jueves, 27 de abril de 2017

JULIANO  EL APÓSTATA, O EL N.O.M DEL SIGLO IV

Javier de Miguel

En el año 361 sube al trono del Imperio Romano, el emperador Juliano, llamado el apóstata, sincretista de apariencia cristiana, tristemente conocido por ser el innovador de los métodos de persecución contra los cristianos. Así, San Gregorio Nacianceno designa su breve campaña persecutoria como la más cruel de las persecuciones. Sin embargo, los martirios no fueron tan frecuentes como en otras persecuciones. ¿Qué fue, pues, lo que diferenció los métodos del Apóstata de otras campañas persecutorias?.
Tal como explica García Villoslada en su Historia de la Iglesia, su afán por restablecer el paganismo en el Imperio se canalizó a través de medidas mayoritariamente legislativas, que tenían por objeto matar el alma de los cristianos, en lugar de matar su cuerpo. Cierto es que todo martirio corporal va precedido de un ofrecimiento de apostasía, y por tanto, siempre lleva implícita la posibilidad de matar el alma. Pero el bajo número de los denominados lapsi (cristianos que apostatan para salvar su vida o sus posesiones), y la extensión milagrosa del cristianismo por el Imperio pese a la crueldad de las persecuciones previas, ponían de manifiesto la ineficacia y el carácter contraproducente del martirio corporal. Juliano tenía claro que debía ahogar moral y culturalmente el cristianismo si pretendía su destrucción. Criterio que, como iremos viendo, bien astutamente comparte con el mundialismo anticristiano germinado tras la Revolución Francesa.
Su primera medida fue, explica Villoslada, “conceder amplia libertad a las sectas cristianas”, bajo el pretexto de una “tolerancia universal e igualdad absoluta para todas las religiones, sin preferencia ninguna”, incluso favoreciendo notoriamente a arrianos y judíos. Encontramos aquí un primer paralelismo con las políticas actuales de indiferencia religiosa, denominada por Gregorio XVI “la mayor y más mortífera peste para la sociedad”. Queda de manifiesto la falacia de quienes pretenden convencer al mundo, católicos conservadores incluidos, de que equiparar las falsas religiones a la verdadera Religión, no es más que un acto de concesión benevolente hacia estas últimas, y que en nada afecta esto al status quo de la Religión Católica. Villoslada habla precisamente de la gran confusión doctrinal que generó esta medida, por cuanto amalgamó la verdad con el error, confundiendo seguramente a miles de almas cristianas y provocando a buen seguro, una apostasía silenciosa, muy similar a la que podemos contemplar hoy en muchas parroquias y sedes episcopales.
La segunda medida, vinculada a la anterior, y de nuevo bajo el falso pretexto de la uniformidad religiosa, fue privar de todos los privilegios legales a los cristianos, especialmente al clero y a los obispos. En un Imperio ya mayoritariamente cristiano, se pretendió, tal como se pretende, y lamentablemente se está consiguiendo hoy, desoír la fe mayoritaria de la sociedad romana, para introducir con calzador el paganismo so pretexto de constituir la esencia histórica del Imperio, es decir, como signo de autenticidad. Argumento tan falaz como el de quien dijera que volver a las idolatrías ibéricas o celtas fuese señal de hispanismo.
La tercera medida, más cruel si cabe, fue aislar a la escuela cristiana, privándola del uso de los clásicos paganos, a fin, cuenta Villoslada, “de que quedaran los cristianos sin instrucción, o se vieran obligados a acudir a los maestros gentiles”. Nada que envidiar a las políticas actuales de retirada de fondos públicos a la escuela religiosa y a la asignatura de religión en la escuela pública, a fin de que el cristiano quede inerme ante las perversas ideologías inoculadas en la denominada escuela pública y laica, que no es más que la representación hodierna de los maestros gentiles del siglo XXI.
Tras esto, no podemos obviar preguntarnos quiénes son los Julianos del siglo XXI: ¿son los gobernantes inspirados y sostenidos por las ideologías mundialistas masónicas y anticristianas? Desde luego. ¿Lo son quienes emplean los medios educativos para corromper la infancia y la juventud? Sin duda. ¿Lo son los miembros del Cuerpo Místico de Cristo que traicionan su Fe introduciendo la herejía en las almas de su grey? También. Por último, ¿lo son aquellos católicos, desde el más humilde fiel, hasta muchos portadores del capelo cardenalicio, llamados vulgarmente conservadores, liberales de menor grado, que, contagiados por el espíritu del mundo, y deseando “abrir las ventanas” al mismo, han creído irreflexiva e irresponsablemente, que la nueva primavera de la Iglesia pasaba por adoptar los mismos principios y lenguaje que sus propios enemigos, desautorizando la Doctrina clásica sobre la unidad y libertad religiosas? Juzgue cada cual.
No fue sino la Providencia quien libró pronto a los cristianos del yugo de Juliano. Hoy sólo la Providencia puede librarnos del nuevo yugo mundialista que azota a los cristianos. La diferencia es que hoy, ese azote se produce bajo la sumisión de gran parte de la Iglesia, que, contagiada de un atípico Síndrome de Estocolmo, dice amén a todo lo que provenga del mundialismo con la falsa creencia de que de esa manera será aceptada, o cuando menos, se la dejará más libre. No es sino una manera vil de rehuir el martirio. Gran parte de la Iglesia de hoy no es sino un lapsi  de dimensiones universales, que necesitará de una fuerte penitencia y purificación. Purificación que comienza en la primera sociedad humana, la familia, y que pasa por hacer frente, educando en la doctrina tradicional de la Iglesia, a las nuevas generaciones. Sólo el testimonio auténticamente cristiano, ayudado de la Providencia, puede girar las tornas. Mientras tanto, cada asentimiento, directo o indirecto a las doctrinas anticristianas, será un nuevo coladero para los Julianos de hoy día.

jueves, 6 de abril de 2017

EL OPTIMISMO COMO CRISTIANISMO MUNDANIZADO

 Javier de Miguel

A menudo se habla de que el cristiano debe caracterizarse por su optimismo. Se justifica esta postura camuflando este concepto dentro de las tradicionales virtudes teologales, fundamentalmente la Fe y la Esperanza. Pero no se parece en nada ni a la una ni a la otra: la Fe es la adhesión a una Verdad revelada, mientras que la Esperanza es la confianza, infundida por Dios, por la que confiamos con plena certeza alcanzar la Vida Eterna y los medios necesarios para ella. Sin embargo, el optimismo se caracteriza por una mera disposición de espíritu que aguarda lo mejor y lo más positivo de todo. Es decir, una actitud relacionada con el estado de ánimo, y no con la vida interior. La Fe y la Esperanza son puntales de la vida cristiana auténtica. Por el contrario, en ningún texto de espiritualidad clásica cristiana se habla del optimismo como tal.

De entrada, valga decir que el optimismo no es ningún don de Dios. El optimismo es una construcción del lenguaje moderno que pretende diseñar un salvavidas en el océano de la nada en que se encuentra la sociedad moderna, y que, en todo caso, y como ha ocurrido con otros conceptos, ha sido asumido por la pastoral moderna. A menudo se encuentra también en filosofías llamadas de coaching y autoayuda, todas ellas de dudosa credibilidad, y que ponen el acento en las sensaciones, los estados de ánimo, y no en el estado del alma.

Lo que el hombre necesita para salvarse son las virtudes humanas y sobrenaturales, y el auxilio de la Gracia. Y esto no incluye la supuesta virtud del “optimismo”. Pero, con todo, puede preguntarse algún católico aggiornado:  ¿qué tendría de malo un “sano optimismo”, que deje salvas las virtudes teologales y la ortodoxia y ortopraxis de los fieles cristianos?

Pues bien: la asunción del modus vivendi “optimista", presenta abundantes riesgos: el primero y más pernicioso, que se difumine la barrera del discernimiento entre el bien y del mal. Pues un optimismo encendido nos puede llevar a  adquirir el vicio de buscar lo bueno donde no lo hay, es decir, en los actos intrínsecamente malos. Por ejemplo, hace poco escuché a un sacerdote que podemos considerar “no-modernista”, decir, ante la frustración de una madre porque su hija vivía en concubinato (no empleó este término, por supuesto), que había que mirar el lado positivo, porque esta situación podía “abrir la puerta” o ser “una preparación” para el matrimonio. Premisa que, aparte de ser refutada en la mayor parte de casos por la realidad, contiene un grave error: aunque ese concubinato acabe en matrimonio, ¿de qué sirve esto, si no existe arrepentimiento de la situación anterior, sino para encadenar sacrilegios, y empeorar la situación de estas personas de cara a su juicio particular?

Otro riesgo del empleo indiscriminado del término “optimismo”, como fundamento de la vida cristiana, es la superstición y el olvido de la necesidad de la Gracia: las cosas se resolverán por si solas, porque sí, porque hay que ser optimistas, y siempre encontraremos el lado positivo por algún lado. Una extraña mezcla con altas dosis de pelagianismo. Señores, lo que hay que buscar, mediante la oración y los Sacramentos,  es comprender y cumplir la voluntad de Dios, y la imitación de Jesucristo, que no fue “optimista” respecto de su Pasión, sino que simplemente la aceptó como voluntad del Padre.  Dios no es optimista ni pesimista, quiere nuestra salvación, y nos la concederá como don inmenso suyo si nosotros queremos, con la ayuda de su Gracia.

El tercer riesgo es que perdamos de vista en qué consiste ese “esperar lo mejor y lo más positivo de todo”, que está inserto en la definición de optimismo que hemos dado al principio. Es decir, tendemos fácilmente a reducir ese “positivismo” a los bienes terrenos, pues no a otra cosa invita esta definición de optimismo. Lo cual redunda en la huida del sufrimiento y la cruz, cosa anticristiana por excelencia.

El optimismo tampoco es el contrapeso a la pesimista antropología protestante, sino que puede llegar a ser su otro extremo: el buenismo. No somos mejores guardianes de la ortodoxia por ser optimistas. Pero sí lo somos en tanto en cuanto somos conscientes de la concupiscencia derivada del pecado original, así como de la redención de Cristo, pensada y querida por Dios para todos, pero rechazada por muchos.

Por último, el propio término “optimista”, como todo “-ismo”, suena a deformidad o huida de la realidad. La realidad, es objetiva, independientemente del juicio que de ella haga cada persona. Por eso, parecería más conveniente emplear el término “realismo”, o mejor, realidad, como actitud para afrontar nuestra vida terrena.

Por último, se puede objetar lo siguiente: ¿no ayuda, el emplear el término “optimismo”, a hacer apostolado, pues los incrédulos apenas entenderán lo que significa la esperanza?.
Craso error. En primer lugar, por la salud del alma de quien así obra creyendo hacer apostolado. La historia reciente de la Iglesia, con sus abusos de los términos “libertad religiosa”, “ecumenismo”, “derechos humanos”, etc, nos demuestra a las claras que se comienza por introducir las palabras para acabar asumiendo los conceptos. Y en segundo lugar, por la salud del alma de la persona catequizada. Para hacer apostolado, no hay que tratar de “bautizar” lo puramente mundano, sino enseñar, de forma asequible pero completa, el misterio de Cristo y su redención, los cuales son ininteligibles sin las virtudes teologales, entre las cuales está la Esperanza, y no el optimismo. 

No hay que decir al incrédulo: “soy cristiano y por eso lo veo todo de color rosa”. A quien realmente busque la verdad, esta aseveración le repugnará. Al incrédulo hay que decirle algo similar a: “yo siempre estoy sereno porque confío en Dios Padre, que siempre quiere lo mejor para mi y mi auténtica felicidad”. Y si esas palabras se traducen en hechos, entonces el apostolado está hecho, y bien hecho, sin subterfugios, sin trucos de magia. Real y realista.


Conclusión: dicho lo anterior, es obvio que la fe cristiana no exige al fiel ser “optimista”, es más, ni siquiera es una actitud recomendable, por no ser en absoluto conciliable con la visión cristiana de la vida terrena.

viernes, 18 de noviembre de 2016

LOS PARIAS DIGITALES

Javier de Miguel

Steve Jobs, Bill Gates, los Reyes de España, el ex - futbolista Raúl González, así como numerosos altos directivos de multinacionales tecnológicas. Cada vez son más las informaciones que nos llegan sobre celebridades que han tomado conciencia de los peligros de exponer a sus hijos demasiado tiempo a las pantallas, bien sea de móviles, tabletas, ordenadores e incluso la propia televisión. Muchos de ellos incluso matriculan a sus hijos en elitistas escuelas que hacen gala de utilizar como método educativo el papel, el bolígrafo y la tiza de toda la vida, y donde no reciben clases de informática hasta la adolescencia.

Sin duda, la ciencia avala estas actitudes, pues son numerosísimos los estudios que alertan sobre los graves peligros que sobre el aprendizaje, el desarrollo cerebral, la personalidad del niño, e incluso su propia integridad física y moral, tiene la exposición significativa a dispositivos electrónicos.

Todo ello ocurre mientras en el mundo paralelo de los mortales, se intensifica la avalancha de la llamada “era digital”, donde los niños adquieren (mejor dicho, sus padres les adquieren) dispositivos electrónicos a edades cada vez más tempranas, y las escuelas normalitas de las ciudades cantan a los cuatro vientos las bondades del aprendizaje electrónico.

Valga lo anterior para introducir la idea de que cada vez es más evidente que las modas no lo son tanto. O, al menos, no lo son para todos. El establishment chic no quiere para sus adorados retoños el pienso compuesto que proporcionan a la chusma las nuevas tecnologías, y prefieren la delicatessen de lo tradicional, el contacto con la naturaleza, la antigua usanza. Muchos de los miembros de ese establishment, al tiempo, se lucran con el comercio masivo de ese rancho, bien sea de los dispositivos, o de su contenido.

Esta situación recuerda claramente a otras ya vividas en el pasado y en el presente: mientras personajes como Fidel Castro han proclamado las bondades del comunismo, ha amasado durante ese tiempo una fortuna superior a la de la Reina de Inglaterra, y al pueblo sólo le ha socializado la miseria. Mientras los teóricos liberales defendían ante las masas de obreros esclavizados por el manchesterismo las maravillas del capitalismo liberal, solamente ellos gozaban de un estatus de vida que permitiese ser mínimamente libre. Mientras se nos vende continuamente que el ciudadano es soberano porque vota de vez en cuando (aunque sea mucho), sólo las oligarquías plutocráticas son realmente soberanas, pues ellas tienen el poder de quitar y poner gobiernos aquí y allá. Mientras las masas aborregadas votan a quienes dicen que han venido para borrar la corrupción, éstos se reparten lo que queda del pastel en corruptelas nepotistas si cabe más obscenas que las de sus predecesores.


Todas las situaciones anteriores tienen un denominador común: el uso de las ideologías como instrumento de dominación social. Y el caso de la era digital no es una excepción: mediante el abuso de dispositivos electrónicos se atonta al personal, y si al hecho de su abuso unimos la concentración de basura que puebla sus contenidos, el atontamiento y adoctrinamiento son dobles. Que un niño de diez años tenga el último modelo de Ipad y se pase horas en las redes sociales es lo más glamouroso, lo más chic, lo más guay. Pero lo visto es que es lo más glamouroso del barrio, lo más chic de la alcantarilla, lo más guay de entre la chusma mundial. Lo glamouroso, lo chic, lo guay de verdad es pertenecer a ese estatus de quienes miran desde la atalaya del desprecio y la indiferencia a esas masas a quienes se pretende adocenar en su propio beneficio. Y los que pertenecen a ese estatus comparten carcajadas mientras disfrutan y recaudan los efectos de socializar la moda digital, que no hacen sino perpetuar su estatus en lo que se ha convertido una auténtica sociedad de castas del siglo XXI. Para los demás, nuestro sino es ser parias digitales, regodearnos  en nuestra propia desgracia, que siendo esclavos nos creamos libres, o en el peor de los casos, seamos felices como esclavos, cumpliéndose así la profecía de Aldous Huxley.

LOS PARIAS DIGITALES

Javier de Miguel

Steve Jobs, Bill Gates, los Reyes de España, el ex - futbolista Raúl González, así como numerosos altos directivos de multinacionales tecnológicas. Cada vez son más las informaciones que nos llegan sobre celebridades que han tomado conciencia de los peligros de exponer a sus hijos demasiado tiempo a las pantallas, bien sea de móviles, tabletas, ordenadores e incluso la propia televisión. Muchos de ellos incluso matriculan a sus hijos en elitistas escuelas que hacen gala de utilizar como método educativo el papel, el bolígrafo y la tiza de toda la vida, y donde no reciben clases de informática hasta la adolescencia.

Sin duda, la ciencia avala estas actitudes, pues son numerosísimos los estudios que alertan sobre los graves peligros que sobre el aprendizaje, el desarrollo cerebral, la personalidad del niño, e incluso su propia integridad física y moral, tiene la exposición significativa a dispositivos electrónicos.

Todo ello ocurre mientras en el mundo paralelo de los mortales, se intensifica la avalancha de la llamada “era digital”, donde los niños adquieren (mejor dicho, sus padres les adquieren) dispositivos electrónicos a edades cada vez más tempranas, y las escuelas normalitas de las ciudades cantan a los cuatro vientos las bondades del aprendizaje electrónico.

Valga lo anterior para introducir la idea de que cada vez es más evidente que las modas no lo son tanto. O, al menos, no lo son para todos. El establishment chic no quiere para sus adorados retoños el pienso compuesto que proporcionan a la chusma las nuevas tecnologías, y prefieren la delicatessen de lo tradicional, el contacto con la naturaleza, la antigua usanza. Muchos de los miembros de ese establishment, al tiempo, se lucran con el comercio masivo de ese rancho, bien sea de los dispositivos, o de su contenido.

Esta situación recuerda claramente a otras ya vividas en el pasado y en el presente: mientras personajes como Fidel Castro han proclamado las bondades del comunismo, ha amasado durante ese tiempo una fortuna superior a la de la Reina de Inglaterra, y al pueblo sólo le ha socializado la miseria. Mientras los teóricos liberales defendían ante las masas de obreros esclavizados por el manchesterismo las maravillas del capitalismo liberal, solamente ellos gozaban de un estatus de vida que permitiese ser mínimamente libre. Mientras se nos vende continuamente que el ciudadano es soberano porque vota de vez en cuando (aunque sea mucho), sólo las oligarquías plutocráticas son realmente soberanas, pues ellas tienen el poder de quitar y poner gobiernos aquí y allá. Mientras las masas aborregadas votan a quienes dicen que han venido para borrar la corrupción, éstos se reparten lo que queda del pastel en corruptelas nepotistas si cabe más obscenas que las de sus predecesores.


Todas las situaciones anteriores tienen un denominador común: el uso de las ideologías como instrumento de dominación social. Y el caso de la era digital no es una excepción: mediante el abuso de dispositivos electrónicos se atonta al personal, y si al hecho de su abuso unimos la concentración de basura que puebla sus contenidos, el atontamiento y adoctrinamiento son dobles. Que un niño de diez años tenga el último modelo de Ipad y se pase horas en las redes sociales es lo más glamouroso, lo más chic, lo más guay. Pero lo visto es que es lo más glamouroso del barrio, lo más chic de la alcantarilla, lo más guay de entre la chusma mundial. Lo glamouroso, lo chic, lo guay de verdad es pertenecer a ese estatus de quienes miran desde la atalaya del desprecio y la indiferencia a esas masas a quienes se pretende adocenar en su propio beneficio. Y los que pertenecen a ese estatus comparten carcajadas mientras disfrutan y recaudan los efectos de socializar la moda digital, que no hacen sino perpetuar su estatus en lo que se ha convertido una auténtica sociedad de castas del siglo XXI. Para los demás, nuestro sino es ser parias digitales, a que nos regodeemos en nuestra propia desgracia, a que siendo esclavos nos creamos libres, o en el peor de los casos, seamos felices como esclavos, cumpliéndose así la profecía de Aldous Huxley.

martes, 18 de octubre de 2016

EL “REFUGIADISMO” Y LOS “REFUGIADÍSIMOS”

Javier de Miguel

Desde que comenzó la crisis de los refugiados, los despachos de arquitectura del Nuevo Orden Mundial, con delegaciones en Nueva York y  Bruselas,  y sus demás burocracias sistémicas y países-satélite, nos azotan mediáticamente con la idea dogmática de que los países deben abrir sus fronteras incondicional e indiscriminadamente a los refugiados que llaman a la puerta de Europa.

Por supuesto, el asunto de los refugiados es un asunto económico. Recordemos que uno de sus principales impulsores, el gurú del mundialismo George Soros, se dedicará a realizar inversiones – siempre filantrópicas y desinteresadas, no vayamos a pensar mal- para facilitar su asentamiento en territorio europeo. Recordemos también que la avalancha de refugiados (que, para el liberalismo económico, en este caso encarnado en la Alemania de Merkel, no es más que un puñado de manos), permite presionar a la baja los salarios de todos los trabajadores nacionales ofreciéndoles trabajos de a un euro la hora a los de fuera, que derivará en no mucho más a los de dentro, so pretexto de que “otros lo hacen más barato”. Tampoco olvidemos que para el comercio de armas, la guerra es un suculento negocio, primero armando terroristas, y después armando a quienes los habrán de combatir. Incluso para quienes desean sofocar los focos de resistencia sistémica, la guerra es una buena estrategia de desestabilización de los territorios a cuyo mando están dirigentes que representan piedras en el zapato  de la globalización político-moral.

Pero no debemos caer en un excesivo pragmatismo, y olvidar que, en esencia, éste también es un tema de índole político-moral, concretamente de ingeniería social. La asunción por parte de las naciones europeas de las masas de inmigración conlleva una necesaria disolución de la cultura europea, antaño católica, también denominada “cristiandad”, luego cainizada por el “herejísimo”, y posteriormente, y como consecuencia de lo anterior, sumida en el más mediocre posmodernismo, hijo bastardo del liberalismo y el marxismo. Pero por si quedaba algún resquicio de ese glorioso pasado, aunque sea en forma de lo que los liberales llaman “cultura cristiana”, abrir fronteras es la gota que colma el vaso de la disolución de las tradiciones locales de los países de “acogida”, por supuesto también las religiosas, y pone en bandeja las políticas uniformistas y homogeneizadoras (que nada tienen que envidiar a las de la Unión Soviética), que pretenden, en el fondo, crear una cultura, moral y religión universales. Su leit motiv: suprimir la cultura, moral y religión tradicionales, y sustituirlas por ese concepto laxo de multiculturalismo, una supuesta moral de mínimos, que es el paradigma del relativismo, y una religión sin Dios, que es lo mismo que una pseudo-religión antropocéntrica donde el hombre es la medida de todas las cosas, y que creyendo dar así satisfacción a las aspiraciones humanas, como mal profetizaba Fukuyama, lo degrada y animaliza, convirtiéndolo en un esclavo feliz de serlo, como bien profetizaba Huxley.

Y todo ello sembrado en el terreno abonado con la libertad de expresión, de imprenta y de cultos que el liberalismo se encargó de arar permite acoger hoy las semillas del mundialismo que está fructificando, con las honrosas excepciones de naciones que están haciendo bascular el centro de gravedad de la civilización hacia el Este de Europa.

También desde las más altas esferas vaticanas, que se han acostumbrado con lamentable frecuencia a navegar de popa al viento de las ideas dominantes, también se nos fustiga, en este caso con el argumento de autoridad, con la idea de que es cuestión de humanidad, de caridad al prójimo, abrir las fronteras, que “construir muros no es cristiano”, etc.

Pues bien, para poner orden este caos, ignorante o interesado, nos puede ser de gran ayuda la teología moral tradicional, concretamente estos dos principios:

-          El bien espiritual, tanto a nivel individual, como nacional, está por encima de las necesidades materiales. Es lícito, es más, es obligatorio, atender primero a las necesidades espirituales de los pueblos, incluso dejar de atender las necesidades materiales de otros, cuando de ello puede derivarse grave peligro para la paz (gran número de terroristas infiltrados entre los refugiados) o el bien espiritual de la nación (disolución de los principios morales y culturales católicos por la entrada de fieles de religiones falsas, como el islam).
-          La práctica de la caridad para con el prójimo no se practica a tontas y a locas, movida por el sentimiento momentáneo, sino que tiene un orden de prioridades señalado por la razón. El motivo es el mismo por el que no es obligación moral amar con igual intensidad al padre que al extraño: el hecho de no estar unidos a nosotros por los mismos lazos. Por este motivo, en igualdad de condiciones, debe tener prioridad el compatriota, que comparte con nosotros el lazo inmaterial de la Patria terrena, respecto del forastero. Es decir, conforme a este criterio moral objetivo, sólo podrán admitirse refugiados cuando haya sido erradicada la miseria que sufre un porcentaje importante de la población nacional, y que además, en el caso de España, presenta una clara tendencia creciente. Lo contrario, aunque aparentemente caritativo, es realmente perverso, pues solamente contribuye a expandir la miseria y a dar un mensaje engañoso a quien cree que en el extranjero puede mejorar sus condiciones de vida. Y, desde luego, raya lo humillante cuando a esa inversión de prioridades se la sazona con la figura del “refugiadísimo”, aquel de quien millones de compatriotas que no llegan a fin de mes han de soportar el escándalo de la verborrea mediática, unida su derecho automático a gozar del sistema público de bienestar, del que no puede predicarse precisamente una especial solvencia.
La verdadera caridad, y la justicia que se deriva de ella, se practican promoviendo la paz en origen, y no promoviendo la guerra de parte de las potencias occidentales por motivos únicamente geoestratégicos, al tiempo que se lucran con el comercio de armas. Ellos son los únicos responsables morales del devenir de esta situación, y no aquellos quienes defienden poner límites objetivos (y no sólo cuantitativos) a la avalancha migratoria.
Pues bien, esto, que es lo que nuestra Madre y Maestra ha enseñado durante siglos, es lo que ahora parece haber olvidado, mientras el mundo nihilista, al alimón moralizante e inmoral, suelta lágrimas de cocodrilo teñidas de mundialismo.



sábado, 4 de junio de 2016

¿EL HUEVO O LA GALLINA?


Por Javier de Miguel.

Hay que reconocerlo: desde que la Iglesia fue apeada por la fuerza de su papel de luz del orden social, y desde que la Iglesia apeó de su propio seno la idea de la realeza social de Jesucristo como realidad tangible y verosímil, la propia Iglesia anda como pollo sin cabeza tratando de dar la vuelta a la depravación moral que cada vez con más fuerza atiza a las sociedades occidentales, así como al desvío doctrinal que devora muchas de sus instancias.

Ante este escenario, según algunos, absolutamente inédito en los dos milenios de la historia de la Iglesia, abundan las propuestas innovadoras, supuestamente adaptadas a “los signos de los tiempos”. Por ejemplo, desde los entornos conservadores se defiende que el Evangelio debe inculturarse esencialmente y prácticamente en exclusiva a través del testimonio de los cristianos ante el mundo: el cristiano debe estar lo más imbuido en el mundo, y ocupar puestos de relevancia para influir con su pensamiento en la opinión pública y sacudir las conciencias, a fin de que, poco a poco y por este método, la sociedad vaya re-encaminándose, y con ella, las demandas sociales que desemboquen democráticamente en nuevas legislaciones más acordes con la moral y la razón natural.

Parte de esta estrategia consiste en servirse de aquellos aspectos de la modernidad que se consideran buenos o moralmente neutrales, para emplearlos como brazo de palanca de la gigantesca sartén cuya tortilla se pretende voltear. Habría que aspirar, pues, a una “sana democracia”; un “sano capitalismo”, una “sana laicidad”, donde realmente la moral cristiana tendría cabida y sería posible un vuelco. Las estructuras no serían el problema, sino tan sólo el uso que de ellas se hace. Todo es cristianizable, todo es “bautizable”.

De paso, estos sectores, aprovechan para reivindicar una mínima intervención estatal, bajo el pretexto de que un Estado pervertido debe intervenir lo mínimo en la vida de las personas, lo cual es cierto, pero sólo totalmente cierto si partimos de la base de que no puede aspirarse más que a un Estado pervertido. No obstante, piensan que cuando la sociedad cambie su paradigma, también la legislación lo cambiará, llegándose a ese ideal poco menos que fantasmagórico: contra la degeneración del sistema político, “sana democracia”; contra la explotación laboral y la avaricia, “sano capitalismo”, contra el laicismo radical y la persecución de lo religioso, “sana laicidad”. La Iglesia habría, por fin, encontrado su sitio y su  hábitat adecuado en el mundo moderno.


Pues no. No hay sana democracia porque la democracia lleva ínsita la degeneración del sistema político; no hay sano capitalismo porque la explotación laboral y la avaricia son las bases del capitalismo; y no hay sana laicidad, porque el afán por separar estancamente las esferas civil y religiosa es la raíz del laicismo radical y la persecución religiosa. Y ni este concepto de sana democracia prevé el abandono total del principio democrático como fundamento del orden social; ni el concepto de sano capitalismo prevé el abandono de las tesis liberales; ni el concepto de sana laicidad prevé que la Iglesia sea la luz de los Estados.

Esta corriente se opone a toda transpiración política de la cosmovisión cristiana, calificándola de clerical, y considera que son exclusivamente los cristianos, al margen de toda organización política confesional, quienes deben ejercer el papel de “santa levadura” en una sociedad laica, bendecida por ellos como tal, con la base de la simple libertad de predicación, sin renunciar a las bases liberales de la misma.

Pero más allá de la teoría, hay además una evidencia práctica demoledora: pensar que el mero empuje de unos cuantos bienintencionados católicos es suficiente para vencer la enquistada jerarquía partitocrática, plutocrática y oligárquica es poco menos que una utopía: quien piense diferente, directamente será eliminado del mapa, con el amparo de la ley, o sin él. Lo cual no quiere decir en absoluto que el testimonio, individual o colectivo, de los cristianos, carezca de valor. El mejor predicador es Fray ejemplo, pero esto también se aplica a las instituciones políticas. Quien cree que todo ha de venir de la sociedad civil ignora o desprecia el papel de la política en la ordenación de la sociedad al bien común, manifestando un liberalismo más o menos larvado.


Coloquialmente, cuando de entre dos hechos, no se distingue con claridad cuál es causa del otro, se dice que no se sabe  qué es primero, si el huevo o la gallina. Aquí la cuestión sería similar: ¿qué es primero, la “santa levadura”, o el “santo horno” que haga fermentar esa levadura? Desde luego, y en la práctica, ninguno de los dos puede prescindir del otro. Pero también desde el punto de vista de la teoría política cristiana clásica, se nos avisa de que una sociedad difícilmente puede convertirse mientras subsista una la estructura de pecado de dimensiones tan desproporcionadas como ocurre en la actualidad. En otras palabras, mientras la legislación emanada del Parlamento partitocrático pisotee la razón y la ley natural con el consenso general; mientras el Estado siga regando con subvenciones los lobbys y medios de comunicación difusores de causas inmorales; mientras la educación estatalizada siga siendo un catalizador de la inmoralidad; mientras se niegue desde las instituciones el valor sagrado de la familia y se legisle para su destrucción; mientras se relegue el hecho religioso al ámbito de las alcobas y las sacristías; mientras se impida al creyente ejercer su profesión y vivir civilmente en plena coherencia con su fe; mientras se arrincone la autoridad moral de la Iglesia; mientras se fomente el consumismo y materialismo capitalistas….. la santa levadura seguirá siendo eso mismo: levadura, pero estéril, porque le faltará su reactivo: el “santo horno”, que es la envoltura que ha de generar las condiciones para que la levadura fermente. 

sábado, 19 de diciembre de 2015

CLERICALISMOS

Por Javier de Miguel

Hoy en día abunda en muchos católicos una especial afición hacia el recorte de los derechos de la Iglesia sobre el mundo. Amparados en los peligros del clericalismo, hacen todo lo posible por desactivar los resortes doctrinales que puedan poner en tela de juicio los grandes movimientos económicos, sociales o políticos imperantes, bajo argumento de que la Iglesia no debe inmiscuirse en los asuntos temporales. Sería esta la fotografía del católico aggiornado.
El peligro del clericalismo existe y es real, pero no consiste en lo que los aggiornados temen. El verdadero clericalismo consiste en la intromisión de la Iglesia en lo que respecta a la vertiente técnica de los aspectos temporales, pero nunca en el enjuiciamiento moral de las políticas económicas, sociales o incluso generales.
Por el contrario, esta concepción desviada del clericalismo ha desembocado en otro tipo de clericalismo, en este caso una suerte de clericalismo inverso, de acuerdo con el cual, una vez acalladas las voces de la Iglesia en materia temporal, y reducida su pastoral al ámbito de lo puramente espiritual, es el mundo el que crea la doctrina, y la Iglesia, quien la acoge, adaptando su lenguaje a las categorías mundanas.
Así, por ejemplo, se busca la convergencia, que obviamente solamente se dará en el plano nominal, entre cierta terminología moderna con principios católicos clásicos. Por ejemplo, si la Revolución Francesa se inspiró en “Libertad, igualdad y fraternidad”, entonces la Revolución Francesa puede entroncarse con la doctrina católica; si el capitalismo liberal habla de libertad de iniciativa y derecho a la propiedad privada, entonces el capitalismo liberal es compatible con la doctrina católica; si los organismos supranacionales hablan de solidaridad, defensa de la mujer y lucha contra el cambio climático, se ve en estos conceptos un trasunto de los principios cristianos de caridad, dignidad de la mujer y cuidado de la Creación.
Por tanto, en el clericalismo inverso, la Iglesia se autolimita su papel al de mero animador que “bautiza” a diestro y siniestro cuanto de biensonante (aunque sea maloliente) existe en las categorías del lenguaje moderno. Y además, para más escándalo, a la Iglesia no sólo la quieren apartar los de fuera, sino los de dentro, convirtiéndose en una de las pocas instituciones que se ha propuesto como objetivo (quiero pensar que inintencionado) su autodestrucción.