domingo, 5 de diciembre de 2010

EL ORDEN NATURAL: UNA CONCEPCIÓN REVOLUCIONARIA

Por Javier de Miguel.

Para abordar este tema con la suficiente eficacia, creo interesante hacer una somera introducción acerca de lo que entendemos por orden natural, para después poder entrar en materia sobre cómo la revolución trata ese orden y en qué lo pretende convertir.

Podríamos definir el orden natural como la manera en que están configuradas, o pre-determinadas, las condiciones de las personas y del entorno que las rodea. Por tanto, el primer distingo es entre orden natural individual y orden natural global. El motivo de esta separación es el carácter genuinamente original de la persona dentro de todo el orden creado, y sus singulares rasgos, que vienen dados por tratarse del único ser que goza de dos realidades: la material, compartida con el resto de seres, y la inmaterial o espiritual, relacionada con el alma, cuya existencia es exclusiva del ser humano. Precisamente por esta doble realidad humana, cabrían otras dos clases dentro del orden natural individual, muy directamente relacionadas entre sí: el orden natural biológico y el orden natural moral.

El orden natural biológico hace referencia a las estructuras corpóreas del ser humano, sus biorritmos, su configuración neurológica, endocrina, etc. En esta línea biológica, la diferenciación más sustancial existente, y que más polémicas genera, es la sexual. Fuertes condicionantes no sólo biológicos, sino también psicológicos y más sutiles, que la propia ciencia está descubriendo recientemente, nos recuerdan la profunda diferencia natural entre ambos sexos. Por tanto, la sexualidad humana deviene un componente profundo en su orden biológico, que determina y condiciona al margen de los posibles contextos culturales en que se desarrolla.

Por su parte el orden natural moral abarca la dimensión espiritual humana, y tiene que ver con la existencia de normas morales objetivas inscritas en el hombre, y que pueden positivamente ser descubiertas a la luz de la razón. He aquí el nexo existente entre las dimensiones corporal e inmaterial de la persona: la razón. La razón integra lo corporal en lo espiritual, y evita el dualismo entre cuerpo y alma, defendido en algunos períodos de la historia de la filosofía. De hecho, la propia razón tiene manifestaciones físicas (ciertas partes del cerebro que se activan o desactivan en función de la actividad intelectiva que realizamos, etc), pero que tienen su origen, como ya adelantaba Santo Tomás de Aquino, en el alma, es decir, en la realidad inmaterial.

Para la revolución, sin embargo, el enfoque es radicalmente diferente: en cuanto al orden natural biológico, lo considera mero azar, y en cuanto al orden natural moral, sencillamente lo niega, y aunque admite la existencia del intelecto, le otorga un carácter puramente material. Entiende la razón humana desde una perspectiva únicamente empírica, biológica, positivista, en lo que es una herencia recibida del racionalismo. Por tanto, desecha conscientemente la parte fundamental del análisis, pues solamente profundiza en sus manifestaciones físicas, y no en sus mociones fundamentales. Este reduccionismo pretende explicar la dimensión humana en su vertiente científica, desproveyéndola de una explicación trascendente, y atribuyendo su enorme complejidad a un inverosímil proyecto evolutivo azaroso.

A mayor abundamiento, y al considerar los condicionamientos biológicos mero azar, y los condicionamientos morales sencillamente una entelequia, la revolución se cree en posición de alterarlos arbitrariamente, sin importar los medios empleados para ello, construyendo así la identidad biológica a lo largo de la vida. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, sería un lema muy descriptivo de este tipo de ideologías, bautizadas por los estudiosos como bioideologías, y cuya característica principal es la negación de los condicionantes biológicos, y la defensa de una perspectiva constructivista de la realidad humana, así como, y esto es muy importante, la construcción de ideologías en base a las diferencias biológicas (que, por cierto, tiene su origen en el nacionalsocialismo alemán). Por ejemplo, este sería el leit motiv del feminismo radical, es decir, la aplicación de la mecánica marxista a la diferencia entre sexos, denunciando una supuesta posición inferior de la mujer (la antigua clase proletaria) debido a su condicionante biológico, que es su propia femineidad, para, a través de la lucha de sexos (antes lucha de clases), canalizada por la denominada “discriminación positiva” hacia la mujer (antaño dictadura del proletariado), consolidar a hombres y mujeres en un ideal “tercer sexo” (el antiguo ideal de comunismo).

Por lo que respecta al orden natural moral, como ya hemos adelantado, las ideologías revolucionarias consideran que la moralidad es una construcción humana fruto de siglos de oscurantismo y prejuicios, pura superstición, y desde luego, totalmente irracional. De hecho, negando la naturaleza humana, es normal que estas ideologías consideren el orden moral como un artificio, pues todo para ellas es un artificio, y cualquier construcción que se haga sobre ellas es modificable.

La gran damnificada de todo este supuesto montaje llamado “moral”, es la libertad. Como no se cree en el libre albedrío, en la libertad moral, la única libertad que se admite es la libertad de actuación, es decir, la ausencia de coacción para llevar a cabo lo que se considere oportuno. Esta libertad traspasa incluso los límites de lo moral para insertarse en lo biológico: las barreras corpóreas no deseadas deben ser, a la larga, y con ayuda de la ciencia y la técnica, eliminadas, de manera que la historia humana se convierte así en la historia de su propia autodeterminación biológica y moral.

Una vez vistos los fundamentos del orden natural individual, cabe desplazarnos a la dimensión social, donde también existe un orden natural, que comienza por definir el propio carácter social del ser humano. Las personas podríamos reproducirnos por generación espontánea, pero sin embargo nacemos (normalmente) en el seno de una familia, y para nuestra concepción ha sido necesaria la intervención de dos personas biológicamente “determinadas”. Es el primer núcleo social del hombre. Pero hay mucho más: el desarrollo del ser humano en sus diferentes etapas posteriores al nacimiento conllevan siempre un factor social imprescindible en tanto que cohabitantes del mundo. Aparecen las relaciones jerárquicas en la escuela, el trabajo, las amistades, los sindicatos y partidos políticos, las asociaciones, etc. Estos entes son los que se denominan organismos intermedios, muchos de los cuales surgen de manera espontánea, y vertebran la transición entre el individuo y su entorno más global, y lo integran y defienden, en tanto que le representan ante la instancia terrena superior, en este caso, la autoridad social. Es la forma en que el orden natural social vertebra las relaciones entre aquellos que son individualmente más numerosos (las bases) y los que lo son menos (la autoridad social). Esta organización social, que surge espontáneamente como resultado de la naturaleza social del hombre, ha sido definida por la Doctrina Social de la Iglesia como concepción orgánica de la vida social.

La actuación de las ideologías revolucionarias consiste en destruir toda esta estructura orgánica, para dejar al individuo inerme ante la autoridad social. Esta situación envilece al individuo, pues le priva de una característica propia de su naturaleza, y enaltece nefastamente a la autoridad, que ya no lo es por convicción de sus ciudadanos, sino a través de la coacción, convirtiendo así la relación individuo-Estado en una relación de vasallaje. De esta manera, por muy democráticos que presuman de ser los sistemas políticos, la legitimidad de los gobernantes no existe, o es muy dudosa, en tanto que no gozan de apoyo social, sino del apoyo de miles o millones de individuos que votan a título individual. De esa manera, se la revolución pretende sustituir el concepto “sociedad” por el concepto “suma de individuos”, que carece de estructura y, por supuesto, de capacidad de control de quienes ejercen el poder.

El primer organismo intermedio, el más cercano a la persona, y uno de los que más influye en ella, es la familia. En la familia se gesta la personalidad, el carácter y la formación de las personas, por eso es sumamente interesante para la revolución debilitar la familia, bien mediante su directa destrucción (fomento del aborto, el divorcio), bien mediante la devaluación de su significado y su equiparación moral con otras formas de convivencia.

Y el plan de desestructuración, que tiene varias fases, comienza desde mucho antes de que las familias se conviertan en tales. De entrada, se trabaja por consolidar, en base a esa supuesta libertad sin compromisos, mentalidades egoístas y hedonistas que incapacitan para llevar a término relaciones de pareja duraderas y sólidas. Posteriormente, y una vez constituida la pareja, y si es que dura, se fomenta una mentalidad anti-natalista, un ritmo de vida agobiante, y una pugna entre los cónyuges por la cuestión económica, de suerte que la convivencia de pareja se reduce casi a un mero pacto de no-agresión. Una vez llegan los hijos, y éstos crecen, se les educa contra sus propios progenitores, se les inculca una promiscuidad precoz para que rompan sus lazos afectivos con la familia lo antes posible, y a poder ser de forma conflictiva, para que busquen sus referencias educativas fuera de casa, en un entorno cada vez más estatalizado e impregnado de filosofías edulcoradas que embauquen a esos espíritus facilones que ellos mismo se han encargado de cultivar.

A nivel extra-familiar, se cultiva el resentimiento generalizado hacia la jerarquía, ya sea en la escuela o en el trabajo, que redunda en enfrentamientos internos dentro de las organizaciones de las que se forma parte. El egoísmo e individualismo en que han sido educado esos hijos, ahora adultos, les hace incapaces para consolidar relaciones sociales fiables, desconfían del compromiso y buscan solamente la propia satisfacción personal. De esa manera, se les ha conseguido aislar socialmente, y la convivencia se reduce, como ya adelantara un revolucionario de primer orden, Jean Jacques Rousseau, a un contrato social sin ningún rastro de estructura orgánica. La sociedad se deshilacha, pierde cohesión, se atomiza, y el poder puede actuar coactivamente sin ningún tipo de cortapisa. Es más, el individuo acaba creyendo que esta falsa libertad le ha engrandecido, que se ha liberado, que se ha progresado, de manera que aún agradece y aplaude los “servicios” prestados, realimentado este círculo vicioso.

Puede parecer ciencia-ficción, pero cuanto más pensemos así, menos sensible tendremos el olfato para detectar este sistema de manipulación social, que está funcionando a escala mundial. Bajo esa apariencia aséptica y buenista, se esconde un intento indisimulado de subvertir todo aquello que en la naturaleza humana resulta molesto para el ejercicio del poder absoluto y la manipulación global, que es el fin a que se destinan estas ideologías. De ahí al importancia de educar a las generaciones venideras en la verdad sobre el hombre y el mundo, verdad que sólo puede impartirse en su integridad desde una perspectiva confesional, que es la que culmina la razón de ser última del hombre, pues difícilmente se puede defender la idea de un orden natural creado sin la existencia de un creador, y por ello le mantiene en su realidad de criatura y no de creador, de servidor y no de dueño, en definitiva, la que puede orientar al hombre y a la sociedad hacia el bien, que sí es el fin último del hombre.

martes, 14 de septiembre de 2010

COSAS QUE YA NADIE DICE

Apreciados lectores,
A continuación un compendio, brevísimo, pero igual de intenso, una clase magistral, de esas que ya no se dan ni en las Facultades que se dicen católicas, sobre doctrina política. Retrata a la perfección los males de las epidemias liberales y socialistas (revolucionarias en general), y no se salta ni una coma de cómo debe ejercer un gobernante, así como su papel en el Estado, basándose en la antropolgía profunda y verdadera del hombre.

Don José Antonio era un católico convencido, pero convencido de verdad, es decir, convencido. Era un experto en Doctrina Social de la Iglesia (en el discurso que sigue muestra nítidamente sus principios), y tenía un profundo sentimiento patriótico que sabía canalizar en su más íntegra amplitud. No negaba (como hacen muchos) la inspiración cristiana de su ideario (que no ideología), es más, la reconocía como un valor superior (cosa que hoy no hace nadie) para ordenar y dirigir una nación.


El discurso tiene 77 años, pero lo que en él se dice tiene una vigencia absoluta (excepto las menciones al comunismo, ya devorado por sí mismo), pero pese a ello nadie dice hoy las cosas que D. José Antonio decía. ¿Por qué será?
Hoy ya no existen patriotas, ni apenas católicos convencidos, ni gente que plante cara a este sistema democrático insultante a la inteligencia y a la dignidad humana. Toda la oposición al sistema son paños calientes, males menores y buenas intenciones, pero nadie reconoce que la democracia liberal es un fiasco, una ruina y un descrédito. Y si tiene ingredientes neo-marxistas, como en el caso de Europa Occidental, peor aún.
Lo siento, no soy demócrata ¿se nota?; él tampoco lo era. ¿Y qué?
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DON JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA
DISCURSO DE LA FUNDACION DE FALANGE ESPAÑOLA
Pronunciado en el Teatro de la Comedia de Madrid, el día 29 de octubre de 1933

Nada de un párrafo de gracias. Escuetamente, gracias, como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo.
Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó El Contrato Social, dejó de ser la verdad política una entidad permanente. Antes, en otras épocas más profundas, los Estados, que eran ejecutores de misiones históricas, tenían inscritas sobre sus frentes, y aun sobre los astros, la justicia y la verdad. Juan Jacobo Rousseau vino a decirnos que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones de voluntad.
Juan Jacobo Rousseau suponía que el conjunto de los que vivimos en un pueblo tiene un alma superior, de jerarquía diferente a cada una de nuestras almas, y que ese yo superior está dotado de una voluntad infalible, capaz de definir en cada instante lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Y como esa voluntad colectiva, esa voluntad soberana, sólo se expresa por medio del sufragio — conjetura de los más que triunfa sobre la de los menos en la adivinación de la voluntad superior — , venía a resultar que el sufragio, esa farsa de las papeletas entradas en una urna de cristal, tenía la virtud de decirnos en cada instante si Dios existía o no existía, si la verdad era la verdad o no era la verdad, si la Patria debía permanecer o si era mejor que, en un momento, se suicidase.
Como el Estado liberal fue un servidor de esa doctrina, vino a constituirse no ya en el ejecutor resuelto de los destinos patrios, sino en el espectador de las luchas electorales. Para el Estado liberal sólo era lo importante que en las mesas de votación hubiera sentado un determinado número de señores; que las elecciones empezaran a las ocho y acabaran a las cuatro; que no se rompieran las urnas. Cuando el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas. Después, a respetar tranquilamente lo que de las urnas saliera, como si a él no le importase nada. Es decir, que los gobernantes liberales no creían ni siquiera en su misión propia; no creían que ellos mismos estuviesen allí cumpliendo un respetable deber, sino que todo el que pensara lo contrario y se propusiera asaltar el Estado, por las buenas o por las malas, tenía igual derecho a decirlo y a intentarlo que los, guardianes del Estado mismo a defenderlo.
De ahí vino el sistema democrático, que es, en primer lugar, el más ruinoso sistema de derroche de energías. Un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es tal vez la más noble de las funciones humanas, tenía que dedicar el ochenta, el noventa o el noventa y cinco por ciento de su energía a sustanciar reclamaciones formularias, a hacer propaganda electoral, a dormitar en los escaños del Congreso, a adular a los electores, a aguantar sus impertinencias, porque de los electores iba a recibir el Poder; a soportar humillaciones y vejámenes de los que, precisamente por la función casi divina de gobernar, estaban llamados a obedecerle; y si, después de todo eso, le quedaba un sobrante de algunas horas en la madrugada, o de algunos minutos robados a un descanso intranquilo, en ese mínimo sobrante es cuando el hombre dotado para gobernar podía pensar seriamente en las funciones sustantivas de Gobierno.
Vino después la pérdida de la unidad espiritual de los pueblos, porque como el sistema funcionaba sobre el logro de las mayorías, todo aquel que aspiraba a ganar el sistema, tenía que procurarse la mayoría de los sufragios. Y tenía que procurárselos robándolos, si era preciso, a los otros partidos, y para ello no tenía que vacilar en calumniarlos, en verter sobre ellos las peores injurias, en faltar deliberadamente a la verdad, en no desperdiciar un solo resorte de mentira y de envilecimiento. Y así, siendo la fraternidad uno de los postulados que el Estado liberal nos mostraba en su frontispicio, no hubo nunca situación de vida colectiva donde los hombres injuriados, enemigos unos de otros, se sintieran menos hermanos que en la vida turbulenta y desagradable del Estado liberal.
Y, por último, el Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica, porque a los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: "Sois libres de trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien: como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis, no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal". Y así veríais cómo en los países donde se ha llegado a tener Parlamentos más brillantes e instituciones democráticas más finas, no teníais más que separamos unos cientos de metros de los barrios lujosos para encontramos con tugurios infectos donde vivían hacinados los obreros y sus familias, en un límite de decoro casi infrahumano. Y os encontraríais trabajadores de los campos que de sol a sol se doblaban sobre la tierra, abrasadas las costillas, y que ganaban en todo el año, gracias al libre juego de la economía liberal, setenta u ochenta jornales de tres pesetas.
Por eso tuvo que nacer, y fue justo su nacimiento (nosotros no recatamos ninguna verdad), el socialismo. Los obreros tuvieron que defenderse contra aquel sistema, que sólo les daba promesas de derechos, pero no se cuidaba de proporcionarles una vida justa.
Ahora, que el socialismo, que fue una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal, vino a descarriarse, porque dio, primero, en la interpretación materialista de la vida y de la Historia; segundo, en un sentido de represalia; tercero, en una proclamación del dogma de la lucha de clases.
El socialismo, sobre todo el socialismo que construyeron, impasibles en la frialdad de sus gabinetes, los apóstoles socialistas, en quienes creen los pobres obreros, y que ya nos ha descubierto tal como eran Alfonso García Valdecasas; el socialismo así entendido, no ve en la Historia sino un juego de resortes económicos: lo espiritual se suprime; la Religión es un opio del pueblo; la Patria es un mito para explotar a los desgraciados. Todo eso dice el socialismo. No hay más que producción, organización económica. Así es que los obreros tienen que estrujar bien sus almas para que no quede dentro de ellas la menor gota de espiritualidad.
No aspira el socialismo a restablecer una justicia social rota por el mal funcionamiento de los Estados liberales, sino que aspira a la represalia; aspira a llegar en la injusticia a tantos grados más allá cuantos más acá llegaran en la injusticia los sistemas liberales.
Por último, el socialismo proclama el dogma monstruoso de la lucha de clases; proclama el dogma de que las luchas entre las clases son indispensables, y se producen naturalmente en la vida, porque no puede haber nunca nada que las aplaque. Y el socialismo, que vino a ser una crítica justa del liberalismo económico, nos trajo, por otro camino, lo mismo que el liberalismo económico: la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres.
Así resulta que cuando nosotros, los hombres de nuestra generación, abrimos los ojos, nos encontramos con un mundo en ruina moral, un mundo escindido en toda suerte de diferencias; y por lo que nos toca de cerca, nos encontramos en una España en ruina moral, una España dividida por todos los odios y por todas las pugnas. Y así, nosotros hemos tenido que llorar en el fondo de nuestra alma cuando recorríamos los pueblos de esa España maravillosa, esos pueblos en donde todavía, bajo la capa más humilde, se descubren gentes dotadas de una elegancia rústica que no tienen un gesto excesivo ni una palabra ociosa, gentes que viven sobre una tierra seca en apariencia, con sequedad exterior, pero que nos asombra con la fecundidad que estalla en el triunfo de los pámpanos y los trigos. Cuando recorríamos esas tierras y veíamos esas gentes, y las sabíamos torturadas por pequeños caciques, olvidadas por todos los grupos, divididas, envenenadas por predicaciones tortuosas, teníamos que pensar de todo ese pueblo lo que él mismo cantaba del Cid al verle errar por campos de Castilla, desterrado de Burgos:
¡Dios, qué buen vasallo si ovierá buen señor!
Eso vinimos a encontrar nosotros en el movimiento que empieza en ese día: ese legítimo soñar de España; pero un señor como el de San Francisco de Borja, un señor que no se nos muera. Y para que no se nos muera, ha de ser un señor que no sea, al propio tiempo, esclavo de un interés de grupo ni de un interés de clase.
El movimiento de hoy, que no es de partido, sino que es un movimiento, casi podríamos decir un antipartido, sépase desde ahora, no es de derechas ni de izquierdas. Porque en el fondo, la derecha es la aspiración a mantener una organización económica, aunque sea injusta, y la izquierda es, en el fondo, el deseo de subvertir una organización económica, aunque al subvertiría se arrastren muchas cosas buenas. Luego, esto se decora en unos y otros con una serie de consideraciones espirituales. Sepan todos los que nos escuchan de buena fe que estas consideraciones espirituales caben todas en nuestro movimiento; pero que nuestro movimiento por nada atará sus destinos al interés de grupo o al interés de clase que anida bajo la división superficial de derechas e izquierdas.
La Patria es una unidad total, en que se integran todos los individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día, y el Estado que cree, sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de una unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama Patria.
Y con eso ya tenemos todo el motor de nuestros actos futuros y de nuestra conducta presente, porque nosotros seríamos un partido más si viniéramos a enunciar un programa de soluciones concretas. Tales programas tienen la ventaja de que nunca se cumplen. En cambio, cuando se tiene un sentido permanente ante la Historia y ante la vida, ese propio sentido nos da las soluciones ante lo concreto, como el amor nos dice en qué caso debemos reñir y en qué caso nos debemos abrazar, sin que un verdadero amor tenga hecho un mínimo programa de abrazos y de riñas.
He aquí lo que exige nuestro sentido total de la Patria y del Estado que ha de servirla.
Que todos los pueblos de España, por diversos que sean, se sientan armonizados en una irrevocable unidad de destino.
Que desaparezcan los partidos políticos. Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio, nacemos todos miembros de una familia; somos todos vecinos de un Municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si ésas son nuestras unidades naturales, si la familia y el Municipio y la corporación es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos el instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos, que, para unimos en grupos artificiales, empiezan por desunimos en nuestras realidades auténticas?
Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre. Porque sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros le estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse. Sólo cuando al hombre se le considera así, se puede decir que se respeta de veras su libertad, y más todavía si esa libertad se conjuga, como nosotros pretendemos, en un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden.
Queremos que todos se sientan miembros de una comunidad seria y completa; es decir, que las funciones a realizar son muchas: unos, con el trabajo manual; otros, con el trabajo del espíritu; algunos, con un magisterio de costumbres y refinamientos. Pero que en una comunidad tal como la que nosotros apetecernos, sépase desde ahora, no debe haber convidados ni debe haber zánganos.
Queremos que no se canten derechos individuales de los que no pueden cumplirse nunca en casa de los famélicos, sino que se dé a todo hombre, a todo miembro de la comunidad política, por el hecho de serio, la manera de ganarse con su trabajo una vida humana, justa y digna.
Queremos que el espíritu religioso, clave de los mejores arcos de nuestra Historia, sea respetado y amparado como merece, sin que por eso el Estado se inmiscuya en funciones que no le son propias ni comparta — como lo hacía, tal vez por otros intereses que los de la verdadera Religión — funciones que sí le corresponde realizar por sí mismo.
Queremos que España recobre resueltamente el sentido universal de su cultura y de su Historia.
Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho — al hablar de "todo menos la violencia" — que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria.
Esto es lo que pensamos nosotros del Estado futuro que hemos de afanamos en edificar.
Pero nuestro movimiento no estaría del todo entendido si se creyera que es una manera de pensar tan sólo; no es una manera de pensar: es una manera de ser. No debemos proponemos sólo la construcción, la arquitectura política. Tenemos que adoptar, ante la vida entera, en cada uno de nuestros actos, una actitud humana, profunda y completa. Esta actitud es el espíritu de servicio y de sacrificio, el sentido ascético y militar de la vida. Así, pues, no imagine nadie que aquí se recluta para ofrecer prebendas; no imagine nadie que aquí nos reunimos para defender privilegios. Yo quisiera que este micrófono que tengo delante llevara mi voz hasta los últimos rincones de los hogares obreros, para decirles: sí, nosotros llevamos corbata; sí, de nosotros podéis decir que somos señoritos. Pero traemos el espíritu de lucha precisamente por aquello que no nos interesa como señoritos; venimos a luchar porque a muchos de nuestras clases se les impongan sacrificios duros y justos, y venimos a luchar por que un Estado totalitario alcance con sus bienes lo mismo a los poderosos que a los humildes. Y así somos, porque así lo fueron siempre en la Historia los señoritos de España. Así lograron alcanzar la jerarquía verdadera de señores, porque en tierras lejanas, y en nuestra Patria misma, supieron arrostrar la muerte y cargar con las misiones más duras, por aquello que precisamente, como a tales señoritos, no les importaba nada.
Yo creo que está alzada la bandera. Ahora vamos a defenderla alegremente, poéticamente. Porque hay algunos que frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que pueda despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación! A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!
En un movimiento poético, nosotros levantaremos este fervoroso afán de España; nosotros nos sacrificaremos; nosotros renunciaremos, y de nosotros será el triunfo; triunfo que — ¿para qué os lo voy a decir? — no vamos a lograr en las elecciones próximas. En estas elecciones votad lo que os parezca menos malo. Pero no saldrá de ahí vuestra España, ni está ahí nuestro marco. Esa es una atmósfera turbia, ya cansada, como de taberna al final de una noche crapulosa. No está ahí nuestro sitio. Yo creo, sí, que soy candidato; pero lo soy sin fe y sin respeto. Y esto lo digo ahora, cuando ello puede hacer que se me retraigan todos los votos. No me importa nada. Nosotros no vamos a ir a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está fuera, aunque tal vez transitemos, de paso, por el otro. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas, Que sigan los demás con sus festines. Nosotros fuera, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas.

domingo, 5 de septiembre de 2010

TRAS EL RASTRO DE LA REVOLUCIÓN

Por Javier de Miguel

Ante el abrumador florecimiento, especialmente acontecido durante los últimos dos siglos, de ideologías de índole revolucionaria, y su profunda asimilación por parte de las sociedades occidentales modernas, adquiere gran importancia educar al intelecto para detectarlas y desenmascararlas, para lo cual parece oportuno fijar una serie de parámetros básicos.

Hemos dicho en multitud de ocasiones que, a pesar de lo variopinto de las ideologías que pueden denominarse revolucionarias, hay una serie de factores ceteris paribus, y que son, estableciendo el símil biológico, el núcleo del genoma revolucionario. Al igual que un hombre puede ser alto, bajo, rubio o moreno, por encima de todo es hombre porque así lo determina su ADN. Lo mismo ocurre pues con las ideologías revolucionarias, y nuestro objetivo será exponer brevemente qué elementos componen ese núcleo básico.

La verdad es que, en muchas ocasiones, dicho núcleo ve retratado más o menos fácilmente en la práctica, pero más de forma intuitiva que analítica, de manara que resulta interesante saber en base a qué argumentos de índole más teórica o filosófica podemos llegar a dichas conclusiones. En definitiva, se trata de ordenar la mente para trazar los rasgos básicos del esqueleto de dichas ideologías.

La definición que analizaremos, lo suficientemente breve para no desorientar, pero lo suficientemente extensa como para condensar todo lo que de esencial tienen estas ideologías. Así, podríamos identificar una ideología revolucionaria como:

Ideología subversiva con motivaciones materialistas, desplegada de manera subliminal y no-violenta, básicamente a través de los resortes culturales y de opinión, especialmente centrada en la confusión creada por una perversión del lenguaje.

De esta definición, se pueden desprender cuatro grandes rasgos, que a su vez se pueden desdoblar en dos categorías: dos primarios, de carácter más teórico, y otros dos secundarios, que tienden a definir el modus operandi de esos dos principios teóricos.

En primer lugar cabe decir que, mientras que todas las ideologías revolucionarias son subversivas, no quiere decir que todas las ideas subversivas sean revolucionarias, al menos al modo en que aquí tratamos el término “revolución”. El diccionario de la Real Academia de la Lengua define “subvertir” como "trastornar, revolver, destruir, especialmente en lo moral". Por tanto, por subversión podemos entender la modificación, por lo general, brusca, (en los fines, que no siempre en los modos), del orden moral establecido.

No obstante, si el orden moral establecido es objetivamente injusto, entonces una subversión puede estar legitimada, siempre y cuando se empleen para ello los medios más proporcionados posibles. Pero, en cualquier caso, insisto, una situación límite de degeneración social y corrupción moral puede legítimamente ser abortada por medios que, literalmente, se consideran subversivos, pero que no son revolucionarios.

Así pues, ¿qué es lo que de subversivo tiene la revolución que la hace ilegítima? Evidentemente, su trasfondo. Y con ello llegamos a definir el segundo rasgo de las ideologías revolucionarias: una motivación filosófica de carácter materialista.

En filosofía, una doctrina se define como materialista cuando reduce su ámbito de acción a lo meramente material, negando la metafísica, y con ella, toda una serie de conceptos como la moral objetiva, la ley natural, y sobre todo niega el origen inmaterial de aspectos tan poco “materiales” como la libertad o los sentimientos, atribuyéndolos a secuencias definibles en términos materiales. Por descontado, niega el carácter inmaterial del alma, y por más descontado todavía, toda referencia a la trascendencia.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos aporta un matiz nuevo a esta definición:

“el materialismo práctico, que limita sus necesidades y sus ambiciones al espacio y al tiempo”.

Por tanto, una filosofía de índole materialista se identifica y adquiere su sentido en la gestión de las cosas en clave exclusivamente terrena, especialmente cuando éstas tienen que ver con los recursos materiales, como el dinero, el poder o la libertad en sentido material, de la que aquí hemos hablado en artículos precedentes.

El marxismo, padre de las ideologías revolucionarias de hoy, atacaba una estructura social que consideraba, siempre en términos materiales, de opresión- sumisión, en sus orígenes una opresión de cariz económico, pero que con el tiempo se ha ido extrapolando a otras relaciones sociales que paralelamente se consideraban de opresión-sumisión, como es el caso de la lucha de sexos y la lucha de generaciones, de suerte que el destino humano estaba en manos de la conciencia de los oprimidos para liberarse de los opresores.

Pero resulta extremadamente curioso que el marxismo y neo-marxismo proponen como solución, no una organización que, al menos desde su punto de vista, pudiese ser considerada más equilibrada, sino otra relación de dominación, pero a la inversa, de manera que el dominado se convierta en el dominador. Lo encontramos en el concepto marxista de “dictadura del proletariado”, y en las doctrinas neo-marxistas, en las ideologías “misándricas” que postula la lucha de sexos, y en las posturas antifamiliares, por lo que a la lucha de generaciones se refiere.

Todas estas luchas se plantean en clave de libertad, pero de una libertad material, entendida como la ausencia de condicionantes materiales, a saber, dinero, dependencia sentimental o económica, etc, que sería el objetivo último del ser humano, y que justificaría así la destrucción de dichas relaciones consideradas como opresivas para una de las dos partes, llámense matrimonio, familia o jerarquía. El hombre así solamente se realizaría a sí mismo rompiendo sus lazos y vínculos en la medida en que no le permiten ser “libre”, lo que se entiende como ejecutar a toda costa sus proyectos personales, por descabellados que éstos sean. Obviamente, este dislate niega rotundamente una verdad antropológica también rotunda, que es el carácter social de la naturaleza humana. O si no la niega, al menos considera que la felicidad se encuentra en superar esa naturaleza y construir su historia sobre una tabla rasa moldeada al gusto.

Estas serían las características que podríamos llamar primarias, en tanto que responden a la motivación teórica de las ideologías revolucionarias. Sin embargo, hay algunas otras características, más de orden práctico, pero que pueden servir para desenmascararlas en la medida en que suponen herramientas de detección

La primera de ellas, adquirida más recientemente, sería su carácter subliminal. Las revoluciones violentas han muerto, para dar paso a otras de carácter subrepticio, de infiltración en la cultura, como sus propios autores la definieron después de la Segunda Guerra Mundial. La subversión a través de las armas ha dado paso a la subversión a través de la educación, cultura, la propaganda y los resortes del propio poder. En definitiva, es un terrorismo de guante blanco que actúa paciente pero constantemente para invertir las escalas de valores, para dar, bajo un engañoso aspecto de neutralidad, la carta de ciudadanía a valores y situaciones anormales y reprobables desde el punto de vista moral (como el divorcio, el aborto, la homosexualidad, el adulterio, el concubinato o, más ampliamente, el agnosticismo o el ateísmo práctico).

La perversión del lenguaje a través de su ambigüedad sería la cuarta característica, y la segunda de las secundarias. No sólo se modifica la grafía de las palabras, sino su significado, al introducir sesgos ambiguos y relativizando los conceptos, que son circunscritos al ámbito de lo subjetivo, lo cultural y lo contingente, y que por tanto, pueden ser interpretados de manera diferente según las circunstancias. Así, palabras de textura suave como “libertad”, “legalidad”, “autonomía”, “solidaridad”, “bienestar”, “valores”, “derechos humanos” o “ética cívica” esconden malévolamente estructuras subversivas de cambio cultural, pues bajo una falsa neutralidad introducen fuertes dosis de relativismo y pensamiento superficial, cosas ambas que no son precisamente neutrales.

En definitiva, es absolutamente fundamental asimilar estas variables para poder llegar a un diagnóstico correcto de lo que es una ideología revolucionaria. Lo cual no se puede negar que requiere alguna dosis de pensamiento reflexivo y de perspectiva mental, que es una de las primeras cosas que la revolución se encarga de eliminar, aboliendo el sentido común y el pensamiento crítico. Por eso mismo, porque es el propio síntoma el que camufla la enfermedad, es necesario vacunarse de ella frecuentemente a base de lectura, estudio detenido y gimnasia filosófica. Desempolvar a Platón y Aristóteles nos enseñará, entre otras cosas, que la democracia también tiene inconvenientes, y muchos; rescatar a Santo Tomás de Aquino, o la misma lectura del libro del Génesis nos dará una lección magistral de antropología, ayudándonos a entender qué es el hombre. Todo ello nos permitirá tener claro que hay una relación exponencialmente inversa entre lo que sabemos y lo que creemos que sabemos. Y les puedo asegurar que es como pasar de la noche al día.

lunes, 9 de agosto de 2010

REVOLUCIÓN, NACIONALISMO Y PATRIOTISMO

Por Javier de Miguel

¿Qué tiene de bueno o malo la unidad de España? ¿Para qué sirve la patria? ¿no es acaso un convencionalismo que puede alterarse al antojo de las circunstancias históricas? ¿no es acaso un valor amoral? ¿el fruto de un pacto? ¿por qué el empeño de algunos en mantener a España unida? ¿por qué el de otros en separarla? ¿acaso no es indistinto para la nación adoptar una forma política u otra?.

Estas preguntas asaltan con frecuencia a muchas personas, que piensan que es suficiente con que en un país haya justicia social, paz y prosperidad, y que por tanto, la organización del Estado es indiferente a todo ello, pues no expresa nada ni contribuye en nada a la consecución de esos loables objetivos, pero que ignoran los mismos sólo se llevan a buen término bajo el paraguas de unos valores y tradiciones comunes.

España está acostumbrada históricamente a convivir unida: unida no sólo conservó su soberanía, sino que construyó el imperio más extenso de la Tierra durante varios siglos, se mantuvo fiel a su herencia cristiana pese a la tiranía islámica, fue pionera de la cultura europea en el medioevo, y en definitiva cimentó su sociedad en los valores inspirados por el Evangelio desde que se abrazara oficialmente el cristianismo allá por el año 589 (Concilio de Toledo). Estos y otros similares, son motivos más que suficientes para poder decir alto y claro que España existe como unidad, y que esa unidad debe ser respetada y apreciada, y que merece una defensa feroz e incondicional frente a los cada vez más abundantes ataques externos que sufre.

Por este motivo, podemos entender el interés de las fuerzas revolucionarias, en su afán por dinamitar toda tradición y continuidad histórica, sobre todo por lo que a tradición moral y religiosa se refiere, en debilitar el concepto de patria y ridiculizar su significado, menospreciar el papel del Ejército, ningunear a la bandera y escatimar el uso de la palabra España, sutilmente sustituida por expresiones como “este país”, “el país”, etc. Así, bajo un falaz internacionalismo de raíz marxista, y amparada en el pretexto de la globalización, lo que la revolución pretende es diluir el concepto de nación y diluir así la personalidad y tradición propias de las mismas, para dejar impunes sus procesos de ingeniería social totalitaria.

Uno de los ataques más frecuentes padecidos contra la patria y el sentimiento patriótico en España consiste en identificar calculadamente estos sentimientos de pertenencia con un nacionalismo en sentido paranoico y despectivo. Y creo que, respecto al concepto de nacionalismo, conviene hacer un distingo. Cabe separar aquel nacionalismo que defiende sana y justamente la unidad e identidad de una nación determinada, en base a unos fundamentos históricos, pero que, manteniendo sus ideales y principios, no renuncia a levantar la cabeza, mirar hacia fuera, relacionarse con el mundo de igual a igual, y aprender de otros aquello que más conviene para el desarrollo y el bien común de su sociedad, y que podríamos distinguir con la denominación, por otro lado no nueva, de “patriotismo”; y por otro lado, existe aquel nacionalismo diseñado políticamente para alimentar el revuelo de las masas, el odio hacia lo foráneo, que solamente se mira el ombligo, que prefiere “sus cosas”, aunque sean negativas, sólo porque son suyas, y que se comporta tiránicamente con aquellos que no comulgan con su retahíla de absurdas y artificiales imposiciones. Es aquel nacionalismo que, de la noche a la mañana, propugna que hay que odiar al vecino porque es diferente a mí. Huelga decir que este segundo nacionalismo, a diferencia del primero, no sólo no tiene sentido, sino que es un caldo de cultivo de derrumbamiento social y de fracaso colectivo. Y hay que aclarar que la distinción entre ambos no depende de que uno sea más “moderado” o “radical”, sino que uno, el primero, parte de una realidad histórica constatable, mientras que el segundo es un movimiento populista y anárquico, y tiene como bandera la agitación social y la instrumentalización política. Por tanto, insisto, a patriotismo y nacionalismo no les distingue su intensidad, sino su objetivo y legitimidad. Por supuesto, las ideologías revolucionarias sólo tienen inquina al patriotismo, que es que le resulta peligroso, ya que el segundo tipo de nacionalismo no le resulta amenazante, puesto que es suicida por definición, resultanso incluso un buen aliado circunstancial.

El concepto de nación también sufre ataques a nivel supranacional: el concepto “Europa” representa una de las armas más poderosas de que la revolución dispone para lograr sus objetivos. Vaya por delante que no debemos engañarnos: Europa podrá llegar a ser, en mayor o menor medida, una unidad económica, pero jamás será una unidad política, porque comprende un conglomerado tan sumamente heterogéneo de tradiciones, historias e idiosincrasias, que repele al intelecto su consideración como un todo. Y para más escándalo, no sólo se incide en lo que nos diferencia, sino que se omite aquello que Europa sí tiene en común, como es la religión cristiana (el interés por integrar a Turquía, así como la ausencia de mención alguna a la tradición cristiana de Europa, son las muestras más significativas sobre el papel). Por tanto, se pretende construir Europa creando una unidad artificial, una tabla rasa donde los ingenieros sociales de la revolución puedan sentirse a sus anchas diseñando nuevos “valores” como el laicismo o la benevolencia y el buenismo hacia el avance de la cultura islámica en el continente. Todos ellos, anti-valores destructivos para el bien común, y adalides de la revolución a nivel continental. Insisto, la perversidad de todo este movimiento es que, haciendo ver que unen, desunen, y haciendo ver que fortalecen, debilitan. Por eso llegan a pasar desapercibidos, e incluso reciben el aplauso de muchos.

Volviendo al caso de España, es innegable, y los hechos lo demuestran, que se ha claudicado miserablemente desde hace ya décadas frente a los dos enemigos de la patria: por un lado, los independentismos, encarnados en el nacionalismo del segundo tipo antes mencionado, y amparados en una supuesta pluralidad que se centra en lo local y olvida intencionadamente el acervo común que esa pluralidad tiene; y por otro lado, el socialismo y su calculada flojera patriótica, ansioso por dinamitar todo aquello que representa un freno a sus ambiciones totalitarias. Ambos no sólo obtuvieron carta de ciudadanía gracias a la Transición, sino que incluso han llegado a alcanzar un estatus de superioridad moral respecto a las fuerzas políticas que han defendido rectamente la continuidad en la unidad política, social y cultural de España.

Una sociedad sin patria, sin historia, sin pasado, es una sociedad desorientada, manipulable, cerril y anquilosada. Por eso, si en artículos precedentes hablamos de alianza diabólica entre liberalismo y socialismo, de la misma manera podemos afirmar sin miedo a errar que, dentro del lupanar ideológico que representa la revolución, el nacionalismo destructivo es, y en especial en el caso de España, otro gran aliado del neo-socialismo para acabar con aquellos valores y principios que han inspirado a España en su quehacer político y social, a lo largo de siglos, con el único fin de instaurar su régimen nihilista y alienante, del cual el socialismo es nudo propietario, y el nacionalismo perverso, usufructuario. Una inversión hasta ahora rentable para ambos, y contra la que sólo se puede empezar a luchar desde la re-inculturación y el ahondamiento en aquello que se quiere destruir: el valor moral de la patria.

viernes, 18 de junio de 2010

LA DIABÓLICA ALIANZA

Por Javier de Miguel

Al hablar de “revolución”, en muchas ocasiones podemos caer en la tentación de hablar demasiado en abstracto, y dejar de señalar con el dedo a las ideologías que están detrás de ella.

Lo sorprendente de la revolución es que, pese a no introducir, en su compendio ideológico, ninguna novedad respecto de ideologías nacidas siglos atrás, es en sí una novedad, precisamente por lo ambiguo de su calificación ideológica. Y es que, de hecho, pienso que no se puede identificar a la revolución con una ideología única, sino más bien como el resultado de una serie de pactos entre ideologías, muchas veces contradictorias entre sí, que han aceptado claudicar en ciertos aspectos programáticos en beneficio del fin a conseguir.

Un ejemplo claro de las políticas revolucionarias que se están desarrollando en Occidente lo podríamos denominar liberal-socialismo, o social-liberalismo. A cualquiera que esté mínimamente iniciado en filosofía política, esta combinación le parecerá aberrante, pues nada hay más anti-liberal que el socialismo, y nada más anti-socialista que el liberalismo. Mientras el liberalismo afirma la individualidad absoluta del hombre, fundada en su libertad como fin, y sólo acepta la organización social como un pacto tan inevitable como artificial, el socialismo se ubica en las antípodas del liberalismo, reconociendo tan sólo la individualidad del hombre en tanto que parte del engranaje social, del cual el Estado es férreo controlador. En otras palabras, también podemos decir que el liberalismo ensalza la libertad, aunque sea, en muchos casos una libertad mal definida, mientras que al socialismo le repugna cualquier tipo de libertad.

A partir de la segunda guerra mundial, el socialismo en Europa Occidental comenzó a tomar un cariz crecientemente liberal, acrecentado a partir de la década de los sesenta. A partir de entonces, la revolución ya no sería ni la revolución liberal hija de la Ilustración, ni la revolución bolchevique alineada con los dictados de Moscú. Las políticas implementadas, sin ir más lejos en España, diagnostican claramente la simbiosis que se ha creado entra ambas ideologías.

Vamos con algunos ejemplos: la aceptación social y legal de la homosexualidad y de los matrimonios entre homosexuales, del amor libre, del aborto, etc, frutos todos ellos del Estado-pilato liberal, y muchos de ellos perseguidos en los regímenes totalitarios socialistas, han sido ampliamente apoyados e instaurados por partidos de cartel socialista (que después los partidos liberales de derechas han mantenido, como no podía ser de otra forma).

Por otro lado, parece razonable pensar que ha sido el socialismo el que ha bebido en las fuentes del liberalismo, más que a la inversa, pero lo cierto es que, camuflado en el socialismo por lo que a los partidos “de izquierda” se refiere, y en su más pura esencia en los partidos “de derechas”, el liberalismo está mucho más presente y goza de más amplio respaldo en la opinión pública que el socialismo puro, al que, pese a ser más reciente como ideología, se le considera anacrónico, en tanto que representa un modelo de organización destinado al fracaso. El socialismo, así, ha decidido jugar al juego parlamentario, pero por supuesto con las reglas del juego liberales. Porque el vencedor histórico-ideológico del siglo XX ha sido el liberalismo, y por tanto, es el socialismo el que tiene que mover ficha hacia él, y no al revés.

Una vez explicado muy someramente lo que separa a liberales y socialistas, vayamos a lo más importante que nos ocupa ahora, que es lo que tienen en común, lo que les une y les hace caminar juntos. Tanto unos como otros presentan como principio irrenunciable la soberanía de la política sobre la moral, una moral que para ambos es definida no en sí misma, sino precisamente en función del juego político, de manera que la moral no es más que una rama que crece del tronco del juego parlamentario, y no al revés. El socialismo lo ha hecho evolucionando desde la figura del Estado autoritario hacia la del Estado liberal, pero la esencia de ambos en este aspecto es la misma.

Una consecuencia secundaria, pero no por ello menos importante de esto es la animadversión que ambos comparten hacia la presencia de inspiración religiosa en la vida pública, e incluso en la privada. En este sentido, también el socialismo ha tenido que aprender del liberalismo. La violencia explícita ya no está de moda: no es democrática. Por eso las ideologías filo-socialistas ya no andan quemando iglesias ni asesinando religiosos, lo cual no quiere decir que hayan claudicado en su objetivo de erradicar cualquier atisbo de religiosidad en la sociedad. Más bien se han adoctrinado en los métodos liberales para ir apartando a la religión de la vida pública. A través del mal denominado Estado de Derecho, se sirven de la ley, supuestamente inspirada en la soberanía popular, otro principio de suyo liberal, para promulgar leyes que reemplazan a la razón natural por la razón subjetiva, que es otro principio liberal. La ley deja así de estar inspirada en la moral para estarlo en la coacción. La frontera del totalitarismo ya ha sido atravesada, y lo ha sido precisamente siguiendo el ideario liberal. Porque no tenemos que olvidar que antes del Archipíelago Gulag y de las purgas estalinistas, productos socialistas, ya habían existido los jacobinos, sus guillotinas, los saqueos a Iglesias, etc, todos ellos hijos de la “libertad” del liberalismo.

No lo olvidemos, en la historia, el telón de la violencia no lo levanta el socialismo, sino el liberalismo. Después, a partir de principios del S.XIX el liberalismo pasa a ponerse el cartel de civilizado, y es el socialismo el que entonces pasa a ser semilla de violencia. Cada uno tuvo su siglo, y parece que de momento el siglo XXI se lo están repartiendo ambos como buenos hermanos.

Por tanto, el socialismo contemporáneo, sin haber renunciado del todo a sus pretensiones totalitarias, ha heredado del liberalismo métodos más sibilinos para alcanzar dichas aspiraciones, que por otro lado no son muy distintas a las del liberalismo. Son dos ideologías cuyos destinos nunca pensaron sus fundadores que acabarían encontrándose. Son dos ideologías aparentemente opuestas, que han cruzado sus caminos en una época de declive de la filosofía política, donde lo que prima es la utilidad electoral de un sistema-banquete diseñado por liberales, pero cuyos comensales no tienen por qué rezar el credo liberal crudo, solamente basta que alcen las copas y brinden al grito de: “Seremos como dioses”.

viernes, 7 de mayo de 2010

LO QUE HARÍA LA REVOLUCIÓN CON LA IGLESIA

Por Javier de Miguel

Apreciados lectores,

A finales del año pasado, colgué este artículo de Elisa Serna en Público, explícitamente sintético del odio visceral de las ideologías revolucionarias hacia la religión, especialmente la católica, y donde se recogen insultos de toda índole, diría, incluso, denunciables.

A continuación presento un breve comentario a los párrafos más indigantes de dicho artículo (sin un sólo insulto, y basándome exclusivamente en el literal del texto).



La última monarquía absolutista de Europa, la iglesia católica, apostólica y romana, ICAR, acaba el año conculcando derechos humanos adquiridos por los españoles, en actos multitudinarios.

Uno de esos derechos es precisamente el de expresión y censura al sistema. Y éste es el derecho que se pretende conculcar, y son ustedes quienes lo quieren conculcar, en vista de lo que dicen y escriben.

El arzobispo de Madrid, José María Rouco Varela desde Madrid y Josep Ratzinguer, Papa de los católicos, desde Roma, unieron sus voces contra la Reforma de la Ley del Aborto y la Ley de integración de las bodas de gays y lesbianas, en el nombre de un Dios, que probablemente no existe.

Se aprecia una notable contundencia en la afirmación. ¿Probablemente? Estamos ante la proclamación de la nueva religión oficial del Estado a-teocéntrico: el nacional-ateísmo, o el nacional-agnosticismo, por cierto, de obligado cumplimiento.

“El Ur-Fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo”

Me remito a una frase de Felipe González: “hay una nueva forma de fascismo que es calificar de fascista a todos los que no piensan como uno”. Ni pintado….

El particular desarrollo de la Transición en España, nos obliga a convivir en régimen de estupro con la extrema-derecha española. La misa pública de ayer domingo, fue una muestra de la “impunitis” que padece la jerarquía católica en la inacabada democracia española.

¿Y que sugiere que habría que hacer para eliminar esa “impunitis”? ¿Volver a las checas? ¿a Paracuellos? ¿a la quema de Iglesias y asesinato de religiosos?

Allí acudieron […] obispos y sacerdotes de seglar responsables del secuestro de más de 30.000 niñas y niños en post-guerra, fascistas sin esvásticas, responsables del Holocausto republicano, cirujanos de obstetricia con el juramento hipocrático roto respecto a las abortistas, fanáticos nacional-católicos, mujeres sin conciencia feminista


Analicemos insulto por insulto…

- Ignoraba que los sacerdotes y obispos se hubiesen dedicado a secuestrar a nadie durante la post-guerra ni se hubiesen dedicado a realizar Holocaustos. Más bien, pensaba que quienes quemaban iglesias tan sólo un mes después de (ilegítimamente) proclamada la II República, que quienes amenazaban de muerte a sus adversarios políticos, que quienes mataron a Calvo Sotelo eran otros: y que los responsables de ello por no haber movido un dedo al respecto fueron los sucesivos gobiernos de la izquierda republicana. Pero se ve que en historia de España no estoy muy puesto. Uno no se acuesta sin saber una cosa más.

- Juramento hipocrático roto por negarse a practicar abortos
¿Quieren saber lo que dice, entre otras cosas, el juramento hipocrático original? Fíjense, se lo transcribo sin tocar ni una coma…

Llevaré adelante ese régimen, el cual de acuerdo con mi poder y discernimiento será en beneficio de los enfermos y les apartará del perjuicio y el terror. A nadie daré una droga mortal aun cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer pesarios abortivos. Pasaré mi vida y ejerceré mi arte en la inocencia y en la pureza.

La Conferencia de Ginebra lo actualizó, añadiendo al efecto como deber moral del galeno:

VELAR con el máximo respeto por la vida humana

Por otro lado, el Código de ética y deontología médica español de 1990 dice en su articulo 25 que "no es deontológico admitir la existencia de un periodo en que la vida humana carece de valor. En consecuencia, el médico está obligado a respetarla desde su comienzo". Y en su articulo 27 dice que "es conforme a la deontología que el médico, por razón de sus convicciones éticas o científicas, se abstenga de intervenir en la práctica del aborto o en cuestiones de reproducción humana o de trasplante de órganos”.

El mismo código, en la versión de 1999, añade: Artículo 26
1. El médico tiene el derecho a negarse por razones de conciencia a aconsejar alguno de los métodos de regulación y de asistencia a la reproducción, a practicar la esterilización o a interrumpir un embarazo
Supongo que huelga el comentario.

- “Fanáticos nacional-católicos”: Y hablando de fanáticos, ¿cómo se les ocurre que deberíamos calificar a quien conscientemente miente y deforma la historia para manipular a la opinión pública y hacer que ésta cuadre con su ideología, y utiliza la calumnia para descalificar a quienes no comparten sus pensamientos, redondeándolo con insultos sistemáticos?

- "Mujeres sin conciencia feminista": es decir, mujeres sin conciencia de que su cuerpo es un juguete para uso y disfrute de loS hombres (enfatizo el plural); sin conciencia de que el matrimonio y la maternidad son una carga insufrible; sin conciencia de que la madre debe decidir si su hijo debe o no vivir. Quizá sea un antiguo, pero créanme, me gustan las mujeres “sin conciencia feminista”.


No es nada bueno para la salud de la Democracia, que la Delegación del Gobierno siga permitiendo la manifestación pública de personas, obispos y grupos que conculcan por sistema derechos adquiridos, que sostienen Teorías de la Opresión, como el fascismo.

Lo que no es nada bueno para la dictadura revolucionaria, como para toda dictadura, es que haya voces críticas. Por favor, dígame que derechos humanos se han conculcado en esa manifestación. ¿Se ha conculcado el derecho a la vida? Yo diría que se ha defendido. ¿Se ha conculcado el derecho a la libre expresión? Yo diría que únicamente se ha ejercido. Otros son los que pretenden conculcarlo.



En definitiva, este artículo vuelve a reflejar lo de siempre: en nombre de la democracia, al paredón. Será que se acuerdan tanto de “oscuros tiempos pasados” porque los ven reflejados en ellos cada vez que se miran al espejo. Maneras no les faltan para ello…

sábado, 24 de abril de 2010

DERECHO A LA VERDAD

Por Javier de Miguel

Vivimos en medio de una sociedad que ensalza cuasi-enfermizamente los derechos del individuo. O mejor dicho: lo que social y políticamente se consideran derechos. El derecho individual está sumido en un endiosamiento anonadante. Sin embargo, si atendemos con un poco más de precisión a este hecho, nos damos cuenta de que esta exaltación neo-romántica de los derechos es total y absolutamente selectiva. En otras palabras, se ensalzan ciertos derechos, que social y culturalmente se consideran “de primera línea”, y que generalmente coinciden con derechos que, o bien son de segunda línea desde el punto de vista de la ley natural, o bien simplemente no son derechos, sino meras desfiguraciones de la autonomía humana, que vienen a convertir a la sola razón en suma legisladora del bien y del mal. O peor aún, se circunscribe la aplicación de los derechos a la aritmética parlamentaria o a la voluntad pactista de las fuerzas políticas, lo que viene a significar básicamente lo mismo. Por contra, otros derechos, incluso algunos tan básicos y sagrados como el derecho a la vida, se supeditan al ejercicio de otros, menos importantes, e incluso perjudiciales en la escala moral, y por tanto, falsos.

Para contrastar esta tan extendida y aplicada tesis, veremos que la unívoca doctrina social de la Iglesia, entiende por bien común la colaboración en el establecimiento de una serie de condiciones que permitan a la persona desarrollarse en toda su perfección. Así, León XIII, en su encíclica Immortale Dei (1885), para mí uno de los mejores compendios que se han escrito sobre doctrina política a la luz de la fe y la ley natural, nos enseña, literalmente, lo siguiente:

En lo civil y político, las leyes se enderezan al bien común, y se dictan, no por la pasión o el criterio falaz de las muchedumbres, sino por la verdad y la justicia.

Para que reparemos en la suma importancia de esta afirmación, y en las consecuencias que de ella se derivan: las leyes, que son las que regulan la vida en sociedad, los derechos y deberes de las personas, deben estar inspiradas en la verdad.

Es curioso que la legislación y jurisprudencia van reconociendo algunos derechos que tienen que ver con el conocimiento de ciertas parcelas de verdad sobre la vida de las personas: por ejemplo, recientemente se ha reconocido en un tribunal alemán el derecho de los niños nacidos fruto de la inseminación artificial anónima, a conocer a su padre biológico. Asimismo, y aunque desconozco si ya se ha sentado jurisprudencia al respecto, se habla muy positivamente del derecho de los niños adoptados desde recién nacidos, a conocer a sus padres biológicos. También a los familiares de un desaparecido o asesinado, se les reconoce siempre el derecho a conocer la verdad del caso.

Toda esta serie de iniciativas, muy plausibles por un lado, vienen por otro a demostrar la incoherencia de las estructuras legislativas predominantes en Occidente, ya que al alimón que se reconoce el derecho de las personas a conocer su pasado, su origen biológico, etc, se niega su derecho al acceso a una verdad muy superior, y común a todas ellas: su origen, la naturaleza con que han sido creados, y el camino que han de seguir para alcanzar la felicidad.

“Cada uno es feliz a su manera”, se acostumbra a decir. Pero según de qué tipo de felicidad estemos hablando, podemos llegar a caer en un grave error. La felicidad entendida como el legítimo gozo de lo temporal, se puede plasmar en cosas concretas, que cada persona elige conforme a su idiosincrasia, cultura, educación, etc. Pero la felicidad en abstracto, es decir, la felicidad en cuanto que finalidad de la persona, es común a todos nosotros, y puede resumirse, tal y como ya enseñó magistralmente Aristóteles, en “comportarnos conforme a nuestra naturaleza”.

Por tanto, en cuanto que es la verdad la que nos guía para ejercer los verdaderos derechos y obligaciones que nos identifican como personas, uno de los primeros derechos individuales tendría que ser el derecho a poder ejercer esos derechos, es decir, el derecho a la verdad. ¿Qué entendemos por derecho a la verdad? Sin duda, no nos referimos aquí a la verdad empírica, científica, la derivada de las ciencias exactas. Nos estamos refiriendo a la verdad acerca del hombre y del mundo, partiendo de la base de que el mundo y la realidad son uno, y por tanto, la verdad también es una, porque de existir varias verdades, éstas estarían indefectiblemente referidas a tantos mundos y realidades como verdades enunciáramos.

Por consiguiente, si tal como León XIII enseña, las leyes deben estar orientadas al bien común, que es la perfectibilidad máxima de la persona, y sabiendo que ésta se consigue ajustando nuestro actuar a nuestra naturaleza, es decir, a nuestra verdad, llegamos a la conclusión de que los Estados tienen la obligación de mostrar a las personas la verdad sobre ellas mismas, como punto de partida para alcanzar el bien común a que están destinadas. Así, lo que para el Estado se convierte en una obligación, para nosotros se convierte en un derecho.

Desgraciadamente, como consecuencia de los estragos del liberalismo, nuestras sociedades occidentales han devenido en sociedades Poncio-pilatistas, en primer lugar, porque niegan la mera posibilidad del acceso racional a una moral objetiva y común a todos los seres humanos (Quid est veritas?) , y en segundo, y como consecuencia de lo primero, se lavan las manos respecto de su obligación de orientar a la sociedad al bien común, que, como ya hemos dicho, no es más que una obligación de justicia para con los gobernados.

Así, la circunscripción de la vida social al marco de la verdad tiene consecuencias que escandalizan al mundo liberal. Una de ellas es la cuestión de la libertad de expresión. En las sociedades liberales, como la libertad está por encima de la verdad, bajo la justificación de la libertad de expresión se acepta la expresión pública de graves calumnias y faltas a las verdades más esenciales.

Una prueba es la progresiva y generalizada tendencia a la despenalización del perjurio (partiendo de la base de que, para ello, primeramente se han abolido los juramentos, por ejemplo, de cargos públicos), y otros delitos denominados “contra la honra”. Por ejemplo, la ley española establece que las opiniones y valoraciones no están sujetas al límite de la veracidad y tampoco son susceptibles de una comprobación objetiva. Lo cual equivale terriblemente a decir, por un lado, que puesto que no existe verdad objetiva, sino que todo es opinable y valorable, tampoco existe la mentira y el error, de manera que ambas coexisten en igualdad de condiciones. Y en segundo lugar, nuevamente demuestra que la libertad, en este caso la libertad de información, está por encima del honor a la verdad.

León XIII vuelve a hacer hincapié en el grave error que subyace en esta doctrina, cuando afirma que

La libertad de pensamiento y de expresión, carente de todo límite, no es por sí misma un bien del que justamente pueda felicitarse la sociedad humana; es, por el contrario, fuente y origen de muchos males. La libertad, como facultad que perfecciona al hombre, debe aplicarse exclusivamente a la verdad y al bien. Ahora bien: la esencia de la verdad y del bien no puede cambiar a capricho del hombre, sino que es siempre la misma y no es menos inmutable que la misma naturaleza de las cosas. Si la inteligencia se adhiere a opiniones falsas, si la voluntad elige el mal y se abraza a él, ni la inteligencia ni la voluntad alcanzan su perfección; por el contrario, abdican de su dignidad natural y quedan corrompidas. Por consiguiente, no es lícito publicar y exponer a la vista de los hombres lo que es contrario a la virtud y a la verdad, y es mucho menos lícito favorecer y amparar esas publicaciones y exposiciones con la tutela de las leyes.

En definitiva, el gran error de los liberales radica en pensar que la libertad descontrolada, incluso cuando pasa por encima del cadáver de la verdad, acrecienta nuestra libertad, cuando ocurre justamente lo contrario, lo que hace es coartarla, ya que la verdadera libertad comienza conociendo lo que somos, y estando protegidos contra el primer grado de mentira, que es la mentira sobre el hombre. Porque, de la misma manera que, en un juicio, el juez necesita conocer la verdad del caso para poder hacer justicia, también para que una sociedad crezca sana y justa es necesario conocer las verdades que la conforman, a ella y a sus componentes. De lo contrario, se pueden fácilmente cometer las mismas injusticias que cometería un juez al dictar sentencia partiendo conscientemente de pruebas parciales, altamente dudosas o totalmente falsas. Y, a la inversa, la promoción de la verdadera libertad humana consiste en publicitar y ofrecer como verdad aquello que es verdad, la única verdad antropológica que corresponde a la real dignidad de la persona como alfa y omega, es decir, como origen y destino en Dios. Entonces estamos hablando verdaderamente de un derecho de primera línea, del derecho a la verdad como camino para la constitución de sociedades justas y democracias sanas.