, el desarrollo cerebral, la personalidad del niño, e incluso su propia integridad física y moral, tiene la exposición significativa a dispositivos electrónicos.

Todo ello ocurre mientras en el mundo paralelo de los mortales, se intensifica la avalancha de la llamada “era digital”, donde los niños adquieren (mejor dicho, sus padres les adquieren) dispositivos electrónicos a edades cada vez más tempranas, y las escuelas normalitas de las ciudades cantan a los cuatro vientos las bondades del aprendizaje electrónico.

Valga lo anterior para introducir la idea de que cada vez es más evidente que las modas no lo son tanto. O, al menos, no lo son para todos. El establishment chic no quiere para sus adorados retoños el pienso compuesto que proporcionan a la chusma las nuevas tecnologías, y prefieren la delicatessen de lo tradicional, el contacto con la naturaleza, la antigua usanza. Muchos de los miembros de ese establishment, al tiempo, se lucran con el comercio masivo de ese rancho, bien sea de los dispositivos, o de su contenido.

Esta situación recuerda claramente a otras ya vividas en el pasado y en el presente: mientras personajes como Fidel Castro han proclamado las bondades del comunismo, ha amasado durante ese tiempo una fortuna superior a la de la Reina de Inglaterra, y al pueblo sólo le ha socializado la miseria. Mientras los teóricos liberales defendían ante las masas de obreros esclavizados por el manchesterismo las maravillas del capitalismo liberal, solamente ellos gozaban de un estatus de vida que permitiese ser mínimamente libre. Mientras se nos vende continuamente que el ciudadano es soberano porque vota de vez en cuando (aunque sea mucho), sólo las oligarquías plutocráticas son realmente soberanas, pues ellas tienen el poder de quitar y poner gobiernos aquí y allá. Mientras las masas aborregadas votan a quienes dicen que han venido para borrar la corrupción, éstos se reparten lo que queda del pastel en corruptelas nepotistas si cabe más obscenas que las de sus predecesores.


Todas las situaciones anteriores tienen un denominador común: el uso de las ideologías como instrumento de dominación social. Y el caso de la era digital no es una excepción: mediante el abuso de dispositivos electrónicos se atonta al personal, y si al hecho de su abuso unimos la concentración de basura que puebla sus contenidos, el atontamiento y adoctrinamiento son dobles. Que un niño de diez años tenga el último modelo de Ipad y se pase horas en las redes sociales es lo más glamouroso, lo más chic, lo más guay. Pero lo visto es que es lo más glamouroso del barrio, lo más chic de la alcantarilla, lo más guay de entre la chusma mundial. Lo glamouroso, lo chic, lo guay de verdad es pertenecer a ese estatus de quienes miran desde la atalaya del desprecio y la indiferencia a esas masas a quienes se pretende adocenar en su propio beneficio. Y los que pertenecen a ese estatus comparten carcajadas mientras disfrutan y recaudan los efectos de socializar la moda digital, que no hacen sino perpetuar su estatus en lo que se ha convertido una auténtica sociedad de castas del siglo XXI. Para los demás, nuestro sino es ser parias digitales, a que nos regodeemos en nuestra propia desgracia, a que siendo esclavos nos creamos libres, o en el peor de los casos, seamos felices como esclavos, cumpliéndose así la profecía de Aldous Huxley.

martes, 18 de octubre de 2016

EL “REFUGIADISMO” Y LOS “REFUGIADÍSIMOS”

Javier de Miguel

Desde que comenzó la crisis de los refugiados, los despachos de arquitectura del Nuevo Orden Mundial, con delegaciones en Nueva York y  Bruselas,  y sus demás burocracias sistémicas y países-satélite, nos azotan mediáticamente con la idea dogmática de que los países deben abrir sus fronteras incondicional e indiscriminadamente a los refugiados que llaman a la puerta de Europa.

Por supuesto, el asunto de los refugiados es un asunto económico. Recordemos que uno de sus principales impulsores, el gurú del mundialismo George Soros, se dedicará a realizar inversiones – siempre filantrópicas y desinteresadas, no vayamos a pensar mal- para facilitar su asentamiento en territorio europeo. Recordemos también que la avalancha de refugiados (que, para el liberalismo económico, en este caso encarnado en la Alemania de Merkel, no es más que un puñado de manos), permite presionar a la baja los salarios de todos los trabajadores nacionales ofreciéndoles trabajos de a un euro la hora a los de fuera, que derivará en no mucho más a los de dentro, so pretexto de que “otros lo hacen más barato”. Tampoco olvidemos que para el comercio de armas, la guerra es un suculento negocio, primero armando terroristas, y después armando a quienes los habrán de combatir. Incluso para quienes desean sofocar los focos de resistencia sistémica, la guerra es una buena estrategia de desestabilización de los territorios a cuyo mando están dirigentes que representan piedras en el zapato  de la globalización político-moral.

Pero no debemos caer en un excesivo pragmatismo, y olvidar que, en esencia, éste también es un tema de índole político-moral, concretamente de ingeniería social. La asunción por parte de las naciones europeas de las masas de inmigración conlleva una necesaria disolución de la cultura europea, antaño católica, también denominada “cristiandad”, luego cainizada por el “herejísimo”, y posteriormente, y como consecuencia de lo anterior, sumida en el más mediocre posmodernismo, hijo bastardo del liberalismo y el marxismo. Pero por si quedaba algún resquicio de ese glorioso pasado, aunque sea en forma de lo que los liberales llaman “cultura cristiana”, abrir fronteras es la gota que colma el vaso de la disolución de las tradiciones locales de los países de “acogida”, por supuesto también las religiosas, y pone en bandeja las políticas uniformistas y homogeneizadoras (que nada tienen que envidiar a las de la Unión Soviética), que pretenden, en el fondo, crear una cultura, moral y religión universales. Su leit motiv: suprimir la cultura, moral y religión tradicionales, y sustituirlas por ese concepto laxo de multiculturalismo, una supuesta moral de mínimos, que es el paradigma del relativismo, y una religión sin Dios, que es lo mismo que una pseudo-religión antropocéntrica donde el hombre es la medida de todas las cosas, y que creyendo dar así satisfacción a las aspiraciones humanas, como mal profetizaba Fukuyama, lo degrada y animaliza, convirtiéndolo en un esclavo feliz de serlo, como bien profetizaba Huxley.

Y todo ello sembrado en el terreno abonado con la libertad de expresión, de imprenta y de cultos que el liberalismo se encargó de arar permite acoger hoy las semillas del mundialismo que está fructificando, con las honrosas excepciones de naciones que están haciendo bascular el centro de gravedad de la civilización hacia el Este de Europa.

También desde las más altas esferas vaticanas, que se han acostumbrado con lamentable frecuencia a navegar de popa al viento de las ideas dominantes, también se nos fustiga, en este caso con el argumento de autoridad, con la idea de que es cuestión de humanidad, de caridad al prójimo, abrir las fronteras, que “construir muros no es cristiano”, etc.

Pues bien, para poner orden este caos, ignorante o interesado, nos puede ser de gran ayuda la teología moral tradicional, concretamente estos dos principios:

-          El bien espiritual, tanto a nivel individual, como nacional, está por encima de las necesidades materiales. Es lícito, es más, es obligatorio, atender primero a las necesidades espirituales de los pueblos, incluso dejar de atender las necesidades materiales de otros, cuando de ello puede derivarse grave peligro para la paz (gran número de terroristas infiltrados entre los refugiados) o el bien espiritual de la nación (disolución de los principios morales y culturales católicos por la entrada de fieles de religiones falsas, como el islam).
-          La práctica de la caridad para con el prójimo no se practica a tontas y a locas, movida por el sentimiento momentáneo, sino que tiene un orden de prioridades señalado por la razón. El motivo es el mismo por el que no es obligación moral amar con igual intensidad al padre que al extraño: el hecho de no estar unidos a nosotros por los mismos lazos. Por este motivo, en igualdad de condiciones, debe tener prioridad el compatriota, que comparte con nosotros el lazo inmaterial de la Patria terrena, respecto del forastero. Es decir, conforme a este criterio moral objetivo, sólo podrán admitirse refugiados cuando haya sido erradicada la miseria que sufre un porcentaje importante de la población nacional, y que además, en el caso de España, presenta una clara tendencia creciente. Lo contrario, aunque aparentemente caritativo, es realmente perverso, pues solamente contribuye a expandir la miseria y a dar un mensaje engañoso a quien cree que en el extranjero puede mejorar sus condiciones de vida. Y, desde luego, raya lo humillante cuando a esa inversión de prioridades se la sazona con la figura del “refugiadísimo”, aquel de quien millones de compatriotas que no llegan a fin de mes han de soportar el escándalo de la verborrea mediática, unida su derecho automático a gozar del sistema público de bienestar, del que no puede predicarse precisamente una especial solvencia.
La verdadera caridad, y la justicia que se deriva de ella, se practican promoviendo la paz en origen, y no promoviendo la guerra de parte de las potencias occidentales por motivos únicamente geoestratégicos, al tiempo que se lucran con el comercio de armas. Ellos son los únicos responsables morales del devenir de esta situación, y no aquellos quienes defienden poner límites objetivos (y no sólo cuantitativos) a la avalancha migratoria.
Pues bien, esto, que es lo que nuestra Madre y Maestra ha enseñado durante siglos, es lo que ahora parece haber olvidado, mientras el mundo nihilista, al alimón moralizante e inmoral, suelta lágrimas de cocodrilo teñidas de mundialismo.



sábado, 4 de junio de 2016

¿EL HUEVO O LA GALLINA?


Por Javier de Miguel.

Hay que reconocerlo: desde que la Iglesia fue apeada por la fuerza de su papel de luz del orden social, y desde que la Iglesia apeó de su propio seno la idea de la realeza social de Jesucristo como realidad tangible y verosímil, la propia Iglesia anda como pollo sin cabeza tratando de dar la vuelta a la depravación moral que cada vez con más fuerza atiza a las sociedades occidentales, así como al desvío doctrinal que devora muchas de sus instancias.

Ante este escenario, según algunos, absolutamente inédito en los dos milenios de la historia de la Iglesia, abundan las propuestas innovadoras, supuestamente adaptadas a “los signos de los tiempos”. Por ejemplo, desde los entornos conservadores se defiende que el Evangelio debe inculturarse esencialmente y prácticamente en exclusiva a través del testimonio de los cristianos ante el mundo: el cristiano debe estar lo más imbuido en el mundo, y ocupar puestos de relevancia para influir con su pensamiento en la opinión pública y sacudir las conciencias, a fin de que, poco a poco y por este método, la sociedad vaya re-encaminándose, y con ella, las demandas sociales que desemboquen democráticamente en nuevas legislaciones más acordes con la moral y la razón natural.

Parte de esta estrategia consiste en servirse de aquellos aspectos de la modernidad que se consideran buenos o moralmente neutrales, para emplearlos como brazo de palanca de la gigantesca sartén cuya tortilla se pretende voltear. Habría que aspirar, pues, a una “sana democracia”; un “sano capitalismo”, una “sana laicidad”, donde realmente la moral cristiana tendría cabida y sería posible un vuelco. Las estructuras no serían el problema, sino tan sólo el uso que de ellas se hace. Todo es cristianizable, todo es “bautizable”.

De paso, estos sectores, aprovechan para reivindicar una mínima intervención estatal, bajo el pretexto de que un Estado pervertido debe intervenir lo mínimo en la vida de las personas, lo cual es cierto, pero sólo totalmente cierto si partimos de la base de que no puede aspirarse más que a un Estado pervertido. No obstante, piensan que cuando la sociedad cambie su paradigma, también la legislación lo cambiará, llegándose a ese ideal poco menos que fantasmagórico: contra la degeneración del sistema político, “sana democracia”; contra la explotación laboral y la avaricia, “sano capitalismo”, contra el laicismo radical y la persecución de lo religioso, “sana laicidad”. La Iglesia habría, por fin, encontrado su sitio y su  hábitat adecuado en el mundo moderno.


Pues no. No hay sana democracia porque la democracia lleva ínsita la degeneración del sistema político; no hay sano capitalismo porque la explotación laboral y la avaricia son las bases del capitalismo; y no hay sana laicidad, porque el afán por separar estancamente las esferas civil y religiosa es la raíz del laicismo radical y la persecución religiosa. Y ni este concepto de sana democracia prevé el abandono total del principio democrático como fundamento del orden social; ni el concepto de sano capitalismo prevé el abandono de las tesis liberales; ni el concepto de sana laicidad prevé que la Iglesia sea la luz de los Estados.

Esta corriente se opone a toda transpiración política de la cosmovisión cristiana, calificándola de clerical, y considera que son exclusivamente los cristianos, al margen de toda organización política confesional, quienes deben ejercer el papel de “santa levadura” en una sociedad laica, bendecida por ellos como tal, con la base de la simple libertad de predicación, sin renunciar a las bases liberales de la misma.

Pero más allá de la teoría, hay además una evidencia práctica demoledora: pensar que el mero empuje de unos cuantos bienintencionados católicos es suficiente para vencer la enquistada jerarquía partitocrática, plutocrática y oligárquica es poco menos que una utopía: quien piense diferente, directamente será eliminado del mapa, con el amparo de la ley, o sin él. Lo cual no quiere decir en absoluto que el testimonio, individual o colectivo, de los cristianos, carezca de valor. El mejor predicador es Fray ejemplo, pero esto también se aplica a las instituciones políticas. Quien cree que todo ha de venir de la sociedad civil ignora o desprecia el papel de la política en la ordenación de la sociedad al bien común, manifestando un liberalismo más o menos larvado.


Coloquialmente, cuando de entre dos hechos, no se distingue con claridad cuál es causa del otro, se dice que no se sabe  qué es primero, si el huevo o la gallina. Aquí la cuestión sería similar: ¿qué es primero, la “santa levadura”, o el “santo horno” que haga fermentar esa levadura? Desde luego, y en la práctica, ninguno de los dos puede prescindir del otro. Pero también desde el punto de vista de la teoría política cristiana clásica, se nos avisa de que una sociedad difícilmente puede convertirse mientras subsista una la estructura de pecado de dimensiones tan desproporcionadas como ocurre en la actualidad. En otras palabras, mientras la legislación emanada del Parlamento partitocrático pisotee la razón y la ley natural con el consenso general; mientras el Estado siga regando con subvenciones los lobbys y medios de comunicación difusores de causas inmorales; mientras la educación estatalizada siga siendo un catalizador de la inmoralidad; mientras se niegue desde las instituciones el valor sagrado de la familia y se legisle para su destrucción; mientras se relegue el hecho religioso al ámbito de las alcobas y las sacristías; mientras se impida al creyente ejercer su profesión y vivir civilmente en plena coherencia con su fe; mientras se arrincone la autoridad moral de la Iglesia; mientras se fomente el consumismo y materialismo capitalistas….. la santa levadura seguirá siendo eso mismo: levadura, pero estéril, porque le faltará su reactivo: el “santo horno”, que es la envoltura que ha de generar las condiciones para que la levadura fermente. 

sábado, 19 de diciembre de 2015

CLERICALISMOS

Por Javier de Miguel

Hoy en día abunda en muchos católicos una especial afición hacia el recorte de los derechos de la Iglesia sobre el mundo. Amparados en los peligros del clericalismo, hacen todo lo posible por desactivar los resortes doctrinales que puedan poner en tela de juicio los grandes movimientos económicos, sociales o políticos imperantes, bajo argumento de que la Iglesia no debe inmiscuirse en los asuntos temporales. Sería esta la fotografía del católico aggiornado.
El peligro del clericalismo existe y es real, pero no consiste en lo que los aggiornados temen. El verdadero clericalismo consiste en la intromisión de la Iglesia en lo que respecta a la vertiente técnica de los aspectos temporales, pero nunca en el enjuiciamiento moral de las políticas económicas, sociales o incluso generales.
Por el contrario, esta concepción desviada del clericalismo ha desembocado en otro tipo de clericalismo, en este caso una suerte de clericalismo inverso, de acuerdo con el cual, una vez acalladas las voces de la Iglesia en materia temporal, y reducida su pastoral al ámbito de lo puramente espiritual, es el mundo el que crea la doctrina, y la Iglesia, quien la acoge, adaptando su lenguaje a las categorías mundanas.
Así, por ejemplo, se busca la convergencia, que obviamente solamente se dará en el plano nominal, entre cierta terminología moderna con principios católicos clásicos. Por ejemplo, si la Revolución Francesa se inspiró en “Libertad, igualdad y fraternidad”, entonces la Revolución Francesa puede entroncarse con la doctrina católica; si el capitalismo liberal habla de libertad de iniciativa y derecho a la propiedad privada, entonces el capitalismo liberal es compatible con la doctrina católica; si los organismos supranacionales hablan de solidaridad, defensa de la mujer y lucha contra el cambio climático, se ve en estos conceptos un trasunto de los principios cristianos de caridad, dignidad de la mujer y cuidado de la Creación.
Por tanto, en el clericalismo inverso, la Iglesia se autolimita su papel al de mero animador que “bautiza” a diestro y siniestro cuanto de biensonante (aunque sea maloliente) existe en las categorías del lenguaje moderno. Y además, para más escándalo, a la Iglesia no sólo la quieren apartar los de fuera, sino los de dentro, convirtiéndose en una de las pocas instituciones que se ha propuesto como objetivo (quiero pensar que inintencionado) su autodestrucción.


domingo, 1 de noviembre de 2015

MORAL Y MORALES


Por Javier de Miguel

Hace no mucho cayó en mis manos una breve obra del P. Juan Luis Lorda, llamado "Moral. El arte de vivir". La obra, sencilla en cuanto a contenido, ofrece un enfoque apologético interesante, de aquellos que, sin aportar grandes novedades al lector formado, sí le ofrece argumentos que presentar ante el público general.

Merece ser destacada la claridad con la que tumba las falsas concepciones de moral que presiden el mundo moderno, aquellas que tantas veces nos vienen a la cabeza, y que experimentamos a través de nuestras relaciones con los demás, pero que casi nunca tenemos ocasión de sistematizar, cuando, si nos paramos a pensar, son fácilmente encasillables en tópicos manidos y hediondos, y que podríamos resumir en:

1. La intención basta.

No. La intención no basta. La intención debe ser recta, pero es la virtud es la que canaliza la moralidad. No basta pretender ser bueno, o hacer algo bueno, si:
a) se emplean medios perversos;
b) el resultado de la acción es malo por falta de virtud de quien ejecuta la acción, bien sea debida esta última a la ignorancia (falta de formación sobre la ley moral) o la debilidad (falta de fortaleza para enlazar entendimiento, voluntad y acción).
Por supuesto, una falta de rectitud de intención no avala un resultado bueno, pues entonces es en muchos casos la casualidad la que interactúa exclusivamente, y no la libertad. Pero eso tampoco afirma la soberanía de la intención para el juicio moral. 
Esto también nos enseña que al hombre no le alcanza con sus solas fuerzas para actuar moralmente, sino que necesita de la Gracia. Cualquier intento de divinizar la voluntad puramente humana del hombre no es sólo vano, sino contraproducente


2. "No hago daño a nadie".

Lo inmoral es aquello que envilece al hombre, sin que necesariamente deba derivarse un mal para el prójimo. El daño que se pueda hacer al otro no es más que una consecuencia de ese envilecimiento, que muchas veces es velado o autocomplacido. De hecho, una de las habilidades más hipertrofiadas, por practicadas, de la manera de razonar moderna es la inmensa capacidad de autojustificar conductas intrínsecamente perversas, sobre todo si de ellas no se deriva un mal evidente (aunque el umbral de evidencia de ese mal, lógicamente, va en caída libre, por la degradación de la vida moral, como demuestra, por ejemnplo, la mentalidad abortista). La automplacencia, pues, es el deporte nacional,  y el "no hacer daño a nadie", uno de sus recursos más empleados.

Ni que decir tiene que desde un punto de vista católico, la cuestión es aún más evidente: es inmoral todo lo que es contrario a naturaleza del hombre, por cuanto contradice la voluntad del Criador respecto del hombre, y por ello, Le ofende. Por tanto, para un cristiano el "no hacer daño a nadie" ni siquiera es factible, pues toda conducta inmoral hace daño a alguien, y ese "alguien" siempre incluye a Dios..


3. La conciencia

Me atrevería a decir que, junto con "libertad" y "amor", es el uno de los términos más desollados de la modernidad. La conciencia es sagrada, dicen: ahora bien, no es patente de corso para legitimar la actuación humana. Cuando alberga el error,  es deber de los demás corregir, no la conciencia, que puede estar irremisiblemente deformada, y que no se puede corregir sin la cooperación del sujeto, sino los actos que se derivan de esa conciencia.

A menudo, cuando se utilizan, incluso las palabras de "Veritatis Esplendor", que define la conciencia como "el sagrario de la persona", a menudo se hace para legitimar que cualquier decisión, si es tomada en conciencia, es válida. Lo cual nos lleva al absurdo de que dos decisiones moralmente opuestas (por ejemplo, abortar, o salvar la vida a un feto a punto de ser abortado), si son tomadas en conciencia, serán igualmente válidas. Es decir, estamos de lleno sumergidos en el relativismo e indiferentismo. La moral objetiva ha desaparecido y ha sido suplantada por la conciencia autónoma, donde quien habla a la conciencia no es Dios sino el propio hombre, fuente y fundamento de una moralidad que ya no es tal. Sólo Dios tiene derecho a hablar a la conciencia, que debe estar bien formada para recibir esa voz, y tiene la obligación de obedecerla.

Como dice el Catecismo:

1785 En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es preciso también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia 
1786 Ante la necesidad de decidir moralmente, la conciencia puede formular un juicio recto de acuerdo con la razón y con la ley divina, o al contrario un juicio erróneo que se aleja de ellas.
1787 El hombre se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen el juicio moral menos seguro, y la decisión difícil. Pero debe buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios expresada en la ley divina.

Cosa distinta es que no se pueda, por imposible, forzar a alguien a entender la maldad de algo que entiende como bueno., si esa persona tiene la conciencia deformada y es incapaz de percibir la verdad de las cosas. Pero no valida su decisión ni su pensamiento, y desde luego, si éstos tienen repercusiones sociales, la cura del bien común debe prevalecer impidiendo al sujeto actuar conforme a su "conciencia".

4. El ámbito de lo opinable:

La verdad es extrínseca al conocimiento, lo cual no quiere decir que no posamos alcanzarla por la vía de la razón y la fe. La esencia de las cosas se mantiene al margen de nuestras opiniones, luego no todas son igualmente válidas, sino tan sólo las que se ciñen a la verdad, y en el campo de la moral, a la verdad sobre el hombre. Esto, lógicamente, implica una censura del nominalismo, germen del indiferentismo moderno, y que parte de la base de la imposibilidad por el hombre de acceder a la esencia de las cosas, de manera que las diferencias entre las cosas se determinan por una simple cuestión nominal, es decir, de nombre. Queda, pues, la puerta abierta, a llamar al mal bien, y al bien, mal. Queda, por tanto, bajo este prisma, la moral finiquitada, al no poderse llegar a conclusiones objetivas sobre moralidad más allá de las convenciones o la utilidad social del momento.

5. Un ideal inalcanzable

Una buena parte el pensamiento moderno, incluso el eclesiástico, se ha plegado a la tentadora idea de que en un mundo donde la percepción del bien y del mal está severamente erosionada, los cánones de la moralidad no deben exigirse con la misma intensidad, o al menos, no a todos, pues existiría una imposibilidad generalizada de actuar de manera moralmente distinta en determinados ámbitos.

Por ello, la solución sería ir rebajando las exigencias morales a las meras capacidades humanas de cada contexto social, de manera que se aceptaría que sociedades más decadentes tuviesen un estándar moral inferior. De manera que el umbral de la heroicidad se va degradando, hasta llegar al absurdo punto (del cual no nos encontramos lejos hoy) de que el simple hecho de abandonar el propio egoísmo (presupuesto básico de la acción moral) sería ya una heroicidad. En este punto, el camino regresivo hacia la animalidad se habría ya recorrido por completo, pero con un agravante: la persona sigue siendo persona, aunque se comporte como un animal. Las consecuencias, pues, de pensar y vivir conforme a lo que no se es, o simplemente por debajo de lo que se es, son ya de por sí horrendas.


Evidentemente, el trasfondo de tales falsedades, como pone de manifiesto el P. Lorda, es la deformación del concepto "moral" y su sustitución por sucedáneos buenistas, laxos y acomodaticios. Según los fundamentos anteriores, la moral ya no es más "el arte de vivir las personas conforme a su naturaleza", y como consecuencia:

A) Si no hay naturaleza, no puede haber moral. Lo que en términos modernos se llama "moral" (o morales, porque no se acepta la existencia de una sola), no es más que la autonomía absoluta del sujeto endiosado, libre de decidir el bien y el mal.

B) Nada merece objetivamente un trato superior al dispensado hacia uno mismo: las personas son iguales (en la práctica, no todas, piénsese, por ejemplo, en los bebés abortados) y por tanto existe un trato de equidistancia entre ellas, pero nunca una mirada hacia un ser superior, un criador. La moral se circunscribe al ámbito de lo que puede ser socialmente perjudicial si se generaliza, pero no a lo intrínsecamente malo. Si no hay creador, aunque asumiéramos que existe naturaleza, no hay razón para respetarla. 

C) La falta de referencia a un creador se materializa en sucedáneos que llegan a ponerse en plano de igualdad, e incluso superioridad, respecto del hombre, ciertas categorías en base a criterios de utilidad o consciencia (piénsese, por ejemplo, en los llamados "derechos de los animales", el "proyecto gran simio" o la idolatrización de "Gaia", las diosa tierra)

D) El resultado último de todo lo anterior es la animalización del hombre, su degradación. Creyendo que ha matado a Dios, se ha degenerado a sí mismo, haciéndose más vil y primario: negándose a sí mismo, pero no en el sentido evangélico, sino en el sentido ontológico.


viernes, 5 de agosto de 2011

DESPEDIDA




Apreciados lectores,

Han sido algo más de dos años de vida lo que ha contado el presente blog: dos años en que han visto la luz una treintena de artículos y casi otros tantos enlaces a otros documentos o noticias, cuyo denominador común ha sido el describir y dar a conocer los principales rasgos de las ideologías revolucionarias que amenazan a nuestras sociedades.

Desde el principio he intentado que la sucesión de publicación de los artículos no respondiese necesariamente a criterios de orden puramente lógico, sino más bien ir presentando cada tema de manera independiente en un artículo, para que el lector pudiera ir interiorizando el mensaje a base de la lectura sucesiva de los mismos, sin necesidad de presentar un cúmulo de definiciones conceptuales abstractas, sino que él mismo pudiera inducir el significado de los conceptos a base de contextualizarlos en las diversas ocasiones en que eran tratados. Aunque lo tendrán que juzgar los lectores, pienso que es un buen sistema para interiorizar conceptos complejos sin tener que recurrir a técnicas memorísticas que, a la larga, vacían la comprensión de los conceptos, para conservar únicamente su definición formal.

(Es más, creo que de esta manera se deberían impartir muchas materias en la escuela y la universidad, si se quiere que la educación sea algo más que un sistema de almacenamiento de información en el cerebro de los alumnos. No se equivoquen: no estoy en contra de que, por ejemplo, en la asignatura de historia se aprenda de memoria la fecha del descubrimiento de América; lo que pretendo decir es que para comprender lo que realmente significó el descubrimiento de América, se necesita algo más que saber su fecha. Lo mismo ocurre con cualquier hecho complejo, como es el estudio de la revolución).

Durante la vida de este blog, muchas y variopintas han sido mis fuentes de inspiración. Parece mentira, pero cierto es, que cuanto más se profundiza en un tema, mas detalles de la vida diaria aparecen como sugerentes para continuar con esa profundización. No obstante, y por lo que respecta a este tema, tengo que confesar que lo he tenido relativamente fácil: basta con consultar cualquiera (repito, cualquiera) de los medios de comunicación españoles de gran alcance para sentir la tentación de ponerse teclado en mano. Y cuando uno cree que ya ha redactado lo suficiente como para ofrecer trazos básicos del tema en cuestión, siempre aparece algo que proporciona un nuevo matiz, enfoque o concepto a añadir, siempre con el mismo trasfondo, pero a la vez siempre con una vertiente novedosa. Es lo que tiene la revolución: constante en el fondo, variable en las formas: todo diferente y, al mismo tiempo, todo igual.

Antes de sumergirme en las procelosas aguas de los estudios jurídicos, motivo de que hoy esté escribiendo estas líneas, quisiera despedirme y agradecer a todos aquellos que, directa o indirectamente han participado de este blog, ya sea a través de sus comentarios o reseñas, o mediante la difusión de su contenido en la red. Espero haber ayudado a despertar alguna conciencia o, por lo menos, haber dado lugar a la reflexión o al debate. Y a quienes haya escandalizado algún contenido, sólo les puedo ofrecer mis deseos de que puedan reponerse de su indignación con prontitud.

Yo he disfrutado mucho: espero que ustedes también.

Javier de Miguel

viernes, 8 de julio de 2011

EL REALISMO ANTROPOLÓGICO: UN ANTÍDOTO CONTRA LA REVOLUCIÓN

Por Javier de Miguel

Hace algún tiempo hablamos del problema de las ideologías: explicamos que una ideología era una metonimia filosófica, en la cual la complejidad antropológica del hombre es reducida y simplificada e identificada con uno o, a lo sumo, un puñado de aspectos o conceptos. Por este motivo, concluimos entonces que toda ideología era rechazable en la medida en que no respondía a la verdad sobre la persona, y, si bien cabe establecer distinciones, pues unas ideologías pueden ser más perniciosas en función del principio antropológico que violen, no significa por ello que deban ser objeto de beneplácito o de indulgencia, y mucho menos de carta blanca por ser menos dañinas que otras padecidas con anterioridad. La verdad humana tiene que defenderse a la luz de la recta razón, y no a la luz de una graduación de balances coste-beneficio.

La censura de las desviaciones antropológicas de las diversas ideologías ha sido una constante en la Doctrina Social de la Iglesia. Valga, en este sentido, la clasificación implícita que realiza León XIII en su encíclica Rerum Novarum de los factores que conducen al ilusionismo antropológico que funciona como caldo de cultivo de las ideologías (omito acompañar el término ideología de ningún adjetivo, pues con la definición introducida en este y otros artículos, el concepto queda sobradamente adjetivado), pudiéndose, éstos y otros, resumir éstas de la siguiente manera:

1) El hombre no es una criatura
(lo cual exigiría la existencia de un creador), sino que es fruto de la casualidad cósmica, de la conjunción de una serie cuasi-infinita de magnitudes y leyes físicas y químicas que han permitido la creación de un planeta donde no sólo su vida, sino la de todos otros aquellos seres que necesita para sobrevivir, ha permitido una evolución que nos haya llevado hasta nuestros días. Una afirmación cuya censura resulta toda una obscenidad para aquellos quienes haciéndose llamar científicos, nos permiten parafrasear a San Pablo, pues creyéndose sabios caen en la necedad de preferir la anterior tesis, que aquella que postula la existencia de un Dios creador, mucho más razonable en términos ya no religiosos, sino solamente probabilísticos, sólo porque esta manera de razonar no encaja en la cuadrícula de su “infalible” metodología.

Más allá de las especulaciones de carácter científico, la implicación que tiene esta concepción materialista del ser humano, es que el ser humano sólo existe en su magnitud material, es decir, no se puede esperar de su comportamiento más que el resultado de reacciones químico-neurológicas, siempre constatables o susceptibles de ser constatadas científicamente. Nada, por tanto, hay en el ser humano, que escape a lo meramente biológico, y en ese sentido, es absurdo buscar cualquier rastro de ley moral exógena.

2) El hombre es bueno por naturaleza: es probablemente el error antropológico más difundido entre la opinión pública, quizá porque es el que más halaga la vanidad humana, cosa que en sí ya es argumento suficiente para refutar su tesis, al mismo tiempo que, ante la flagrante evidencia en contrario, alega que es el contacto social lo que lo pervierte. Estas dos afirmaciones conllevan a concluir que el hombre por sí solo se basta para alcanzar la felicidad (aun si conservamos la acepción realista de felicidad). Y, por coherencia con lo anterior, este “por sí solo” excluye no solamente la relación con los demás, sino también la relación con ese Dios del cual es una locura hablar.

3) El sufrimiento puede ser eliminado del panorama humano: habiendo expuesto las dos anteriores tesis, no nos debe repugnar que el problema del sufrimiento sea un auténtico escollo en la naturaleza humana. Si nos hemos dado a nosotros mismos; si nos bastamos a nosotros mismos para ser felices, ¿por qué el sufrimiento? Es algo externo, que nos viene dado, o incluso que incubamos dentro de nosotros mismos por causas más o menos graves. Con independencia del carácter sobrenatural que pueda darse al sufrimiento, cosa impensable de acuerdo con las tesis anteriores, no deja de sorprenderme la necedad y la insensatez, después de miles de años de historia humana, de seguir afirmando que es posible suprimir totalmente el sufrimiento humano, más aún cuando las vías históricamente propuestas han tenido siempre propensión a la restricción de las libertades humanas básicas.

4) Las creencias religiosas son opiniones, igual que las disquisiciones sobre la moralidad de los actos: dado el hecho de que el hombre no es criatura, que se basta por sí sólo, pero que ha de luchar contra el sufrimiento, el fenómeno religioso se considera como un factor puramente sociológico, y no inserto en la naturaleza humana (¿cuál naturaleza?), que se despierta, por causas aún no esclarecidas empíricamente, en ciertas personas, como medio de auto-ayuda para sus propias vidas. La fe, por tanto, deja de entenderse como la adhesión a una verdad revelada, sino como una mera creencia, una opinión, muy loable siempre y cuando no proponga verdades absolutas, y se equipara al ámbito de las propias ideologías: unos creen, otros no; unos creen en Dios Uno y Trino, otros en el dios de la lluvia, pero no dejan de ser fábulas, invenciones y auto-sugestiones optimistas con el único objeto de sedar el pensamiento hasta que la ciencia (es decir, el propio hombre) pueda ofrecer explicación a lo científicamente inexplicable.

5) Es posible el progreso sine fine:acabamos de introducir el papel de la ciencia en el mundo de las ideologías. La gran esperanza de la humanidad ideologizada es el progreso científico y técnico. En base a una errónea concepción de libertad, se piensa que el hombre será más feliz en tanto en cuanto sea capaz de liberarse de las ataduras de las que la aleatoria naturaleza le ha provisto, y que no son de su agrado. El hombre podría así alcanzar un día su liberación absoluta y entonces habría llegado el fin de la historia, entendiendo ésta como el proceso evolutivo de lucha del hombre contra su propia naturaleza, es decir, contra si mismo.

No hemos mencionado, a propósito, ninguna ideología, pero estoy seguro de que a cualquier lector le habrá venido a la cabeza un porcentaje muy elevado de todos los regímenes opresores, destructivos y sanguinarios que en algún momento han gobernado alguna parte del planeta. El problema es claro: el denominador común de todas estas desviaciones es la idea de que el hombre es dios. Y no exagero: éste es el principal peligro que acecha hoy a la humanidad. Por ello, el remedio ha de ser la voluntad de empezar a entender de una vez por todas qué es el hombre, de conocernos a nosotros mismos con realista voluntad de resolver los problemas, no de cerrar los ojos y jugar a imaginar una humanidad formada por no-personas. Esto es el realismo antropológico: saber qué es el hombre y qué consecuencias tiene ser como es. Y que mejor manera para conocer nuestro manual de instrucciones que pedirlo a nuestro “fabricante”. Muchos lo pidieron antes que nosotros. Transcrito está: pero como el primer paso del hombre hacia el mal fue la soberbia, quizá el primer paso para su redención sea la humildad.

martes, 7 de junio de 2011

LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y PENSAMIENTO: UN POSTULADO REVOLUCIONARIO, SÓLO EN TEORÍA

Por Javier de Miguel

A buen seguro que el lector condicionado ideológicamente por la pandemia revolucionaria demandará fuertes y poderosas razones que fundamenten el título del presente artículo. Y yo le aplaudiré y agradeceré por su exigencia: la capacidad crítica es una de las aptitudes de la razón que con mayor vehemencia ha sido y es atacada por el pensamiento revolucionario, y el sólo hecho de usarla ya es indicio de que todavía queda en él un reducto de lo que coloquialmente se denomina sentido común, que no es otra cosa que ese fuero interno de la persona que reclama que todo aquello que se diga o haga no quede por debajo del estándar de la racionalidad humana.

Hecha esta breve introducción, nos centraremos en satisfacer la demanda de este bienintencionado lector que, sin duda de buena fe, pensará que conceptos tan aparentemente progresistas y positivos como la libertad de expresión y pensamiento son siempre y en todo caso plausibles y dignos de ser fomentados socialmente, y que, por supuesto, las democracias contemporáneas son su adalid, al mismo tiempo que nunca podrán mutar para convertirse en negación de sus propios postulados.

Quien así piensa ignora, por un lado, el fundamento de la verdadera libertad de pensamiento y expresión, y por otro, que el código genético de los sistemas democrático-revolucionarios es incompatible incluso con la mejor de las acepciones que de estos conceptos seamos capaces de enunciar. Aunque pueda parecer incoherente, comenzaremos exponiendo esta incompatibilidad, para luego pasar a definir lo que se entiende, a la luz de la razón, por libertad de pensamiento y expresión. Por tanto, y hasta que introduzcamos dicha definición, partiremos a conciencia de una falsa, que es la que a muchos viene a la cabeza por el mero hecho de mencionar dichos conceptos, a saber, que el pensamiento y la expresión del mismo puede, y debe, tener una proyección social ilimitada, y su difusión no ha de contar con ninguna cortapisa legal, en tanto que, de lo contrario, se estaría atentando contra la misma dignidad humana.

Como hemos anticipado, sobre esta premisa falsa se construiría otra, también falsa, según la cual, las ideologías revolucionarias no sólo son las grandes protectoras de estos magnos derechos, sino que poseen el privilegio natural de su monopolio, de manera que, quien no comulgue con ellas, es al mismo tiempo un detractor de todas las patentes de corso que se han auto-arrogado. Pues bien, sin denunciar todavía la falsedad de la primera de las premisas, estamos en condiciones de evidenciar la de la segunda. Basta solamente pararse a pensar cómo trata el sistema a todos aquellos que tienen la osadía de poner en duda a quienes, libremente, piensan y manifiestan su pensamiento en términos contrarios a los del pensamiento único. Porque, ¿acaso no forma parte de la libertad de pensamiento y expresión pensar que el pensamiento y la expresión deban no ser libres? (en esto profundizaremos más tarde) ¿acaso no es democrático dejar pensar y expresar que el sistema democrático tal como se entiende y se practica en Occidente debe ser poco menos que demolido y re-construido? La lógica diría que sí. Pues bien, la lógica de lo ilógico revolucionaria dice que no. Mejor dicho, dice que siempre y cuando no atente contra los principios del propio sistema: lo mismo que han dicho todos los líderes de sistemas totalitarios desde la época de los césares.

A la hora de describir, en la práctica, cómo se articula esta contradicción fundamental, podemos pararnos en dos principios de los que pretenciosamente se jactan los ideólogos revolucionarios, y de los cuales ya hemos hablado en anteriores ocasiones: por un lado, la separación entre moral pública y moral privada; y la segunda, la perversión del lenguaje.

Por lo que respecta a la primera, es evidente que el sentido común más elemental la considera como una grave limitación a la libertad de pensamiento. Pocas cosas hay más respetables y dignas en el hombre como su conciencia (recta, claro está), y cualquier intento de forzar a las personas a vivir en sociedad de manera opuesta a como viven en su ámbito privado, resulta un grave atentado contra su libertad. Y más aún si las represalias al respecto consisten en dificultar o inhabilitar para determinadas profesiones a aquellos quienes, en el ejercicio de su libertad, contraponen ciertos aspectos de la praxis profesional con los dogmas del unitarismo ideológico revolucionario. Cada vez que se impone a un juez, un profesional sanitario o un maestro actuar de una determinada manera en aspectos con relevancia moral, se le está condenando no sólo al ostracismo, sino que se le está obligando a cometer el delito más grave, que es violentar su conciencia para ponerla al servicio de la ideología oficial, en un ejercicio de pleno totalitarismo de Estado.

En cuanto al segundo vehículo de represión de la libertad de pensamiento y expresión, el que tiene que ver con la confusión semántica de los términos, valga resaltar que se apoya en la creación de una “terminología oficial” en línea con la ideología oficial de Estado que propugna la revolución. El lenguaje no sólo se distorsiona, se adultera y se confunde, sino que directamente se acota y se limita a los márgenes de lo “políticamente correcto”. ¿Alguien en pleno uso de sus facultades puede no llamar a esto represión del lenguaje, sin faltar a la justicia?

Se puede pensar que nos estamos contradiciendo, pues ¿Cómo podemos criticar al mismo tiempo la libertad de pensamiento y expresión y, al mismo tiempo, la existencia de cortapisas a su ejercicio? Sencillamente porque la esencia de ambas libertades es completamente diferente según si adoptamos la definición falsa o la verdadera de las mismas. No daremos una definición de diccionario, sino varios trazos que, a nuestro entender, permiten caracterizarlas con objetividad:

- La libertad rectamente entendida es la capacidad para buscar y obrar el bien. Por tanto, todo aquel atributo que pretenda acompañar al término libertad (en este caso, el pensamiento y la libertad), debe rendir honor al bien. Por tanto, sólo existe libertad para pensar y expresarse en aras al bien. Por contraste, no existe una libertad para el mal. La libertad para el mal es en sí una esclavitud, y por tanto, no puede nunca denominarse libertad. Ahora bien, puesto que, para la revolución, el término “bien” es una imposición, y la palabra “libertad” tiene una connotación negativa, es decir, se entiende no en cuanto acción hacia (el bien); sino como ausencia-de (condicionamientos, trabas, cortapisas al obrar humano), entonces la libertad no sirve ni para el bien ni para el mal; simplemente sirve por sí misma, con independencia del uso que se le dé.

- Puesto que la libertad debe estar orientada al bien, y el bien es bueno, la libertad de pensamiento y expresión tienen como límite, no los principios del sistema, como en el caso del delirio revolucionario, sino el propio bien, o sea, lo bueno: en otras palabras, la libertad de pensamiento y expresión deben reprimirse en la medida en que incita al mal, es decir, en la medida en que alteran el recto orden moral, y no en la medida en que son inconvenientes al artificial esquema de principios del sistema.

- La función de la autoridad política no es garantizar la libertad en su acepción negativa (estrictamente, no sería una acepción de la palabra libertad, porque sencillamente no es libertad), sino garantizar el bien común, que como, sabiamente, define la Doctrina Social de al Iglesia, es el conjunto de condiciones sociales que permiten a la persona en sociedad desarrollar toda su perfección.

- De aquí que afirmemos sin contradecirnos: represión a la libertad para el mal, puertas abiertas a la libertad para el bien, pues las libertades a las que nos estamos refiriendo, y para las cuales reclamamos diferente tratamiento, son completamente opuestas.


En definitiva, las libertades de pensamiento y expresión no pueden ser ilimitadas en cuanto rebasan la barrera del bien objetivo y se convierten en perniciosas. Pero donde no debe haber cortapisas es en el derecho a ejercer la libertad de pensamiento y libertad de expresión en aras al bien, es decir, la libertad para el bien. La revolución actúa perniciosamente en doble sentido, ya que al mismo tiempo que da carta blanca a la libertad para el mal, coarta la libertad para el bien, a la que considera una imposición.

Una vez más, nos hallamos ante un ejemplo del intencionado analfabetismo antropológico que pretende transmitir la revolución. Sólo pensando que el hombre es cualquier cosa se puede defender que el hombre pueda hacer cualquier cosa. Sólo negando la naturaleza humana se puede afirmar que el hombre debe construir su naturaleza. Sólo ignorando a Dios se puede decir que el hombre es dios de sí mismo. Y ya se sabe, quien construye su casa sobre barro…

miércoles, 6 de abril de 2011

HACIA UNA NUEVA CONCIENCIA: UN CAMINO REVOLUCIONARIO

Por Javier de Miguel

Hemos hablado en anteriores ocasiones de las características de los principios éticos que deben regir la “moral pública revolucionaria”, en clave de una ética de mínimos pactista y consensuada, y que no obedece a ningún criterio objetivo de bien y virtud, sino simplemente a un mínimo mantenimiento del orden social y, bajo la excusa del pluralismo de las sociedades contemporáneas, a desdibujar cualquier atisbo de inspiración de la legislación positiva en la ley natural. Esto por lo que respecta a la denominada “moral pública” o “conciencia pública”, según la cual la legislación determina cuáles son los valores sociales preeminentes en cada situación, con independencia de los criterios individuales, que son, siempre y en todo caso, opiniones que no tienen derecho a entrar en contradicción con esta moral pública.


Sin embargo, para que el engranaje revolucionario no se resienta, no sólo es necesario malear la moral pública, sino también nublar la conciencia individual para que ésta, sola o en asociación, no sea un estorbo para la plena implementación de este modelo revolucionario. Así es: tan profundo es el influjo de las ideologías revolucionarias, que han conseguido introducirse hasta lo más profundo del hombre: su conciencia, distorsionándola y tratando de crear una “conciencia nueva”, apartada de toda concepción de la misma basada en la verdad.


Las características principales de esta perversión se podrían resumir como sigue: En primer lugar, se está borrando del corazón del hombre el sentido natural del bien y del mal, que se sustituye por una ética del “no hacer daño a nadie”, lo cual inevitablemente conlleva una relativización de la moralidad de los actos, pues calificar la bondad o maldad de los mismos en función de sus consecuencias sobre los demás implica enmarcar dicha moralidad en las circunstancias concretas, de manera que un mismo acto podría ser al mismo tiempo malo o bueno en función del grado de afectación que tenga sobre el otro.


En segundo lugar, se falsea profundamente la idea de conciencia, para apelar a ella contra toda aquella ley natural que atente contra esa nueva percepción moral, autocomplaciente y relativista. Al “si no hago daño a nadie” se une el “me lo dicta mi conciencia”. Por tanto, si no hago daño a nadie y me lo dicta mi conciencia, ¿quién puede venir a decirme qué está bien y qué está mal? Cabe decir que la confusión introducida en el término “conciencia” se hace patente cuando la contrastamos con la conciencia de la que habla la doctrina de la Iglesia. Juan Pablo II dedica una parte de su encíclica “Veritatis Splendor” a tratar el tema de la conciencia. Afirma el carácter profundo y último de la misma en todo acto moral, pero deja claro que debe estar siempre enfocada a la verdad, y nunca ser utilizada partidariamente como instrumento para subjetivizar la moralidad de los actos. Asimismo, y esto es importantísimo, enfatiza el carácter culpable de la conciencia errónea que padece una ignorancia “vencible” (en la línea tradicional de la doctrina eclesiástica sobre el pecado y la salvación), es decir, que no busca sinceramente la verdad y el bien.


Por tanto, en base a lo anterior, la fundamentación moral de los actos ya no se basa en una búsqueda del bien objetivo, sino del bien “relativo” o “global”. Se trata de una moral probabilística, donde el acto se juzga moral o inmoral en función de las consecuencias que conlleva. Dichas consecuencias pueden ser en parte buenas y en parte malas, pero el balance de ambas determinará la moralidad o inmoralidad del acto. A quien este razonamiento le parezca rebuscado o absurdo, que lo aplique, por ejemplo, a quienes justifican el aborto: pocos niegan que el nonato sea un ser humano, pero el aborto se justifica en base a esta suerte de “prioridad moral” que otorga a la madre un derecho “superior” a suprimir la vida del hijo, respecto del derecho “inferior” del feto al que, en su condición “limitada” en cuanto a autonomía personal, se le rebaja su dignidad a fin de no causar “males mayores” a la madre o a la sociedad. Esto nos lleva a postulados tan absurdos como que un mismo aborto practicado sobre un mismo niño tenga la calificación de delito o no en función de si ha existido el consentimiento de la madre.


Para definir desde otro enfoque esta misma situación, podemos recurrir también al concepto “ética de la excepción”, que consiste en plantear postulados morales generales a escala teórica, pero que no son absolutos, sino que son meras orientaciones sujetas a cada situación particular. Bajo este concepto, existen multitud de actos que se quedan sin calificación moral, ya que, aunque puedan ser moralmente deleznables en función de ciertas circunstancias, si estas circunstancias no se dan, es entonces la subjetividad del individuo la que las califica. Así, muchos actos se enmarcarían en el limbo de la amoralidad, o simplemente se calificarían como buenas por un simple balance entre sus efectos positivos y negativos. Pero nuevamente estaríamos valorando la moralidad de los actos humanos por sus consecuencias, y no por los actos mismos.



Consecuentemente, sólo podríamos valorar la moralidad de nuestros actos a posteriori, en función de sus repercusiones, y por tanto, no tendríamos elementos de juicio para tomar decisiones morales. Todo sería una cuestión de “moralidad del riesgo” o “moralidad de la probabilidad”, donde el concepto de culpa moral no vendría dada por el acto en sí, sino por el cálculo de sus consecuencias. “Ética de la excepción”, “moral probabilística”, “graduación moral”… son todos ellos sucedáneos o expresiones que tienen que ver con un mismo concepto, que es la estrella de la moralidad revolucionaria: el utilitarismo moral, concepto de paternidad liberal e ilustrada, que ha impregnado la mayor parte de las capas sociales, incluso las católicas, y que ha sido acogido de buen gusto por la “progresía revolucionaria” en la medida en que liberalismo y socialismo han ido convergiendo cada vez más en términos filosóficos. Evidentemente, la única manera de salir de este círculo vicioso que nos impide calificar objetivamente el mal y el bien, es contemplar la tesis de que la verdadera moral trasciende al hombre: de que la bondad o maldad de los actos es intrínseca, y que éste se debe a una autoridad superior que es quien dicta el bien y el mal, y en virtud de la cual debe orientarse la conciencia.



Esta es la verdadera conciencia de la que habla Juan Pablo II, y que la revolución pretende trastocar y adulterar, en uno de tantos ejercicios de cambio-de-concepto sin cambio-de-terminología (a esto dedicamos también un artículo anteriormente) que tanto agradan, por sus brillantes resultados, a las ideologías revolucionarias. Quien piense que la superación de la conciencia llamada “tradicional” y su transformación en una conciencia “creativa” (de nuevo adopto la terminología de la Veritatis Splendor) le libera y le hace más autónomo y más feliz, no sólo no toma ese camino, sino que en realidad toma el opuesto, convirtiéndose en un esclavo, en primer lugar de si mismo, y en segundo lugar, de quienes le han sugerido esa ideología. Superación: ésa es la palabra clave que embauca y embelesa las mentes revolucionarias, y su principal instrumento de propaganda masiva. Pero existe un problema: el bien nunca puede ser superado, pues está escrito que la luz prevalecerá sobre las tinieblas. Quien haya perseverado en el bien será quien encuentre la luz en su vida: todo lo que no sea luz, es tiniebla, y todo lo que no sea verdad, es mentira. Dejémonos, pues, guiar por la luz, que es la que nos conduce a la verdad, y ésta, a la auténtica libertad y felicidad a la que el ser humando está destinado, y que es lo único que le realiza plenamente.

miércoles, 30 de marzo de 2011

LA REVOLUCIÓN Y LA LÓGICA DE LO ILÓGICO

Por Javier de Miguel
Si en algo ha cosechado pleno éxito la revolución, ha sido en la inmensa ignorancia sustancial sobre el hombre que ha sembrado y sigue sembrando con total impunidad. Aspectos tan ilógicos como hacer ver al hombre que su libertad es infinita, que todo se acaba cuando dejamos de respirar, que el hombre vive en el mundo por puro azar, o que la única esperanza consiste en los bienes terrenos, forman parte de ese conglomerado que ellos denominan “hombre nuevo”. Todo ese razonamiento, pese a partir de terribles falacias, tiene una lógica tan aplastante como realista y aterradora, para entender la cual no hay más remedio que aguantar la respiración y asumir, por unos momentos, toda esa sarta de premisas falsas.

La asignatura estrella de las ideologías revolucionarias es la libertad. La libertad que propugnan se basa en la ausencia de cualquier limitación de índole técnica, física o moral para la actuación del ser humano. Es más, establecen que la felicidad humana se gradúa en función de su capacidad de librarse de esas barreras. El planteamiento de la libertad así definida no puede ser más absurdo: sin embargo, es precisamente el resultado de asumir esta ilógica lo que nos permite explicar la lógica de los comportamientos humanos así entendidos.

La primera y principal consecuencia es la despersonalización, que afecta a muchos ámbitos: el actuar humano se convierte en mera pulsión animal, ignorante del otro, utilitarista y egoísta. Ello se traduce en una decreciente capacidad de compromiso con el otro, que se refleja, entre otros, en la creciente ratio de fracasos matrimoniales, y también en una mayor inestabilidad y superficialidad de las relaciones humanas en general: crece el invidualismo, y por tanto, el aislamiento, y la dificultad para darse al otro. El grado de conflictividad social se dispara, y con él los esfuerzos que debe hacer la justicia para mantener el orden. Es, por tanto, el “querer por querer” lo que vacía profundamente al hombre, al negar su naturaleza social, y ser un deseo permanentemente insatisfecho por las limitaciones que hemos comentado. Por tanto, si la libertad así entendida es una utopía, también lo es la felicidad que han pretendido graduar en base a esa libertad.

Otra de las protagonistas (por su ausencia) de la ilógica revolucionaria es la muerte. Se sabe que nos llegará a todos, pero se ha convertido en uno de los temas más obscenos que uno puede sacar a colación en una conversación, resultando ofensiva su sola mención, y repugnantemente indiferente tratar de introducir cualquier cosa que pueda referirse a un “después” de la muerte. La ilógica general asume que todo termina con la muerte, sin ni tan siquiera contemplar la posibilidad de que no sea así. Algo muy parecido ocurre con Dios, donde además se da una insólita asimetría de pensamiento: a quienes pretendemos demostrar la existencia de Dios mediante la razón, se nos exige aportar pruebas empíricas, cuya ausencia significa la refutación fulminante de nuestra tesis; sin embargo, quienes defienden la no-existencia de Dios, lo imponen como dogma, sin que les sea exigido aportar ninguna prueba, ya sea científica, ni mucho menos por la vía de la razón. Así, la gran falacia revolucionaria en este aspecto consiste en que son aquellos que no tienen nada que decir ni demostrar los que ponen las reglas del juego del debate acerca de Dios. De esa manera, los conceptos de Dios y la muerte quedan revestidos de tal misterio que acaban por ser omitidos, y asumida la tesis de que toda la existencia mundana es fruto del azar (recordemos: para la revolución, la clave no está en demostrar las cosas, sino en hacerlas asumir). Tan aberrante ilógica, tiene, como todo, sus consecuencias lógicas: la primera y principal es el materialismo. Puesto que asumimos la tesis (indemostrada y absurda, pero la asumimos) de que la existencia terrena es principio y fin del hombre (“venimos de la Tierra y vamos a la Tierra”, propugna el movimiento “New Age, cuyo dios es la propia Tierra -gea-), entonces la existencia se convierte en una carrera contrarreloj para conseguir todos aquellos bienes que consideramos que más nos van a satisfacer: dinero, poder, placer, búsqueda de nuevas experiencias.

Son, sin duda, instrumentos para disfrazar el enorme pesimismo inconsciente que entraña el creerse pura materia que será bio-degradada en unos años, que además no se sabe cuántos serán. Desde esta perspectiva, el hedonismo se convierte en el referente moral de las personas: cualquier cosa que implique molestia, ya sea física o psicológica, debe ser eliminado, incluso a costa del otro (porque, recordemos, el hedonismo va de la mano de la libertad desbocada que hemos expuesto en el párrafo anterior).

El problema es que, como lo material es insatisfactorio en esencia, la frustración se convierte en un sentimiento permanente de quien fija su esperanza en las cosas terrenas. En este sentido, el materialismo actúa como una droga: proporciona una felicidad efímera seguida de sentimientos de culpa y depresión, pero al mismo tiempo necesita cada vez dosis mayores. Al conjunto de todos estos pensamientos y maneras de actuar se le denomina genéricamente (pero definiendo a la vez un concepto muy claro) inmanentismo: éste es el leit motiv de la revolución: el pensamiento único acerca de lo terreno, la omisión de lo ultra-mundano y, en definitiva, la vida encerrada en una cáscara donde se corre una carrera contrarreloj por alcanzar metas utópicas que, además, degradan al hombre y lo rebajan a su categoría más primaria.

Si recapitulamos, nos daremos cuenta de que el panorama que plantea esta lógica-ilógica es desolador: una libertad infinita que nunca puede ser alcanzada, una ambición de bienes terrenos que nunca acaba por satisfacer plenamente, una búsqueda del placer permanente que tampoco puede jamás realizarse, etc. Dicho de otra manera, los ideales inmanentistas son todos ellos irrealizables. En este sentido, existió, en mi opinión, uno de los mejores lógicos de la ilógica (la alabanza es irónica, por supuesto), que fue Arthur Schopenhauer, el cual postulaba que, ante la ausencia de finalidad alguna en el Universo, y el carácter despiadado de la realidad, la muerte era la única liberación: el suicidio como huída. Y desde luego, tiene toda la lógica del mundo, si asumimos las tesis anteriores, por eso me parece un perfecto lógico de la ilógica. Y por supuesto, cualquier persona que parta de estos principios y conserve alguna neurona libre de la radiactividad revolucionaria, llegará a esta misma conclusión (cada vez más gente lo está haciendo, ¿por qué se habla tanto de la mortalidad de los jóvenes en la carretera y tan poco su tasa de suicidios, que ya ha superado a la primera?).

Cuán diferente es, sin embargo, la lógica cristiana: el hombre viene de Dios y su vocación es volver a Dios, para lo cual debe transcurrir su vida terrena en el horizonte de la imitación de Cristo y la vida de santidad, utilizando el precioso don de la libertad orientado al bien, con la esperanza puesta en que las dificultades de la vida terrena son sólo parte del viaje cuyo destino es compartir la Gloria eterna de Dios, que ya se nos anticipa en vida a través de la Gracia Santificante.

Como siempre, sólo la verdad y nada más que la verdad es lo que realiza plenamente al hombre: porque la verdad, a diferencia de la mentira revolucionaria, existe y es alcanzable, y en ella se materializan las aspiraciones más profundas de la naturaleza humana.