sábado, 4 de junio de 2016

¿EL HUEVO O LA GALLINA?


Por Javier de Miguel.

Hay que reconocerlo: desde que la Iglesia fue apeada por la fuerza de su papel de luz del orden social, y desde que la Iglesia apeó de su propio seno la idea de la realeza social de Jesucristo como realidad tangible y verosímil, la propia Iglesia anda como pollo sin cabeza tratando de dar la vuelta a la depravación moral que cada vez con más fuerza atiza a las sociedades occidentales, así como al desvío doctrinal que devora muchas de sus instancias.

Ante este escenario, según algunos, absolutamente inédito en los dos milenios de la historia de la Iglesia, abundan las propuestas innovadoras, supuestamente adaptadas a “los signos de los tiempos”. Por ejemplo, desde los entornos conservadores se defiende que el Evangelio debe inculturarse esencialmente y prácticamente en exclusiva a través del testimonio de los cristianos ante el mundo: el cristiano debe estar lo más imbuido en el mundo, y ocupar puestos de relevancia para influir con su pensamiento en la opinión pública y sacudir las conciencias, a fin de que, poco a poco y por este método, la sociedad vaya re-encaminándose, y con ella, las demandas sociales que desemboquen democráticamente en nuevas legislaciones más acordes con la moral y la razón natural.

Parte de esta estrategia consiste en servirse de aquellos aspectos de la modernidad que se consideran buenos o moralmente neutrales, para emplearlos como brazo de palanca de la gigantesca sartén cuya tortilla se pretende voltear. Habría que aspirar, pues, a una “sana democracia”; un “sano capitalismo”, una “sana laicidad”, donde realmente la moral cristiana tendría cabida y sería posible un vuelco. Las estructuras no serían el problema, sino tan sólo el uso que de ellas se hace. Todo es cristianizable, todo es “bautizable”.

De paso, estos sectores, aprovechan para reivindicar una mínima intervención estatal, bajo el pretexto de que un Estado pervertido debe intervenir lo mínimo en la vida de las personas, lo cual es cierto, pero sólo totalmente cierto si partimos de la base de que no puede aspirarse más que a un Estado pervertido. No obstante, piensan que cuando la sociedad cambie su paradigma, también la legislación lo cambiará, llegándose a ese ideal poco menos que fantasmagórico: contra la degeneración del sistema político, “sana democracia”; contra la explotación laboral y la avaricia, “sano capitalismo”, contra el laicismo radical y la persecución de lo religioso, “sana laicidad”. La Iglesia habría, por fin, encontrado su sitio y su  hábitat adecuado en el mundo moderno.


Pues no. No hay sana democracia porque la democracia lleva ínsita la degeneración del sistema político; no hay sano capitalismo porque la explotación laboral y la avaricia son las bases del capitalismo; y no hay sana laicidad, porque el afán por separar estancamente las esferas civil y religiosa es la raíz del laicismo radical y la persecución religiosa. Y ni este concepto de sana democracia prevé el abandono total del principio democrático como fundamento del orden social; ni el concepto de sano capitalismo prevé el abandono de las tesis liberales; ni el concepto de sana laicidad prevé que la Iglesia sea la luz de los Estados.

Esta corriente se opone a toda transpiración política de la cosmovisión cristiana, calificándola de clerical, y considera que son exclusivamente los cristianos, al margen de toda organización política confesional, quienes deben ejercer el papel de “santa levadura” en una sociedad laica, bendecida por ellos como tal, con la base de la simple libertad de predicación, sin renunciar a las bases liberales de la misma.

Pero más allá de la teoría, hay además una evidencia práctica demoledora: pensar que el mero empuje de unos cuantos bienintencionados católicos es suficiente para vencer la enquistada jerarquía partitocrática, plutocrática y oligárquica es poco menos que una utopía: quien piense diferente, directamente será eliminado del mapa, con el amparo de la ley, o sin él. Lo cual no quiere decir en absoluto que el testimonio, individual o colectivo, de los cristianos, carezca de valor. El mejor predicador es Fray ejemplo, pero esto también se aplica a las instituciones políticas. Quien cree que todo ha de venir de la sociedad civil ignora o desprecia el papel de la política en la ordenación de la sociedad al bien común, manifestando un liberalismo más o menos larvado.


Coloquialmente, cuando de entre dos hechos, no se distingue con claridad cuál es causa del otro, se dice que no se sabe  qué es primero, si el huevo o la gallina. Aquí la cuestión sería similar: ¿qué es primero, la “santa levadura”, o el “santo horno” que haga fermentar esa levadura? Desde luego, y en la práctica, ninguno de los dos puede prescindir del otro. Pero también desde el punto de vista de la teoría política cristiana clásica, se nos avisa de que una sociedad difícilmente puede convertirse mientras subsista una la estructura de pecado de dimensiones tan desproporcionadas como ocurre en la actualidad. En otras palabras, mientras la legislación emanada del Parlamento partitocrático pisotee la razón y la ley natural con el consenso general; mientras el Estado siga regando con subvenciones los lobbys y medios de comunicación difusores de causas inmorales; mientras la educación estatalizada siga siendo un catalizador de la inmoralidad; mientras se niegue desde las instituciones el valor sagrado de la familia y se legisle para su destrucción; mientras se relegue el hecho religioso al ámbito de las alcobas y las sacristías; mientras se impida al creyente ejercer su profesión y vivir civilmente en plena coherencia con su fe; mientras se arrincone la autoridad moral de la Iglesia; mientras se fomente el consumismo y materialismo capitalistas….. la santa levadura seguirá siendo eso mismo: levadura, pero estéril, porque le faltará su reactivo: el “santo horno”, que es la envoltura que ha de generar las condiciones para que la levadura fermente. 

sábado, 19 de diciembre de 2015

CLERICALISMOS

Por Javier de Miguel

Hoy en día abunda en muchos católicos una especial afición hacia el recorte de los derechos de la Iglesia sobre el mundo. Amparados en los peligros del clericalismo, hacen todo lo posible por desactivar los resortes doctrinales que puedan poner en tela de juicio los grandes movimientos económicos, sociales o políticos imperantes, bajo argumento de que la Iglesia no debe inmiscuirse en los asuntos temporales. Sería esta la fotografía del católico aggiornado.
El peligro del clericalismo existe y es real, pero no consiste en lo que los aggiornados temen. El verdadero clericalismo consiste en la intromisión de la Iglesia en lo que respecta a la vertiente técnica de los aspectos temporales, pero nunca en el enjuiciamiento moral de las políticas económicas, sociales o incluso generales.
Por el contrario, esta concepción desviada del clericalismo ha desembocado en otro tipo de clericalismo, en este caso una suerte de clericalismo inverso, de acuerdo con el cual, una vez acalladas las voces de la Iglesia en materia temporal, y reducida su pastoral al ámbito de lo puramente espiritual, es el mundo el que crea la doctrina, y la Iglesia, quien la acoge, adaptando su lenguaje a las categorías mundanas.
Así, por ejemplo, se busca la convergencia, que obviamente solamente se dará en el plano nominal, entre cierta terminología moderna con principios católicos clásicos. Por ejemplo, si la Revolución Francesa se inspiró en “Libertad, igualdad y fraternidad”, entonces la Revolución Francesa puede entroncarse con la doctrina católica; si el capitalismo liberal habla de libertad de iniciativa y derecho a la propiedad privada, entonces el capitalismo liberal es compatible con la doctrina católica; si los organismos supranacionales hablan de solidaridad, defensa de la mujer y lucha contra el cambio climático, se ve en estos conceptos un trasunto de los principios cristianos de caridad, dignidad de la mujer y cuidado de la Creación.
Por tanto, en el clericalismo inverso, la Iglesia se autolimita su papel al de mero animador que “bautiza” a diestro y siniestro cuanto de biensonante (aunque sea maloliente) existe en las categorías del lenguaje moderno. Y además, para más escándalo, a la Iglesia no sólo la quieren apartar los de fuera, sino los de dentro, convirtiéndose en una de las pocas instituciones que se ha propuesto como objetivo (quiero pensar que inintencionado) su autodestrucción.


domingo, 1 de noviembre de 2015

MORAL Y MORALES


Por Javier de Miguel

Hace no mucho cayó en mis manos una breve obra del P. Juan Luis Lorda, llamado "Moral. El arte de vivir". La obra, sencilla en cuanto a contenido, ofrece un enfoque apologético interesante, de aquellos que, sin aportar grandes novedades al lector formado, sí le ofrece argumentos que presentar ante el público general.

Merece ser destacada la claridad con la que tumba las falsas concepciones de moral que presiden el mundo moderno, aquellas que tantas veces nos vienen a la cabeza, y que experimentamos a través de nuestras relaciones con los demás, pero que casi nunca tenemos ocasión de sistematizar, cuando, si nos paramos a pensar, son fácilmente encasillables en tópicos manidos y hediondos, y que podríamos resumir en:

1. La intención basta.

No. La intención no basta. La intención debe ser recta, pero es la virtud es la que canaliza la moralidad. No basta pretender ser bueno, o hacer algo bueno, si:
a) se emplean medios perversos;
b) el resultado de la acción es malo por falta de virtud de quien ejecuta la acción, bien sea debida esta última a la ignorancia (falta de formación sobre la ley moral) o la debilidad (falta de fortaleza para enlazar entendimiento, voluntad y acción).
Por supuesto, una falta de rectitud de intención no avala un resultado bueno, pues entonces es en muchos casos la casualidad la que interactúa exclusivamente, y no la libertad. Pero eso tampoco afirma la soberanía de la intención para el juicio moral. 
Esto también nos enseña que al hombre no le alcanza con sus solas fuerzas para actuar moralmente, sino que necesita de la Gracia. Cualquier intento de divinizar la voluntad puramente humana del hombre no es sólo vano, sino contraproducente


2. "No hago daño a nadie".

Lo inmoral es aquello que envilece al hombre, sin que necesariamente deba derivarse un mal para el prójimo. El daño que se pueda hacer al otro no es más que una consecuencia de ese envilecimiento, que muchas veces es velado o autocomplacido. De hecho, una de las habilidades más hipertrofiadas, por practicadas, de la manera de razonar moderna es la inmensa capacidad de autojustificar conductas intrínsecamente perversas, sobre todo si de ellas no se deriva un mal evidente (aunque el umbral de evidencia de ese mal, lógicamente, va en caída libre, por la degradación de la vida moral, como demuestra, por ejemnplo, la mentalidad abortista). La automplacencia, pues, es el deporte nacional,  y el "no hacer daño a nadie", uno de sus recursos más empleados.

Ni que decir tiene que desde un punto de vista católico, la cuestión es aún más evidente: es inmoral todo lo que es contrario a naturaleza del hombre, por cuanto contradice la voluntad del Criador respecto del hombre, y por ello, Le ofende. Por tanto, para un cristiano el "no hacer daño a nadie" ni siquiera es factible, pues toda conducta inmoral hace daño a alguien, y ese "alguien" siempre incluye a Dios..


3. La conciencia

Me atrevería a decir que, junto con "libertad" y "amor", es el uno de los términos más desollados de la modernidad. La conciencia es sagrada, dicen: ahora bien, no es patente de corso para legitimar la actuación humana. Cuando alberga el error,  es deber de los demás corregir, no la conciencia, que puede estar irremisiblemente deformada, y que no se puede corregir sin la cooperación del sujeto, sino los actos que se derivan de esa conciencia.

A menudo, cuando se utilizan, incluso las palabras de "Veritatis Esplendor", que define la conciencia como "el sagrario de la persona", a menudo se hace para legitimar que cualquier decisión, si es tomada en conciencia, es válida. Lo cual nos lleva al absurdo de que dos decisiones moralmente opuestas (por ejemplo, abortar, o salvar la vida a un feto a punto de ser abortado), si son tomadas en conciencia, serán igualmente válidas. Es decir, estamos de lleno sumergidos en el relativismo e indiferentismo. La moral objetiva ha desaparecido y ha sido suplantada por la conciencia autónoma, donde quien habla a la conciencia no es Dios sino el propio hombre, fuente y fundamento de una moralidad que ya no es tal. Sólo Dios tiene derecho a hablar a la conciencia, que debe estar bien formada para recibir esa voz, y tiene la obligación de obedecerla.

Como dice el Catecismo:

1785 En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es preciso también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia 
1786 Ante la necesidad de decidir moralmente, la conciencia puede formular un juicio recto de acuerdo con la razón y con la ley divina, o al contrario un juicio erróneo que se aleja de ellas.
1787 El hombre se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen el juicio moral menos seguro, y la decisión difícil. Pero debe buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios expresada en la ley divina.

Cosa distinta es que no se pueda, por imposible, forzar a alguien a entender la maldad de algo que entiende como bueno., si esa persona tiene la conciencia deformada y es incapaz de percibir la verdad de las cosas. Pero no valida su decisión ni su pensamiento, y desde luego, si éstos tienen repercusiones sociales, la cura del bien común debe prevalecer impidiendo al sujeto actuar conforme a su "conciencia".

4. El ámbito de lo opinable:

La verdad es extrínseca al conocimiento, lo cual no quiere decir que no posamos alcanzarla por la vía de la razón y la fe. La esencia de las cosas se mantiene al margen de nuestras opiniones, luego no todas son igualmente válidas, sino tan sólo las que se ciñen a la verdad, y en el campo de la moral, a la verdad sobre el hombre. Esto, lógicamente, implica una censura del nominalismo, germen del indiferentismo moderno, y que parte de la base de la imposibilidad por el hombre de acceder a la esencia de las cosas, de manera que las diferencias entre las cosas se determinan por una simple cuestión nominal, es decir, de nombre. Queda, pues, la puerta abierta, a llamar al mal bien, y al bien, mal. Queda, por tanto, bajo este prisma, la moral finiquitada, al no poderse llegar a conclusiones objetivas sobre moralidad más allá de las convenciones o la utilidad social del momento.

5. Un ideal inalcanzable

Una buena parte el pensamiento moderno, incluso el eclesiástico, se ha plegado a la tentadora idea de que en un mundo donde la percepción del bien y del mal está severamente erosionada, los cánones de la moralidad no deben exigirse con la misma intensidad, o al menos, no a todos, pues existiría una imposibilidad generalizada de actuar de manera moralmente distinta en determinados ámbitos.

Por ello, la solución sería ir rebajando las exigencias morales a las meras capacidades humanas de cada contexto social, de manera que se aceptaría que sociedades más decadentes tuviesen un estándar moral inferior. De manera que el umbral de la heroicidad se va degradando, hasta llegar al absurdo punto (del cual no nos encontramos lejos hoy) de que el simple hecho de abandonar el propio egoísmo (presupuesto básico de la acción moral) sería ya una heroicidad. En este punto, el camino regresivo hacia la animalidad se habría ya recorrido por completo, pero con un agravante: la persona sigue siendo persona, aunque se comporte como un animal. Las consecuencias, pues, de pensar y vivir conforme a lo que no se es, o simplemente por debajo de lo que se es, son ya de por sí horrendas.


Evidentemente, el trasfondo de tales falsedades, como pone de manifiesto el P. Lorda, es la deformación del concepto "moral" y su sustitución por sucedáneos buenistas, laxos y acomodaticios. Según los fundamentos anteriores, la moral ya no es más "el arte de vivir las personas conforme a su naturaleza", y como consecuencia:

A) Si no hay naturaleza, no puede haber moral. Lo que en términos modernos se llama "moral" (o morales, porque no se acepta la existencia de una sola), no es más que la autonomía absoluta del sujeto endiosado, libre de decidir el bien y el mal.

B) Nada merece objetivamente un trato superior al dispensado hacia uno mismo: las personas son iguales (en la práctica, no todas, piénsese, por ejemplo, en los bebés abortados) y por tanto existe un trato de equidistancia entre ellas, pero nunca una mirada hacia un ser superior, un criador. La moral se circunscribe al ámbito de lo que puede ser socialmente perjudicial si se generaliza, pero no a lo intrínsecamente malo. Si no hay creador, aunque asumiéramos que existe naturaleza, no hay razón para respetarla. 

C) La falta de referencia a un creador se materializa en sucedáneos que llegan a ponerse en plano de igualdad, e incluso superioridad, respecto del hombre, ciertas categorías en base a criterios de utilidad o consciencia (piénsese, por ejemplo, en los llamados "derechos de los animales", el "proyecto gran simio" o la idolatrización de "Gaia", las diosa tierra)

D) El resultado último de todo lo anterior es la animalización del hombre, su degradación. Creyendo que ha matado a Dios, se ha degenerado a sí mismo, haciéndose más vil y primario: negándose a sí mismo, pero no en el sentido evangélico, sino en el sentido ontológico.


viernes, 5 de agosto de 2011

DESPEDIDA




Apreciados lectores,

Han sido algo más de dos años de vida lo que ha contado el presente blog: dos años en que han visto la luz una treintena de artículos y casi otros tantos enlaces a otros documentos o noticias, cuyo denominador común ha sido el describir y dar a conocer los principales rasgos de las ideologías revolucionarias que amenazan a nuestras sociedades.

Desde el principio he intentado que la sucesión de publicación de los artículos no respondiese necesariamente a criterios de orden puramente lógico, sino más bien ir presentando cada tema de manera independiente en un artículo, para que el lector pudiera ir interiorizando el mensaje a base de la lectura sucesiva de los mismos, sin necesidad de presentar un cúmulo de definiciones conceptuales abstractas, sino que él mismo pudiera inducir el significado de los conceptos a base de contextualizarlos en las diversas ocasiones en que eran tratados. Aunque lo tendrán que juzgar los lectores, pienso que es un buen sistema para interiorizar conceptos complejos sin tener que recurrir a técnicas memorísticas que, a la larga, vacían la comprensión de los conceptos, para conservar únicamente su definición formal.

(Es más, creo que de esta manera se deberían impartir muchas materias en la escuela y la universidad, si se quiere que la educación sea algo más que un sistema de almacenamiento de información en el cerebro de los alumnos. No se equivoquen: no estoy en contra de que, por ejemplo, en la asignatura de historia se aprenda de memoria la fecha del descubrimiento de América; lo que pretendo decir es que para comprender lo que realmente significó el descubrimiento de América, se necesita algo más que saber su fecha. Lo mismo ocurre con cualquier hecho complejo, como es el estudio de la revolución).

Durante la vida de este blog, muchas y variopintas han sido mis fuentes de inspiración. Parece mentira, pero cierto es, que cuanto más se profundiza en un tema, mas detalles de la vida diaria aparecen como sugerentes para continuar con esa profundización. No obstante, y por lo que respecta a este tema, tengo que confesar que lo he tenido relativamente fácil: basta con consultar cualquiera (repito, cualquiera) de los medios de comunicación españoles de gran alcance para sentir la tentación de ponerse teclado en mano. Y cuando uno cree que ya ha redactado lo suficiente como para ofrecer trazos básicos del tema en cuestión, siempre aparece algo que proporciona un nuevo matiz, enfoque o concepto a añadir, siempre con el mismo trasfondo, pero a la vez siempre con una vertiente novedosa. Es lo que tiene la revolución: constante en el fondo, variable en las formas: todo diferente y, al mismo tiempo, todo igual.

Antes de sumergirme en las procelosas aguas de los estudios jurídicos, motivo de que hoy esté escribiendo estas líneas, quisiera despedirme y agradecer a todos aquellos que, directa o indirectamente han participado de este blog, ya sea a través de sus comentarios o reseñas, o mediante la difusión de su contenido en la red. Espero haber ayudado a despertar alguna conciencia o, por lo menos, haber dado lugar a la reflexión o al debate. Y a quienes haya escandalizado algún contenido, sólo les puedo ofrecer mis deseos de que puedan reponerse de su indignación con prontitud.

Yo he disfrutado mucho: espero que ustedes también.

Javier de Miguel

viernes, 8 de julio de 2011

EL REALISMO ANTROPOLÓGICO: UN ANTÍDOTO CONTRA LA REVOLUCIÓN

Por Javier de Miguel

Hace algún tiempo hablamos del problema de las ideologías: explicamos que una ideología era una metonimia filosófica, en la cual la complejidad antropológica del hombre es reducida y simplificada e identificada con uno o, a lo sumo, un puñado de aspectos o conceptos. Por este motivo, concluimos entonces que toda ideología era rechazable en la medida en que no respondía a la verdad sobre la persona, y, si bien cabe establecer distinciones, pues unas ideologías pueden ser más perniciosas en función del principio antropológico que violen, no significa por ello que deban ser objeto de beneplácito o de indulgencia, y mucho menos de carta blanca por ser menos dañinas que otras padecidas con anterioridad. La verdad humana tiene que defenderse a la luz de la recta razón, y no a la luz de una graduación de balances coste-beneficio.

La censura de las desviaciones antropológicas de las diversas ideologías ha sido una constante en la Doctrina Social de la Iglesia. Valga, en este sentido, la clasificación implícita que realiza León XIII en su encíclica Rerum Novarum de los factores que conducen al ilusionismo antropológico que funciona como caldo de cultivo de las ideologías (omito acompañar el término ideología de ningún adjetivo, pues con la definición introducida en este y otros artículos, el concepto queda sobradamente adjetivado), pudiéndose, éstos y otros, resumir éstas de la siguiente manera:

1) El hombre no es una criatura
(lo cual exigiría la existencia de un creador), sino que es fruto de la casualidad cósmica, de la conjunción de una serie cuasi-infinita de magnitudes y leyes físicas y químicas que han permitido la creación de un planeta donde no sólo su vida, sino la de todos otros aquellos seres que necesita para sobrevivir, ha permitido una evolución que nos haya llevado hasta nuestros días. Una afirmación cuya censura resulta toda una obscenidad para aquellos quienes haciéndose llamar científicos, nos permiten parafrasear a San Pablo, pues creyéndose sabios caen en la necedad de preferir la anterior tesis, que aquella que postula la existencia de un Dios creador, mucho más razonable en términos ya no religiosos, sino solamente probabilísticos, sólo porque esta manera de razonar no encaja en la cuadrícula de su “infalible” metodología.

Más allá de las especulaciones de carácter científico, la implicación que tiene esta concepción materialista del ser humano, es que el ser humano sólo existe en su magnitud material, es decir, no se puede esperar de su comportamiento más que el resultado de reacciones químico-neurológicas, siempre constatables o susceptibles de ser constatadas científicamente. Nada, por tanto, hay en el ser humano, que escape a lo meramente biológico, y en ese sentido, es absurdo buscar cualquier rastro de ley moral exógena.

2) El hombre es bueno por naturaleza: es probablemente el error antropológico más difundido entre la opinión pública, quizá porque es el que más halaga la vanidad humana, cosa que en sí ya es argumento suficiente para refutar su tesis, al mismo tiempo que, ante la flagrante evidencia en contrario, alega que es el contacto social lo que lo pervierte. Estas dos afirmaciones conllevan a concluir que el hombre por sí solo se basta para alcanzar la felicidad (aun si conservamos la acepción realista de felicidad). Y, por coherencia con lo anterior, este “por sí solo” excluye no solamente la relación con los demás, sino también la relación con ese Dios del cual es una locura hablar.

3) El sufrimiento puede ser eliminado del panorama humano: habiendo expuesto las dos anteriores tesis, no nos debe repugnar que el problema del sufrimiento sea un auténtico escollo en la naturaleza humana. Si nos hemos dado a nosotros mismos; si nos bastamos a nosotros mismos para ser felices, ¿por qué el sufrimiento? Es algo externo, que nos viene dado, o incluso que incubamos dentro de nosotros mismos por causas más o menos graves. Con independencia del carácter sobrenatural que pueda darse al sufrimiento, cosa impensable de acuerdo con las tesis anteriores, no deja de sorprenderme la necedad y la insensatez, después de miles de años de historia humana, de seguir afirmando que es posible suprimir totalmente el sufrimiento humano, más aún cuando las vías históricamente propuestas han tenido siempre propensión a la restricción de las libertades humanas básicas.

4) Las creencias religiosas son opiniones, igual que las disquisiciones sobre la moralidad de los actos: dado el hecho de que el hombre no es criatura, que se basta por sí sólo, pero que ha de luchar contra el sufrimiento, el fenómeno religioso se considera como un factor puramente sociológico, y no inserto en la naturaleza humana (¿cuál naturaleza?), que se despierta, por causas aún no esclarecidas empíricamente, en ciertas personas, como medio de auto-ayuda para sus propias vidas. La fe, por tanto, deja de entenderse como la adhesión a una verdad revelada, sino como una mera creencia, una opinión, muy loable siempre y cuando no proponga verdades absolutas, y se equipara al ámbito de las propias ideologías: unos creen, otros no; unos creen en Dios Uno y Trino, otros en el dios de la lluvia, pero no dejan de ser fábulas, invenciones y auto-sugestiones optimistas con el único objeto de sedar el pensamiento hasta que la ciencia (es decir, el propio hombre) pueda ofrecer explicación a lo científicamente inexplicable.

5) Es posible el progreso sine fine:acabamos de introducir el papel de la ciencia en el mundo de las ideologías. La gran esperanza de la humanidad ideologizada es el progreso científico y técnico. En base a una errónea concepción de libertad, se piensa que el hombre será más feliz en tanto en cuanto sea capaz de liberarse de las ataduras de las que la aleatoria naturaleza le ha provisto, y que no son de su agrado. El hombre podría así alcanzar un día su liberación absoluta y entonces habría llegado el fin de la historia, entendiendo ésta como el proceso evolutivo de lucha del hombre contra su propia naturaleza, es decir, contra si mismo.

No hemos mencionado, a propósito, ninguna ideología, pero estoy seguro de que a cualquier lector le habrá venido a la cabeza un porcentaje muy elevado de todos los regímenes opresores, destructivos y sanguinarios que en algún momento han gobernado alguna parte del planeta. El problema es claro: el denominador común de todas estas desviaciones es la idea de que el hombre es dios. Y no exagero: éste es el principal peligro que acecha hoy a la humanidad. Por ello, el remedio ha de ser la voluntad de empezar a entender de una vez por todas qué es el hombre, de conocernos a nosotros mismos con realista voluntad de resolver los problemas, no de cerrar los ojos y jugar a imaginar una humanidad formada por no-personas. Esto es el realismo antropológico: saber qué es el hombre y qué consecuencias tiene ser como es. Y que mejor manera para conocer nuestro manual de instrucciones que pedirlo a nuestro “fabricante”. Muchos lo pidieron antes que nosotros. Transcrito está: pero como el primer paso del hombre hacia el mal fue la soberbia, quizá el primer paso para su redención sea la humildad.

martes, 7 de junio de 2011

LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y PENSAMIENTO: UN POSTULADO REVOLUCIONARIO, SÓLO EN TEORÍA

Por Javier de Miguel

A buen seguro que el lector condicionado ideológicamente por la pandemia revolucionaria demandará fuertes y poderosas razones que fundamenten el título del presente artículo. Y yo le aplaudiré y agradeceré por su exigencia: la capacidad crítica es una de las aptitudes de la razón que con mayor vehemencia ha sido y es atacada por el pensamiento revolucionario, y el sólo hecho de usarla ya es indicio de que todavía queda en él un reducto de lo que coloquialmente se denomina sentido común, que no es otra cosa que ese fuero interno de la persona que reclama que todo aquello que se diga o haga no quede por debajo del estándar de la racionalidad humana.

Hecha esta breve introducción, nos centraremos en satisfacer la demanda de este bienintencionado lector que, sin duda de buena fe, pensará que conceptos tan aparentemente progresistas y positivos como la libertad de expresión y pensamiento son siempre y en todo caso plausibles y dignos de ser fomentados socialmente, y que, por supuesto, las democracias contemporáneas son su adalid, al mismo tiempo que nunca podrán mutar para convertirse en negación de sus propios postulados.

Quien así piensa ignora, por un lado, el fundamento de la verdadera libertad de pensamiento y expresión, y por otro, que el código genético de los sistemas democrático-revolucionarios es incompatible incluso con la mejor de las acepciones que de estos conceptos seamos capaces de enunciar. Aunque pueda parecer incoherente, comenzaremos exponiendo esta incompatibilidad, para luego pasar a definir lo que se entiende, a la luz de la razón, por libertad de pensamiento y expresión. Por tanto, y hasta que introduzcamos dicha definición, partiremos a conciencia de una falsa, que es la que a muchos viene a la cabeza por el mero hecho de mencionar dichos conceptos, a saber, que el pensamiento y la expresión del mismo puede, y debe, tener una proyección social ilimitada, y su difusión no ha de contar con ninguna cortapisa legal, en tanto que, de lo contrario, se estaría atentando contra la misma dignidad humana.

Como hemos anticipado, sobre esta premisa falsa se construiría otra, también falsa, según la cual, las ideologías revolucionarias no sólo son las grandes protectoras de estos magnos derechos, sino que poseen el privilegio natural de su monopolio, de manera que, quien no comulgue con ellas, es al mismo tiempo un detractor de todas las patentes de corso que se han auto-arrogado. Pues bien, sin denunciar todavía la falsedad de la primera de las premisas, estamos en condiciones de evidenciar la de la segunda. Basta solamente pararse a pensar cómo trata el sistema a todos aquellos que tienen la osadía de poner en duda a quienes, libremente, piensan y manifiestan su pensamiento en términos contrarios a los del pensamiento único. Porque, ¿acaso no forma parte de la libertad de pensamiento y expresión pensar que el pensamiento y la expresión deban no ser libres? (en esto profundizaremos más tarde) ¿acaso no es democrático dejar pensar y expresar que el sistema democrático tal como se entiende y se practica en Occidente debe ser poco menos que demolido y re-construido? La lógica diría que sí. Pues bien, la lógica de lo ilógico revolucionaria dice que no. Mejor dicho, dice que siempre y cuando no atente contra los principios del propio sistema: lo mismo que han dicho todos los líderes de sistemas totalitarios desde la época de los césares.

A la hora de describir, en la práctica, cómo se articula esta contradicción fundamental, podemos pararnos en dos principios de los que pretenciosamente se jactan los ideólogos revolucionarios, y de los cuales ya hemos hablado en anteriores ocasiones: por un lado, la separación entre moral pública y moral privada; y la segunda, la perversión del lenguaje.

Por lo que respecta a la primera, es evidente que el sentido común más elemental la considera como una grave limitación a la libertad de pensamiento. Pocas cosas hay más respetables y dignas en el hombre como su conciencia (recta, claro está), y cualquier intento de forzar a las personas a vivir en sociedad de manera opuesta a como viven en su ámbito privado, resulta un grave atentado contra su libertad. Y más aún si las represalias al respecto consisten en dificultar o inhabilitar para determinadas profesiones a aquellos quienes, en el ejercicio de su libertad, contraponen ciertos aspectos de la praxis profesional con los dogmas del unitarismo ideológico revolucionario. Cada vez que se impone a un juez, un profesional sanitario o un maestro actuar de una determinada manera en aspectos con relevancia moral, se le está condenando no sólo al ostracismo, sino que se le está obligando a cometer el delito más grave, que es violentar su conciencia para ponerla al servicio de la ideología oficial, en un ejercicio de pleno totalitarismo de Estado.

En cuanto al segundo vehículo de represión de la libertad de pensamiento y expresión, el que tiene que ver con la confusión semántica de los términos, valga resaltar que se apoya en la creación de una “terminología oficial” en línea con la ideología oficial de Estado que propugna la revolución. El lenguaje no sólo se distorsiona, se adultera y se confunde, sino que directamente se acota y se limita a los márgenes de lo “políticamente correcto”. ¿Alguien en pleno uso de sus facultades puede no llamar a esto represión del lenguaje, sin faltar a la justicia?

Se puede pensar que nos estamos contradiciendo, pues ¿Cómo podemos criticar al mismo tiempo la libertad de pensamiento y expresión y, al mismo tiempo, la existencia de cortapisas a su ejercicio? Sencillamente porque la esencia de ambas libertades es completamente diferente según si adoptamos la definición falsa o la verdadera de las mismas. No daremos una definición de diccionario, sino varios trazos que, a nuestro entender, permiten caracterizarlas con objetividad:

- La libertad rectamente entendida es la capacidad para buscar y obrar el bien. Por tanto, todo aquel atributo que pretenda acompañar al término libertad (en este caso, el pensamiento y la libertad), debe rendir honor al bien. Por tanto, sólo existe libertad para pensar y expresarse en aras al bien. Por contraste, no existe una libertad para el mal. La libertad para el mal es en sí una esclavitud, y por tanto, no puede nunca denominarse libertad. Ahora bien, puesto que, para la revolución, el término “bien” es una imposición, y la palabra “libertad” tiene una connotación negativa, es decir, se entiende no en cuanto acción hacia (el bien); sino como ausencia-de (condicionamientos, trabas, cortapisas al obrar humano), entonces la libertad no sirve ni para el bien ni para el mal; simplemente sirve por sí misma, con independencia del uso que se le dé.

- Puesto que la libertad debe estar orientada al bien, y el bien es bueno, la libertad de pensamiento y expresión tienen como límite, no los principios del sistema, como en el caso del delirio revolucionario, sino el propio bien, o sea, lo bueno: en otras palabras, la libertad de pensamiento y expresión deben reprimirse en la medida en que incita al mal, es decir, en la medida en que alteran el recto orden moral, y no en la medida en que son inconvenientes al artificial esquema de principios del sistema.

- La función de la autoridad política no es garantizar la libertad en su acepción negativa (estrictamente, no sería una acepción de la palabra libertad, porque sencillamente no es libertad), sino garantizar el bien común, que como, sabiamente, define la Doctrina Social de al Iglesia, es el conjunto de condiciones sociales que permiten a la persona en sociedad desarrollar toda su perfección.

- De aquí que afirmemos sin contradecirnos: represión a la libertad para el mal, puertas abiertas a la libertad para el bien, pues las libertades a las que nos estamos refiriendo, y para las cuales reclamamos diferente tratamiento, son completamente opuestas.


En definitiva, las libertades de pensamiento y expresión no pueden ser ilimitadas en cuanto rebasan la barrera del bien objetivo y se convierten en perniciosas. Pero donde no debe haber cortapisas es en el derecho a ejercer la libertad de pensamiento y libertad de expresión en aras al bien, es decir, la libertad para el bien. La revolución actúa perniciosamente en doble sentido, ya que al mismo tiempo que da carta blanca a la libertad para el mal, coarta la libertad para el bien, a la que considera una imposición.

Una vez más, nos hallamos ante un ejemplo del intencionado analfabetismo antropológico que pretende transmitir la revolución. Sólo pensando que el hombre es cualquier cosa se puede defender que el hombre pueda hacer cualquier cosa. Sólo negando la naturaleza humana se puede afirmar que el hombre debe construir su naturaleza. Sólo ignorando a Dios se puede decir que el hombre es dios de sí mismo. Y ya se sabe, quien construye su casa sobre barro…

miércoles, 6 de abril de 2011

HACIA UNA NUEVA CONCIENCIA: UN CAMINO REVOLUCIONARIO

Por Javier de Miguel

Hemos hablado en anteriores ocasiones de las características de los principios éticos que deben regir la “moral pública revolucionaria”, en clave de una ética de mínimos pactista y consensuada, y que no obedece a ningún criterio objetivo de bien y virtud, sino simplemente a un mínimo mantenimiento del orden social y, bajo la excusa del pluralismo de las sociedades contemporáneas, a desdibujar cualquier atisbo de inspiración de la legislación positiva en la ley natural. Esto por lo que respecta a la denominada “moral pública” o “conciencia pública”, según la cual la legislación determina cuáles son los valores sociales preeminentes en cada situación, con independencia de los criterios individuales, que son, siempre y en todo caso, opiniones que no tienen derecho a entrar en contradicción con esta moral pública.


Sin embargo, para que el engranaje revolucionario no se resienta, no sólo es necesario malear la moral pública, sino también nublar la conciencia individual para que ésta, sola o en asociación, no sea un estorbo para la plena implementación de este modelo revolucionario. Así es: tan profundo es el influjo de las ideologías revolucionarias, que han conseguido introducirse hasta lo más profundo del hombre: su conciencia, distorsionándola y tratando de crear una “conciencia nueva”, apartada de toda concepción de la misma basada en la verdad.


Las características principales de esta perversión se podrían resumir como sigue: En primer lugar, se está borrando del corazón del hombre el sentido natural del bien y del mal, que se sustituye por una ética del “no hacer daño a nadie”, lo cual inevitablemente conlleva una relativización de la moralidad de los actos, pues calificar la bondad o maldad de los mismos en función de sus consecuencias sobre los demás implica enmarcar dicha moralidad en las circunstancias concretas, de manera que un mismo acto podría ser al mismo tiempo malo o bueno en función del grado de afectación que tenga sobre el otro.


En segundo lugar, se falsea profundamente la idea de conciencia, para apelar a ella contra toda aquella ley natural que atente contra esa nueva percepción moral, autocomplaciente y relativista. Al “si no hago daño a nadie” se une el “me lo dicta mi conciencia”. Por tanto, si no hago daño a nadie y me lo dicta mi conciencia, ¿quién puede venir a decirme qué está bien y qué está mal? Cabe decir que la confusión introducida en el término “conciencia” se hace patente cuando la contrastamos con la conciencia de la que habla la doctrina de la Iglesia. Juan Pablo II dedica una parte de su encíclica “Veritatis Splendor” a tratar el tema de la conciencia. Afirma el carácter profundo y último de la misma en todo acto moral, pero deja claro que debe estar siempre enfocada a la verdad, y nunca ser utilizada partidariamente como instrumento para subjetivizar la moralidad de los actos. Asimismo, y esto es importantísimo, enfatiza el carácter culpable de la conciencia errónea que padece una ignorancia “vencible” (en la línea tradicional de la doctrina eclesiástica sobre el pecado y la salvación), es decir, que no busca sinceramente la verdad y el bien.


Por tanto, en base a lo anterior, la fundamentación moral de los actos ya no se basa en una búsqueda del bien objetivo, sino del bien “relativo” o “global”. Se trata de una moral probabilística, donde el acto se juzga moral o inmoral en función de las consecuencias que conlleva. Dichas consecuencias pueden ser en parte buenas y en parte malas, pero el balance de ambas determinará la moralidad o inmoralidad del acto. A quien este razonamiento le parezca rebuscado o absurdo, que lo aplique, por ejemplo, a quienes justifican el aborto: pocos niegan que el nonato sea un ser humano, pero el aborto se justifica en base a esta suerte de “prioridad moral” que otorga a la madre un derecho “superior” a suprimir la vida del hijo, respecto del derecho “inferior” del feto al que, en su condición “limitada” en cuanto a autonomía personal, se le rebaja su dignidad a fin de no causar “males mayores” a la madre o a la sociedad. Esto nos lleva a postulados tan absurdos como que un mismo aborto practicado sobre un mismo niño tenga la calificación de delito o no en función de si ha existido el consentimiento de la madre.


Para definir desde otro enfoque esta misma situación, podemos recurrir también al concepto “ética de la excepción”, que consiste en plantear postulados morales generales a escala teórica, pero que no son absolutos, sino que son meras orientaciones sujetas a cada situación particular. Bajo este concepto, existen multitud de actos que se quedan sin calificación moral, ya que, aunque puedan ser moralmente deleznables en función de ciertas circunstancias, si estas circunstancias no se dan, es entonces la subjetividad del individuo la que las califica. Así, muchos actos se enmarcarían en el limbo de la amoralidad, o simplemente se calificarían como buenas por un simple balance entre sus efectos positivos y negativos. Pero nuevamente estaríamos valorando la moralidad de los actos humanos por sus consecuencias, y no por los actos mismos.



Consecuentemente, sólo podríamos valorar la moralidad de nuestros actos a posteriori, en función de sus repercusiones, y por tanto, no tendríamos elementos de juicio para tomar decisiones morales. Todo sería una cuestión de “moralidad del riesgo” o “moralidad de la probabilidad”, donde el concepto de culpa moral no vendría dada por el acto en sí, sino por el cálculo de sus consecuencias. “Ética de la excepción”, “moral probabilística”, “graduación moral”… son todos ellos sucedáneos o expresiones que tienen que ver con un mismo concepto, que es la estrella de la moralidad revolucionaria: el utilitarismo moral, concepto de paternidad liberal e ilustrada, que ha impregnado la mayor parte de las capas sociales, incluso las católicas, y que ha sido acogido de buen gusto por la “progresía revolucionaria” en la medida en que liberalismo y socialismo han ido convergiendo cada vez más en términos filosóficos. Evidentemente, la única manera de salir de este círculo vicioso que nos impide calificar objetivamente el mal y el bien, es contemplar la tesis de que la verdadera moral trasciende al hombre: de que la bondad o maldad de los actos es intrínseca, y que éste se debe a una autoridad superior que es quien dicta el bien y el mal, y en virtud de la cual debe orientarse la conciencia.



Esta es la verdadera conciencia de la que habla Juan Pablo II, y que la revolución pretende trastocar y adulterar, en uno de tantos ejercicios de cambio-de-concepto sin cambio-de-terminología (a esto dedicamos también un artículo anteriormente) que tanto agradan, por sus brillantes resultados, a las ideologías revolucionarias. Quien piense que la superación de la conciencia llamada “tradicional” y su transformación en una conciencia “creativa” (de nuevo adopto la terminología de la Veritatis Splendor) le libera y le hace más autónomo y más feliz, no sólo no toma ese camino, sino que en realidad toma el opuesto, convirtiéndose en un esclavo, en primer lugar de si mismo, y en segundo lugar, de quienes le han sugerido esa ideología. Superación: ésa es la palabra clave que embauca y embelesa las mentes revolucionarias, y su principal instrumento de propaganda masiva. Pero existe un problema: el bien nunca puede ser superado, pues está escrito que la luz prevalecerá sobre las tinieblas. Quien haya perseverado en el bien será quien encuentre la luz en su vida: todo lo que no sea luz, es tiniebla, y todo lo que no sea verdad, es mentira. Dejémonos, pues, guiar por la luz, que es la que nos conduce a la verdad, y ésta, a la auténtica libertad y felicidad a la que el ser humando está destinado, y que es lo único que le realiza plenamente.